Un denominador común

Imagina una sociedad justa, en la que la posición social no venga marcada por el poder económico ni el tráfico de influencias. En la que el acceso a la vivienda, al trabajo, al entorno social no esté condicionado por el dinero, la clase o el lugar de nacimiento. Una sociedad en la que la posición social no esté vinculada al intelecto o al aspecto físico sino, exclusivamente, al valor del esfuerzo individual, al comportamiento cívico e interpersonal, al espíritu, a cómo somos realmente. O más bien, a cómo nos valoren los demás…
La humanidad ha progresado significativamente en el plano tecnológico y social. Hoy en día, en el año 2046, cada individuo asciende o desciende en el escalafón social de acuerdo con un justo sistema de valoración en red que asciende a un máximo de 5* y que fluctúa continuamente según el número de estrellas que nos envíe electrónicamente cada uno de los individuos con los que interactuamos en cada momento a lo largo del día.

Cada persona dispone de un dispositivo electrónico móvil conectado a un red global y nos envía su valoración instantánea tras cada encuentro o cada vez que publicamos un estado, una foto o un comentario en nuestro perfil social público. Para una mejor percepción del entorno, cada individuo dispone de un lector implantado en su iris, que permite ver automáticamente la posición social de la persona con la que estamos interactuando y que vamos a valorar.

Mi aspiración personal es llegar a ser un 4.5*. Ello me permitiría relacionarme con la crème de nuestra sociedad, ascender en la pirámide profesional y acceder a una vivienda en un lugar de moda. Es decir, alcanzar la felicidad.

Con tal objetivo en mente, me pasaba después del trabajo por un local de moda en el que me deleitaba al verme rodeada de 4.5*s, 4.6*s, 4.7*s… Y donde incluso llegué a coincidir con un fascinante grupo de 4.9*s. Cuando te acercaste a mí, tuve una corazonada inquietante. Aunque en ese momento, fui incapaz de reaccionar.

Me cogiste de la mano firmemente. Y antes de que mi iris pudiera identificar tu posición social, te abalanzaste sobre mí y me besaste atrapando mi cuerpo ardientemente contra la pared. Una sacudida electrificante colapsó mi sistema linfático por un instante. Sentí como si un cortocircuito hubiera descargado de repente mis baterías. Perdí las riendas. Me dejé llevar. Sentía tus piernas aprisionando las mías; tu boca en mi cuello deletreando locuras; tus manos aferradas a mi cintura. Cerré los ojos para entregarme al placer. Y al cerrar los ojos, no te pude leer. Me enamoré ciégamente. No entendí entonces ni cómo ni por qué. Todo ocurrió tan deprisa… No quise comprender.

Me hablabas de una máquina del tiempo. Y aunque lo primero que se me vino a la cabeza fue una historia de H.G. Wells, pronto me di cuenta de que tus argumentos poco tenían que ver. Hablabas de universos paralelos, paradojas, la curvatura del espacio, agujeros de gusano… Me negaba a aceptar que en otra vida, en otra dimensión paralela, tú y yo hubiéramos estado juntos.

Decías… en mi actual universo, el hombre había desarrollado este sistema social estelar. Un sistema de manipulación de masas como otro cualquiera, condenado al fracaso desde el principio. Por ese motivo, para mantaner la estabilidad del sistema, funcionarios del estado viajaban regularmente al pasado para eliminar a los abuelos de los sublevados, evitando que éstos llegaran a ser concebidos y pudieran llegar a provocar la rebelión de las masas y atentar contra el sistema, una y otra vez.

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Libros, libros, libros

Hace años decidí deshacerme de todos mis libros. Cuando pretendes iniciar una nueva vida, cualquier recuerdo que te ate al pasado termina resultando un pesado lastre anímico o material. Recuerdo con placer a mis amigos viniendo a mi casa con cajas y maletas para llevarse un pedazo de mí que, sin duda en la distancia, les ayudaría a recordarme y a sentirme más cerca. En esta nueva vida, ahora regalo o olvido en el metro, en un banco o en un café, todos los libros que llegan a mi poder para que sigan su sino de ser leídos una y otra vez. Intento no tener en casa más que libros sacados de las bibliotecas.

Bibliotecas…, lugares mágicos que me hipnotizan con sus cantos de sirena silenciosos; engatusándome con la promesa de que cualquier libro que escoja, o me escoja él a mí, solo me hablará de mí misma: de lo que he sido, de quien soy, de lo que deseo ser, o lo que es lo mismo, de todo lo contrario. Todos los libros que leo me hablan de mí.

Tengo tres bibliotecas favoritas: una donde el mero hecho de entrar y sentarme a leer ante sus estanterías de incunables que se pierden majestuosos hacia el espacio infinito ya me produce inmenso placer; otra que es mi puerta hacia la literatura universal en cualquier lengua; y la tercera, una biblioteca que me acerca a la literatura de habla hispana y me ha concedido ya el placer de conocer en persona a varios de mis contemporáneos españoles favoritos. He desarrollado un método de lectura en estos últimos tiempos que me resulta muy propicio. Escojo regularmente tres libros: uno de una escritora, porque no me canso de descubrir que las mujeres somos de otro planeta; otro de uno de mis mil escritores favoritos, porque es siempre garantía de placer; y finalmente, cualquier libro al azar que me haga sentir que estaba ahí esperándome para contarme algo que debo descubrir en ese preciso momento.

Así es como descubrí este libro diabólico que tengo ahora entre mis manos. Su título apenas llama la atención. Y su autor me es totalmente desconocido. Pero sentí su llamada intensa apenas mi ojos recorrieron su lomo desgastado. Su magia radica en que el libro está en blanco. Es decir, lo estaba al menos cuando lo abrí por primera vez. Pero al prestar atención al vacío de sus páginas, descubrí que las letras iban apareciendo bajo mis ojos a medida que me alejaba del mundo exterior y me ponía a leer.

Como cualquier otro libro, este libro también me habla de mí. Sin embargo, curiosamente, solo habla de mis más profundos deseos y temores y de adónde me llevarán si no logro dominarlos. Así es como te conocí, deseando conocerte. Apareciste de repente en la página 19 de mi libro en blanco. Y sin demora, al día siguiente, nos tropezamos en la calle del mismo modo inocente y casual que yo había leído la noche anterior. Una charla entretenida y un vino blanco caliente nos llevaron a tu habitación de hotel esa misma tarde. La habitación 2046.

Admito que sentí un poco de miedo cuando al volver a mi casa retomé el libro para descubrir atónita que cada línea describía con pelos y señales nuestro encuentro. Describía cómo el vino caliente había desatado el deseo al observar tus manos reforzando explícitas la profundidad de tu reflexión sobre el cambio climático y la necedad del hombre al reincidir en los errores del pasado. En el libro, de tus teorías filosóficas pasábamos directamente a desvestirnos despacio sobre la moqueta de tu habitación de hotel.

En un tiempo indefinible, tú perdías la paciencia ante el roce calmado de tus labios sobre mi piel y te abalanzabas sobre mi espalda, pentrándome bruscamente. Tu sexo erecto se mostraba tan seguro de mi deseo como tú de tus argumentos filosóficos y medioambientales. Sentí tus ojos recorriendo con fascinación la curvatura de mi espalda y tus manos aferrándose a mis nalgas como si eso fuera lo único que te permitiera mantener el equilibrio del universo. Al leer aquellas líneas, sentí levemente la onda expansiva del orgasmo colosal que me provocó tu cuerpo esa noche y que, al parecer, seguía retumbando en mi mente como sacudidas diferidas de un seísmo pasional.

Cerré bruscamente el libro y me arrojé presurosa en los brazos de Morfeo con el deseo, poco convincente, de que al despertar al día siguiente pudiera recordar toda esta historia como uno de mis sueños más memorables.

Al despertar descubrí, afortunada o desafortunadamente, que aquel no había sido uno de mis mejores sueños. Todo lo contrario: todo había sido real. Lo comprendí inmediatamente al ver el libro sonriéndome travieso desde mi mesita de noche. Así pues, cauta o incautamente, retomé su lectura.

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Un sueño, un rêve

Me fascina despertarme dentro de un sueño y ser consciente de que sigo dormida. Tomar el control. Tomar las riendas de mi sueño y dejar que mi mente decida cómo continuar la aventura de indagar en mi interior.

De temps en temps, je change la langue, peut-être pour devenir une autre femme. Toujours moi-même. Toujours mon âme qui parle. Toujours le même rêve qui reprend l’idée d’un amour passé et jamais oublié complètement. Le désir, sous n’importe quelle forme, n’importe quelle expression, n’importe quel scénario.

Ese escenario cercano que recorro cada día sin prisa deja una impronta tan fuerte en mí que aflora inconsciente en mis sueños como parte de mi vida. Callejuelas estrechas de adoquín otochentesco se dibujan bajo mis pies con el objetivo absurdo de retarme a escapar de un laberinto en el tiempo intransigente en el que se consume mi cigarrillo.

Ce soir, tu m’attendais sous l’arcade du temple. Le temple du désir. Un désir relâché du passé tourmentant, dans l’espoir du future sans transcendance, aux aguets du présent inévitable. Tu m’attendais défiant. Ta bouche entrouverte, entrelardée des mots que tu ne dirais jamais, pleine du désir incontrôlable que tu n’oubliras quand même.

Unimos nuestros pasos sin rumbo, arroyados por la fuerza centrífuga de mi laberinto, arrojados a la premura imperiosa de mi cigarrillo que se consume de repente creando un espacio atemporal, ajeno a la razón, afín a los sentidos.

À couvert des regards, protégés de nous-mêmes, ton corps déclancha une tempête de passion vers mes hanches. Mon sexe prisonnier de ta main. Mes seins captives de ta poitrine. Ma bouche… soumise à la volonté de l’univers, à la loi des sens. Bouleversée par le désir de tes lèvres, mon corps réfusa les remords d’une réalité qui résulte alors insignifiante. Je me rends au plaisir dans tes bras.

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Salambó o la cinta de Moebius

Salambó se preguntaba cuántas formas distintas podría adquirir el alma humana. Se preguntaba si el alma sería como una cinta de Moebius, infinita en su recorrido pero con una sola cara.

Salambó buscaba su alma en el velo sagrado de Cartago, el Zaïmph. Su velo mágico había acariciado una vez sus hombros desnudos, deslizándose inocentemente por la voluptuosidad de sus senos, enroscándose travieso en su cintura, besando levemente la generosidad de sus caderas, atraído irresistiblemente por la humedad de su sexo, oculto apenas en el ardor de sus muslos.

Si la gravedad origina los movimientos a gran escala en la naturaleza, mientras que las otras tres interacciones fundamentales son predominantes a escalas subatómicas, ¿representará acaso la gravedad la importancia de las grandes cosas? ¿Serán acaso el electro-magnetismo, la interacción fuerte y la interacción débil el arquetipo de ‘las pequeñas alegrías’ a las que se refería Hesse? ¿Es acaso ‘gravedad’ sinónimo de ‘importancia’?

Matho había robado el Zaïmph de Salambó. Y con él, se había llevado su alma. La llevaba atada a su cintura para atraer a su amada hacia él, para enamorarla, para atraparla contra su pecho, para penetrar sus entrañas. Y una vez la hubiera poseído entre sus brazos, arrebatarle el corazón también. Matho anhelaba besar a su Salambó soñada, devorar una a una sus ganas, ahogarse en el mar de su sexo, saciar cada capricho de su piel… Y despertar con ella cada amanecer.

La ley de la gravitación universal newtoniana mantiene que la gravedad es la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas; que la fuerza que ejerce una partícula puntual con masa x sobre otra con masa y es directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. Salambó se preguntaba si sería la gravitación universal aplicable al alma. A mayor distancia, menor fuerza de atracción; y a menor distancia, mayor es la llamada. El Zaïmph debía de estar cerca. Toda su piel sentía su atracción endemoniada.

Sin embargo, ¿y si Einstein tenía razón y la gravedad es el efecto geométrico de la materia sobre el espacio-tiempo? ¿Será entonces el alma únicamente interpretable en una dimensión espacio-temporal? ¿Será entonces el alma mortal y al mismo tiempo inmortal? ¿Por qué tendría el alma la geometría de una cinta de Moebius?

Salambó llevaba sangre de héroe en sus venas. No temía enfrentarse a la vida que el destino le había asignado. El deseo brotaba descarnado por cada poro de su clara piel. Su sexo ansiaba ser penetrado, saciado, hasta lo más profundo de su ser. Y en ese deseo desaforado, retó a Matho a entregarle su velo robado, infiltrándose en el campamento mercenario furtivamente al atardecer.

Einstein describió la interacción gravitatoria como una deformación de la geometría del espacio-tiempo por efecto de la masa de los cuerpos. Salambó y Matho adquirirían entonces un papel dinámico al fundir sus cuerpos en un espacio y un tiempo imaginados. La fuerza del deseo les atraía irresistiblemente. Pero el poder del velo mágico evitaba en sus mentes devenir un solo ser. Ansiaban fundir sus bocas deseosas, sus manos entrelazándose rabiosas, sus pechos ardiendo entre llamas, sus sexos machihembrándose en la batalla, como la luz del amor que de repente brota furiosa en la oscuridad de un corazón a punto de enloquecer.

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Love inception

An ‘idea’ was believed to be the most powerful weapon in the universe. The human race had always believed that the man who managed to plant an idea deep inside another man’s mind would conquer the world. That was the answer to the ultimate question about life, the universe and everything. That was 42.

Love inception is a valuable and standard practice nowadays in this technologically advanced society of ours, in which we are not any more mere bodies led by post-human idle minds playing Gods.

Our society evolved from the conventional family model from the 2nd millennium of our era to the self-sufficient thinking individual role in the 3rd millennium. Once the family unit was not considered any longer appropriate for the reproduction, education and evolution of the species, our ancient human trends moved into further types of social and sexual relationships. Sensorial computer-aided sex with IVF and other ARTs was discarded centuries later, when the man freed himself from the simulated reality, foreseen by Bostrom in the 21st century and which lasted one thousand years.

Sick and tired of predictability, the human being resumed the random joy and miseries of love, which ruled the world once upon a time ages ago. Nowadays, there is no sex without love. This issue raises and demands the evolution of philosophical diatribes and encourages technological developments in inception.

Nowadays, we believe that only when we make love to someone who loves, we get to feel the passion of their thoughts, their skins burning when touching ours, their eyes browsing deep inside our dreams, our sexes arousing every inch of our deepest needs. Only love sets our bodies on fire and drives sex to ecstasy. That is what we believe.

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​Il trilemma di Bostrom

«1. Nessuna civiltà raggiungerà mai un livello di maturità tecnologica in grado di creare realtà simulate.

2. Nessuna civiltà che abbia raggiunto uno status tecnologico sufficientemente avanzato produrrà una realtà simulata pur potendolo fare, per una qualsiasi ragione, come l’uso della potenza di calcolo per compiti diversi dalla simulazione virtuale, oppure per considerazioni di ordine etico, ritenendo ad esempio immorale l’utilizzo di soggetti tenuti “prigionieri” all’interno di realtà simulate ecc.

3. Tutti i soggetti con il nostro genere di esperienze stanno vivendo all’interno di una simulazione in atto.»

Ho fatto scelta. Ho deciso che uno di questi argomenti di Bostrom sia la mia realtà. Alla ricerca del tempo perduto e della grande bellezza, ho capito che «lo sguardo trova sempre quello che cerca il cuore», come diceva Venditti.

É da tempo che ci conosciamo. Ogni giorno al mattino, mentre facevo la solita passeggiata al lavoro, ci incontravamo sulla strada vicino a Trinity Square. Io poi, trascinavo i piedi piacevole attraverso la City, St. Paul, Fleet St., lo Strand… Tu mi guardavi un attimo intenso ogni volta. Io sostenevo il tuo sguardo, sfidandoti a fermarmi.

Esistiamo tu ed io? Credo di no.

Sapevo da sempre che eri italiano. Dal Sud. In questa immensa città, anonima e sovrappopolata, soltanto un uomo italiano mi avrebbe guardata come mi guardavi tu, come guardano gli italiani le femmine. Spogliandomi con gli occhi. Accarezzandomi l’anima con le labbra mute. Con la passione contenuta in mente e il desiderio in cuore. Fra questa folla ingente, senza rumore.

«Se si pensa che gli argomenti n.1 e n.2 siano entrambi probabilisticamente falsi, si dovrebbe allora accettare come altamente probabile l’argomento n.3.»

La prima volta, abbiamo fatto appuntamento il mercoledì, a St. Paul, alle cinque e mezza. Da allora sempre, lo stesso giorno, nello stesso posto, alla stessa ora. In questa realtà virtuale, ho cercato di trovare un glitch sul sistema per capire che è tutto un sogno, che siamo delle intelligenze artificiali in questo mondo simulato da noi stessi.

Quando chiudevi la porta, avvolta nelle tue braccia, mi lasciava trasportare dal desiderio, stordita dalla tua passione, dalla tua forza. Mi baciavi il collo. Mi leccavi la schiena. Le tue mani stringevano la mia vita, afferravano i miei fianchi. “Dai. Fottimi. Sbattimi forte adesso”. Tu venivi presto.

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90 milles d’ébats d’amour

Serait-elle ma voix qui t’a pris par surprise la première fois ? Des paroles distantes, manquantes de sentiments. Aurait-elle été peut-être mon âme ? 

Comme un fil trop délicat, mes paroles sont devenues rassurantes, cordiales, pleines d’esprit et mises en place. Un rêve d’amour, au-delà de nos inexistantes mémoires, des rêveries de mots scintillantes.

Raconte-moi maintenant tout ce dont tu te souviens. Tout ce qui n’est jamais arrivé : cette première rencontre chez toi, passée si rapidement qu’un coup de foudre, qu’un éclair, qu’un éclat. Dis-moi mon cher, dis-moi mon âme. Tes mains sur mes seins ; ma voix qui chuchote à l’oreille ; ton corps comme un ciel lourd sur le mien. Mon corps impatient, résistant l’élan du désir de t’aimer sur le sable.

Sous ce ciel d’été soleillé à peine, j’ai du mal à sortir de moi-même, sans tomber sur l’émoi vide des coeurs qui traversent ma vie désireuse, sans laisser trace de paix ou guerres. À contrecoeur, à la recherche du temps perdu, sans s’y retrouver quand même.

Sur cette plage vide d’étoiles, 90 milles de mémoires, de remords bouleversants, entre cap Rienga et la baie d’Ahipara, j’empatte mon siège spirituel, à travers duquel mon âme part pour retourner à sa terre d’origine universelle. Mon âme maorie d’adoption, la tienne.

J’imagine ton corps m’approchant comme une claire de lune noire. Un instant de joie nue dans cette vie tourmentée, cette vie inconnue, ce malentendu d’ébats d’amour qui se débat pour s’en libérer à peine. 

Tes doigts caressant mon cou, mes épaules, ma poitrine, mes hanches. Tes mains découvrant ma pelle, tout en-haut, tout en bas. Je fremis. Tu m’embrasses. Je m’évanouis. Tu me serres dans tes bras.

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Messier 45

Somos polvo de estrellas, cree el hombre. Yo también quisiera serlo, pero no lo soy. Alcíone es uno de mis nombres. Soy una estrella azul múltiple, de considerables encantos. Dicen que el sol gira a mi alrededor. Aunque Newton discrepaba. Soy una y varias. Desde 1771 de la era del hombre, a toda mí Messier 45 llaman. A mí y a mis almas hermanas. Aún nos quedan 250 millones de años para convertirnos en nada. Yo hoy soy la más brillante de mi cúmulo de entre mis otras ocho almas: Atlas, Electra, Maya, Mérope, Taígeta, Pléyone, Celaeno y Tauri. Perseguidas por Orión, Zeus terminó por transformarnos primero en palomas y luego en estrellas. Aún tengo la vida por delante para seguir brillando en la noche del hombre. Para ser deseada y soñada como una divinidad de luz.

Paso mi tiempo desentrincando la calibración de las distancias en el universo. Ese deseo de conocimiento por construir una escala cósmica de distancias que me aleje de esta inmensa ausencia de alma y me acerque a la nada que te rodea a ti. Según mis mediciones, apenas 136,131 pársec nos separan. Distancia vana: apenas 444 años luz. En un abrir y cerrar de ojos, estoy a tu lado. Soy medidora del tiempo, del tiempo distante hasta ti.

Entre las leyendas que de mí cuentan, soy ninfa en el cortejo de Artemisa. O Krittika, que crió al dios Kartikeia. O ninfa del Jardín de las Hespérides. O Motz, 400 almas tomadas por Gucumatz el Gran Corazón del Cielo. O Kima. O la cola de serpiente de cascabel maya. O la Tianquiztli, danza del fuego nuevo azteca. O la Collca quechua. O la Matariki maorí, símbolo de inicio del año nuevo y origen de la humanidad. O diosa venerada por los egipcios como divinidad estelar superior. O las siete cabritillas según Cervantes. Hasta en mi nombre, se defendió la dignidad de la lengua francesa como lengua culta y bella.

Me ausento de tu cielo nocturno entre el 3 de mayo y el 9 de junio. Me ausento con puntualidad británica para recordarte que tus ganas ya no pueden resistir. Tus ganas de estar dentro de mí.

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Qualcuno era un sognatore…

Qualcuno era un sognatore perché era nato per caso in un tempo sbagliato; un tempo troppo sbrigato al cui non apparteneva.

Qualcuno era un sognatore perché abitava in un paese dove l’immaginazione si faceva mancare.

Qualcuno era un sognatore perché credeva che una parola taceva tutto e uno sguardo nascondeva niente.

Qualcuno era un sognatore perché credeva che i baci a mezza notte facevano i sogni d’oro diventare pandoro.

Qualcuno era un sognatore perché il tuo volto, i tuoi occhi, le tue labbra, eccetera, eccetera, eccetera.

Qualcuno era un sognatore perché vedeva la vita come un romanzo, l’universo come una poesia e la matematica come la chiave di tutti i misteri dell’anima.

Qualcuno era un sognatore perché si sentiva solo; troppo solo per non sognare.

Qualcuno era un sognatore perché il sesso… meglio in due.

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Memoria del fuego

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Historia de un instante

El descubrimiento
Un día cualquiera, el deseo me invadió por dentro. Sin compasión, con saña, sin que la cordura de la moralidad ajena pudiera evitar que cayera en su deliciosa tela de araña.

El instinto
Una fuerza incontrolable procedente del milagro del universo despertó en mí el insisto de amar: el amar de los cuerpos. Un instinto ancestral que todos llevamos en nuestro interior, grabado a fuego.

El fuego
Ardieron en mí todos mis sistemas conscientes de control, en un desgarrador ardor de luz y pasión.

La luz
Desde la oscuridad protectora de mi caverna platónica de la razón, la luz cegadora del deseo encendió mis más terribles miedos.

El miedo
La luz del deseo me hizo temblar de incertidumbre y miedo. Porque nada tememos más que descubrir qué se esconde en el interior de nuestros avernos.

La pasión
Una lucha titánica me dio la razón pero la pasión me desarmó en un momento. El deseo tomó las riendas de mi cuerpo.

Las cuatro paredes
La fuerza sobrehumana del deseo nos atrapó a las dos en aquella habitación cerrada. Y rendidos en cuerpo y alma, nos entregamos a los embrujos del amor de los cuerpos y las ganas.

Los labios
Tus labios susurraron infinitamente mi nombre. Y su letanía despertó en mí una voracidad sexual desde hacía tiempo aletargada.

Los oídos
Las voces silenciosas del deseo ensordecían el clamor de aquella habitación vacía. Pero la dulce melodía que el deseo entretejía logró acallar el remordimiento de nuestras azarosas vidas.

La espalda
Al recorrer con tus dedos mi espalda, descubriste el mapa estelar desplegado entre mis hombros y el despertar de mis nalgas. Una carta esférica que nos llevaría en una bola de fuego, imparable a través de mares y cielos, hasta más allá de los confines del universo.

La cabellera
Mi melena negra enmarañada desplegó su espesor y formó un lecho de evasión y de fuego para que yaciéran a su abrigo nuestros cuerpos.

Los pechos
Mis pechos ardiendo se deshicieron en tus besos, como vulnerables dunas del desierto, como arena dorada barrida por el viento, como preámbulo del sueño de una caótica explosión.

Las manos
Mis manos sabias, ligeras, se enredaron entre tu cuerpo, desabrochando uno a uno cada botón de acero de tu ya desbocado deseo.

Las caderas
Tus manos pequeñas sucumbieron al embrujo de la marejada de mis caderas. Aferradas a mi cintura, me arrojaste enardecido sobre la calma endiablada de mi negra melena.

Los muslos
Mi canto de sirena te movía irremisiblemente a desvelar impaciente el secreto que alberga mi cuerpo entre las piernas.

Los sexos
Rendido al pie de mi montaña, tu mirada desataba en mi sexo un mar de ganas. Mis labios ardientes te llamaban. Tu boca se diluía en llamas y te entregabas al dulce vino de mi pasión enajenada.

Los gemidos
Ebrio de deseo, todo tu cuerpo se erigió ante mí como un gigante de fuego. Gemí de pánico y anhelo porque tu sexo erguido ardiera en mi sexo.

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Rachmaninoff

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«Alien» rezaba mi pasaporte. «Stateless» era oficialmente mi condición. Caminaba sin rumbo mientras acariciaba mi último signo de identidad mundana. Las calles abarrotadas de gente me parecían vacías. Un tumulto de aire invisible, intocable, inalcanzable. Una alegoría de Chejov. Solo la búsqueda me daba fuerzas para no rendirme ante aquella nada apabullante y dejarme mimetizar por el mundo exterior.

Los edificios vanidosos se insinuaban ebrios de grandeza, arraigados en su historia, en su observar el pasar de los siglos desde la memoria, desde la prepotencia, inmunes a la soledad de mi Yo.

Caminaba arrastrado por una esperanza muda. No sabía muy bien qué esperaba encontrar a aquellas alturas. La búsqueda del hombre es instinto puro, ajeno a la lógica ilustrada de la razón. Instinto vivo.

Caminaba. Recordaba tu espalda. Tu nuca ensortijada. Tus hombros en resistencia a la gravedad. Los giré con mis manos para recordar tu cara. Pero su imagen me fue negada. Solo vi una sombra velada que de repente se abalanzó sobre mí sin compasión. En ese instante, todo mi cuerpo se estremeció. Perdí la calma al rozar de tus labios, tan dulces, tan mojados, reales como la luz del sol.

Cerré los ojos para retener el momento. En medio de aquel mundo de ensueño, la esperanza de haber vuelto a encontrarte me despertó. Me sentía desarmado, como si hubiera llegado a través de un agujero negro al vacío. Pero al abrir los ojos desnudos, una presencia inmensa me tranquilizó. Era un gigante barroco risueño. De nuevo, un edificio se dirigía mí con parcas palabras. Y al oído me susurró: “Yo también he sido abatido por el plomo de la necedad humana. Acepta mi abrigo. Entra en mí y descansa.”

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Valse à mille temps

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Dicen que cuando nacemos, venimos al mundo con una cucharita de plata en la boca, en alusión al bienestar previsible de los hijos deseados. O quizás, como arquetipo de protección, al ser la plata un metal reactivo a ciertos venenos, como el arsénico, símbolo de las dificultades que depara la vida.

Yo, en cambio, lo que traje en realidad al llegar a este mundo fue un libro en blanco. Un libro cuyas páginas he ido escribiendo con mayor o menor consciencia, por voluntad propia o por imposición ajena. Páginas tupidas o casi vacías. Páginas de verdades. Páginas de mentiras. Páginas solo mías.

Desde hace algún tiempo, mi libro parece haber adquirido vida propia. Sigo escribiendo irremisiblemente en él cada día. Sin embargo, mi libro ya no me permite releer las páginas antiguas como antes a menudo hacía. A veces siquiera apenas logro recordar. Tampoco me permite escribir en él hasta no haber pasado página y tomar consciencia de que ya no volveré a releer esa página jamás. No me permite recordar de dónde vengo ni imaginar adónde voy. Me tiene atrapada en el hoy. Hoy es todo lo que soy.

Cada noche escribo al final del día. A veces la página no parece llenarse nunca y cada día es una misma línea. A veces las páginas corren a un ritmo vertiginoso, sucediéndose en un suspiro peligroso, como si mi libro se acercara a su fin. Mi libro solo habla de mí.

Aparece sin embargo en mi libro, de manera recurrente, un personaje insurgente, como un reflejo de mi propia mente. Un personaje que se parece a ti. No recuerdo haberle encontrado en las páginas de mi pasado, porque hace tiempo que no regreso allí. Pero al surgir junto a mí en estas líneas presentes, me resulta familiar: una presencia insistente, una explosión inminente, una tentación incoherente a la que estoy a punto de sucumbir. Mi libro también habla de ti.

Hoy mi página se escribe con un beso que no logro recordar. Tus labios entreabiertos me llaman en silencio. Me acerco, atraída por el poder de tu calma, por el sabor a ti. Mi corazón se desata y no logro resistirme a esta atracción febril.

Observo tu sexo erguido ante mi mirada. Tu sexo me llama. Reclama mis manos, mis dedos, mis besos. Tus labios esperan que mi cuerpo cabalgue sobre ti. Una danza descabellada que nos lleve a volar en el vacío, sin recuerdos ni esperanzas, en un ensueño del alma sin principio ni fin.

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Geométrica de los sentidos

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En geometría euclidiana, la distancia espacial más corta entre dos puntos es la línea recta. En la geometría de los sentidos, la distancia sexual más corta entre dos cuerpos es un recorrido laberíntico a lo largo de la intersección de dos instintos.

Al igual que la línea recta, la atracción sexual de dos cuerpos es un concepto apriorístico, ya que su definición parte de la descripción de las características de otros elementos símiles y extrínsecos. El roce de unos labios en la memoria. Una mirada intensa surgida de la nada. El movimiento instintivo de una mano indecisa atraída por el otro sexo, el mío.

Tal y como la paradoja de la dicotomía de Zenón constata la desaparición de la recta al dividirla en puntos, la atracción sexual se desbarata al intentar describir cada uno de esos procesos mentales que llevarán a la irremediable pérdida de control, sin aparente explicación ni sentido. El número de puntos recorridos y de tiempo invertido es infinito; pero su suma es finita. No cabe contradicción. Por tanto, así como la piedra llegará al árbol desde la mano de Zenón, dos cuerpos que se atraen sexualmente llegarán al vórtice del fuego de los sentidos y al orgasmo fatal que hará que tras la explosión final vuelvan a perderse en sus intrincados caminos, para volver a buscarse de nuevo eterna e irremediablemente, víctimas de su sino de continua atracción.

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El monte de Venus

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Soy Venus, mujer caprichosa. La Venus de Erice, diosa del deseo y la pasión voluptuosa. La Venus de Milo, objeto inocente de la discordia. La Venus Victrix, justa y victoriosa. La Venus Verticordia. La Venus Obsequens. La Venus del Espejo, en la que reflejas tu alma, tu gloria y tus miedos. La Venus Anadiómena, surgida del mar. La Venus Urania, diosa guerrera del Universo celestial. La Venus de Médici, guardiana del conocimiento y la verdad. La Venus Calipigia, la Lubentina, la Genetrix, la Félix, la Murcia… Todas ellas o ninguna en mí encontrarás.

Recuéstate a mi lado. Ven aquí. Quiero sentirte más cerca. Si me besas los labios, te enseño el secreto que guardo entre mis piernas. Dame tu mano. No dudes. Es demasiado tarde para echarse atrás. Ríndete en mis brazos. Es lo único que deseas ya. Sabes que me adueño de tu mente. Pues resulta demente luchar contracorriente. Soy ese mar insurgente que te arrastra a mi lado una y mil veces, irremediablemente, en una eterna vorágine de deseo sexual.

Abre despacio mis muslos. Conten el aliento un segundo. Deja que mi sexo y su canto de sirena te hagan volar a mi mundo. Permite a tu dedos curiosear en los valles de mi monte. Imagina lo que, al otro lado, mi mar esconde. Acaricia mis suaves laderas. Adentra tu imaginación en todas mis cuevas. Deja que los ojos te arrebaten las fuerzas y al deseo sucumban tus ya mediadas resistencias.

Besa en silencio mis labios. Uno a uno. Bésame despacio. No tengas prisa. Hazme sentir el fragor de tu brisa contenido en tu aliento entrecortado. Hazme vivir ese momento entre la pérdida de control y la risa. Bésame con tus labios para que tu barbita de tres días no me haga cosquillas.

Bebe del arroyo de mi pasión. Sumérgete en mi húmedo universo. Acaricia mis muslos, mis caderas, mis pechos. Mantén firmes tus besos para que todo mi cuerpo arda entre llamas de fuego a la espera de su explosión. Jueguetea con tu mano en mi sexo. Adentra tus dedos en mi interior. No dejes de besar los misterios de mi monte de Venus. No dejes de avivar el volcán del deseo que hierve de ardor al amor de tu lengua y tus besos. Lame mi lava ardiente. Saborea el néctar de la huida consciente.

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Nocturno de los números primos

Llevaba años soñando la vida desde mi pequeño estudio del número 6, en St. Clement Danes Square. Trabajaba desde hace años en un algoritmo probabilístico que me permitiera descubrir un número primo no conocido. Los números primos son el arquetipo de la belleza de la soledad. El deseo vs. la racionalidad. Aún hoy a veces, me entretengo en la división por tentativa de las cosas, de los símbolos, de las personas, para aferrarme a la vida real cuando el deseo me desborda y me impide razonar.

Cada noche, escuchaba tu voz en la radio en busca de inspiración erótica en mi aritmética modular. Te imaginaba desnudando mis pechos; tus manos erizando el deseo; tu boca susurrándome al oído; y tu voz excitando en un gemido el epicentro de mi volcán racional. Tu voz y yo. Solos los dos. Irónicamente, el 2 es el único número primo par, enemigo acérrimo de la soledad.

Tu voz, rescatador de historias, se entremezclaba entre los números Carmichael de mi lista numérica mental. Tu voz, como una música de fondo, daba forma a mi propio teorema de Fermat: mi cuerpo en llamas contra tu cuerpo ardiendo; mis besos húmedos devorando tu cuello, tu estómago, tu sexo; tu voz en mis sueños a punto de determinar la primalidad de un número de tendencia sensual. Tu voz arraigaba en mí el deseo desaforado de una pasión aritmético-carnal.

Notación exponencial. Aquella noche, mientras me acariciaba escuchando tus historias en la radio, imaginé como mis dedos desabrochaban tu camisa, rozando apenas tu pecho. Sentí el deseo multiplicarse por cien en mi sexo. Tus palabras, como lenguas de fuego, arreciaban en mí una pasión irreal de carne y hueso, reivindicando in crescendo unos besos que mi imaginación convertía en realidad. Tu boca descarnada en mi sexo arrebataba en silencio una melodía orgásmica descomunal. ‘No te pares. Sigue bebiendo. Arráncame el secreto escondido en mis adentros’, susurré desesperada como en un sueño. Y el orgasmo me invadió voraz, como rama de nogal que furioso arranca el viento. Vencida por tu voz de cuento, cometí un error de cálculo y me dejé enamorar.

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Vendrá el deseo y tendrá mis ojos

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Vendrá el deseo y tendrá mi rostro
Llenará el vacío de tus ojos aún deseosos
Traerá un recuerdo, un gemido, una inesperada tensión
Despertará tus sueños con un chasquido
Volverás a desearme, despierto y dormido
Vendrá el deseo y será tu perdición

Vendrá el deseo y tendrá mis ojos
Llenarán el abismo de tu mirar ansioso
Rememorarán un espejismo, un anhelo, una irresistible premonición
Alentarán tu fuego casi extinguido
Arrebatarán tus sentidos entumecidos de frío
Vendrá el deseo y será tu perdición

Vendrá el deseo y tendrá mis labios
Lamerán el silencio de tu deseo acallado
Te regalarán un espasmo, un quejido, una inevitable erección
Tu sexo retornará al placer de su líbido
Anhelando recuperar el tiempo perdido
Vendrá el deseo y será tu perdición

Vendrá el deseo y tendrá mis manos
Encederán el apremio de tu pantalón desabrochado
Reavivarán el fuego, el ardor, una irrefrenable pérdida de control
Enloquecerás por un instante, vencido
Tu sexo ardiendo se entregará al mío
Vendrá el deseo y será tu perdición

Vendrá el deseo y tendrá mi sexo
Arrebatará la fuerza de tu falo erecto
Saciará tu deseo de poseer mi cuerpo y penetrarme hasta el interior
Tu sexo dentro del mío, entregado, rendido
Todo tu ser será perdidamente mío
Vendrá el deseo y será tu perdición

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Sé qué deseas

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Reposo distraída mi cabeza en tu regazo.
Cierro los ojos y me acaricias los párpados.
Dibujas despacio mis labios con los dedos.
Enredas tus manos en mis cabellos negros.
Mi mejilla inocente despierta tu sexo.
Jugueteo traviesa a ver si te muerdo.
Lamo tus dedos y te pido permiso.
Tu pantalón casi revienta sin previo aviso.
Te desabrocho; voy a ver qué encuentro.
Surge firme tu sexo: una furia sin freno.
Lo acaricio suave con las yemas.
Un deseo brutal se desencadena.
Todo tu cuerpo se azora.
‘Házmelo. Cómemela ahora.’
Sonrío melosa: ‘Te voy a hacer de rabiar.
Pídemelo de nuevo. Quiero oírte suplicar.’
Atrapo tu sexo entre mis manos.
Lo rozo apenas con mis labios.
Contengo el aliento. No lo muevo.
Dejo que crezca en ti el deseo.
Observo cómo tu cuerpo se estremece.
La tensión en tu miembro se enardece.
Agarras desesperado mi cabeza.
Yo retiro tus manos con delicadeza.
‘Te la voy a comer. Sé paciente. Espera.
Lo haré solo cuando yo quiera.’
Te tengo. Tu voluntad es mía ahora.
Tu deseo. Tus sueños. Tu razón. Tu polla.
La devoro entera hasta la garganta.
Un gemido mudo se ahoga en tus ganas.

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Encanto

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Ese tren que no se para en mi andén, que vuela raudo a través de mí, sin rozarme pero a mi lado, haciéndome estremecer. Tu mano en mi mano. Un sueño lejano. Encanto.

Tu mirada al cruzarnos sin tocarnos. Cierro los ojos y te imagino a mi lado, recreando el deseo desesperado de poseerte desnudo entre mis brazos. Tus labios mojados. Encanto.

Esa gota de lluvia que rueda hacia abajo por el cristal, afanándose medio perdida por llegar al final; para luego regresar a lo alto y eternamente volver a empezar. Un recuerdo cercano. Encanto.

Tus labios acercándose a mi boca. Mi corazón a punto de colapsar. Mi cuerpo conteniendo tu sexo y tus resistencias a medio reventar. Fuego y pasión mano a mano. Encanto.

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Binnein Mòr

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300 años en una vida eterna apenas suponen un parpadeo, un acto reflejo, pura futilidad. El tiempo transcurre irredento cuando el alma nace inmortal. La condena de la eternidad. Como dice el lobo poeta, ‘a veces cuando me aburro, pienso en maneras de morirme’, morirme para volver a amar. Privilegio absurdo de mi deidad. El tiempo nada cura cuando la vida no tiene ni principio ni final. Habito las Tierras Altas de este mundo de ensueño: soy Binnein Mòr, un Alma Inmortal.

Los recuerdos albergan mi mente como gotas de lluvia que se diluyen en el mar. Cada uno de ellos es único, distinto, imborrable, irrecuperable en el abismo de la inmensidad. Tu sexo dentro del mío, nuestros cuerpos fundidos, aquel beso en mi pezón frío, como una gota de lluvia sobre el mar.

La memoria abarca solo aquello que deseamos recordar. Tus palabras desenfrenadas, tu mano bajo mi falda, tu pecho aprisionando mi espalda, mi sexo ardiendo en llamas, y un gemido al oído al borde de la fatalidad: ‘házmelo ahora, fóllame ya’.

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Tango

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Te enloquecen mis piernas. No intentes detenerlas. Lo sé, te marean. Bailan demasiado rápido, a un ritmo diabólico, desenfrenado. Demasiado evidentes, casi dementes, demasiado ardientes… para tu polla dura.

Acércate a mi aliento. Agarra mi mano extendida. Engánchate a mi cintura. Dejaré que creas que me tienes, que soy tuya. Siento en mi piel tu calentura. Te atrapo firme contra mi vientre. Me alejo de repente. Mi mirada es tu tortura. Y tu polla… sigue dura.

Tango. Tu locura.

Desnuda con los ojos mi espalda. Deséala ahora. Desea besarla. Corre tras de mí. Si no te das prisa, ya no me alcanzas. Me acaricias las nalgas. Su curvatura es tu premura. Te la pongo tan dura…

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Los amantes de la isla de Krk

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Llegué a la isla de madrugada, navegando a la deriva por la escarpada costa este de la isla de Krk, cortando la risa del mar a 45 grados. Soñando al timón, huía de una orden de busca y captura emitida por el sacrosanto gobierno de la República de Venecia. En estos días, una mujer en búsqueda de la verdad no está demasiado bien vista.

El viento arreciaba. Mecida por el sueño y la falta de agua, naufragué acariciada por el sol y las olas en la bahía de Baška. Soñé que eran tus besos en mi espalda los que me despertaban. Sentí tu sexo sobre mis nalgas, atrapada sobre la arena bajo tu piel empapada. Deseé que me amaras en aquel preciso momento. Pero como una fata morgana, tu cuerpo se desvaneció como un susurro de viento.

Tras recobrar el valor para seguir viva, me dejé guiar por el alma hasta una ermita vacía, en la montaña de Jurandvor. Una vez al abrigo del sol, casi desmayada sobre la piedra fría, en un estado hipnótico-onírico, el rumor de unos pasos desconocidos devolvieron mi pulso a la vida.

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La novena inteligencia

El Diccionario de la Real Academia Española define la inteligencia como la «capacidad para entender o comprender» y la «capacidad para resolver problemas». La inteligencia también está ligada a otras funciones mentales, como son la percepción y la memoria.

Howard Gardner, neuro-psicólogo, pedagogo e investigador en la universidad de Harvard, propone en 1983 la teoría de las inteligencias múltiples. Esta teoría establece que la inteligencia no es algo unitario, sino un conjunto de inteligencias múltiples, distintas y semi-independientes.

Según esta teoría, existirían 8 tipos distintos de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal-cinestésica, naturalista, intrapersonal e interpersonal.

Sin embargo, yo inventaría una novena inteligencia que sirviera de vínculo para todas ellas y recogiera el carácter más humano de una sociedad universal: la capacidad de amar.

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