La conciencia de Zena

Venus - Botticelli

«La Sra. Zena Cosini era una mujer respetable, de mediana edad, atractiva tanto física como intelectualmente. Soportaba un matrimonio sin amor desde hacía varios años, y residía en una acomodada vivienda en Via dell’Aquedotto, número 16, aquí en Trieste. Acudía regularmente a mi consulta psicoanalítica para desembarazarse de una grave adicción: sus breves historias de amor intenso con desconocidos; encuentros de sexo que se sucedían patológicos, continuamente, en cualquier lugar, en cualquier momento.

Ésta es una fotografía reciente que requerí a la paciente para incluir en su expediente.

Disculpen, soy el Dr. Svevo, Italo Svevo, psicoanalista de gran reputación aquí en Trieste. Tengo mi consulta aquí en la Piazza Unità d’Italia. Pueden tomar nota, si lo desean, para mi declaración.

Soy consciente de que cualquiera de estos hombres con los que mi paciente se encontraba esporádicamente puede haber sido responsable de su muerte, aunque las condiciones de la misma apunten a un fortuito y fatal atropello en accidente de tráfico.

En la Biblioteca Civica en Piazza Lipsia, se encontraba a veces con un hombre al que ella llamaba Freud. Los encuentros se desencadenaban al sentarse ella ante él con un ejemplar de la obra de Schopenhauer en la mano: “El arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas”; “El arte de ser feliz”; “Metafísica del amor, metafísica de la muerte”. La visión del volumen en la mano de ella desataba en él un deseo ávido e incontenible, que les llevaba a ambos de repente a escabullirse hasta las estanterías más discretas. Él la poseía entonces desenfrenado, de pie contra una bibliografía selecta; penetrándola en silencio con un fuego interno inmenso. El libro aún en sus manos. Sus sexos desabridos. Apenas se besaban. Era el mero embestir de su sexo erecto el que provocaba un orgasmo excelso en ella. Profundo. Limpio. Sin heridas.

En las oficinas de una filial de la Banca Union di Vienna, al lado del edificio de la Bolsa, conoció la paciente a un tal Schmitz. Él le llevaba las cuentas. Ella le acompañaba a su despacho en silencio y al cerrar éste la puerta, se materializaba en el aire viciado un hervor de deseo incandescente entre ellos. Él despejaba arrebatado su escritorio y bajándole las braguitas hasta los muslos, la penetraba por detrás recostándola sobre su mesa. La poseía brusco, con fuerza, aferrándose excitado a su cintura, a sus caderas. Apenas leves gemidos de deseo mediaban entre los dos. Ni una sola palabra. El orgasmo insonoro reducía el ritmo de la penetración, como una música de orquesta que lenta marca el final de la fiesta.

La Sra. Cosini colaboraba esporádicamente con el periódico L’Indipendente, en cuya redacción coincidió una vez con un escritor a punto de publicar un relato: “L’assassinio di via Belpoggio”. Según ella, se enamoró locamente tras un único primer y último encuentro. Se encontraron frente a frente en el corredor, y tras un mirar tan fijo que atravesaba las venas, él rodeó su cintura y la besó. Éluard, como el poeta, le llamó. El servicio más cercano fue testigo de un efluvio de pasión. Sobre el lavabo sentada, la penetró loco de deseo entre sus faldas; poseído, exacerbado, carente de razón. Sucumbió entregado a su mirada, hipnotizado por sus labios quietos, absorto por el ardor al que el sexo ardiente de ella sometió a su falo pétreo en llamas, sin remisión.

En el Passeggio Sant’Andrea conoció a su Umberto Veruda. Ese nombre le asignó. Un joven pintor afeminado que, embelesado por el movimiento de sus caderas, pintó su cuerpo desnudo al detalle, como si antes de poseerla la hubiera ya vivido en un sueño de deseo sexual en su imaginación.

Su último encuentro sexual tuvo lugar tras una adaptación de una obra de Joyce en el teatro Filodrammatico. Allí conoció a dos hombres a quienes ella bautizó sardónicamente Ulises y Leopold Bloom. Formaban parte de la compañía. Tras la obra, la paciente se deslizó curiosa hasta los camerinos donde, en uno de ellos, les encontró medio desnudos cambiando sus ropas tras la representación. Ulises la vio primero en la puerta y sonrió. Pero fue Bloom el que la invitó a pasar de la mano, la besó en el cuello por su espalda y ofreció sus pechos manoseándolos a su compañero de escenario, también actor. Ulises la atrajo hacia sí en un beso largo; y ella montó su sexo a horcajadas, entre sus fuertes brazos. Él izaba lentamente sus nalgas, mientras su sexo la penetraba firme y regio. Despacio. Muy lento. Bloom se abrazó despacio a su espalda y besó su nunca. Sus manos suaves acariciaban sus hombros y sus axilas, rozando levemente sus pechos, sus pezones, sus aureolas tibias. Ella giró levemente su cuello, y le besó la barbilla. Él blandió su sexo en sus nalgas. Y al sentirse ella poseía a la vez por dos sexos sedientos, dos sexos en continuo movimiento, se entregó excitada a un orgasmo tan intenso que le arranco un grito de dentro; un grito de lujuria, un canto al sexo».

Cuando el capitán y sus hombres del Comando de Carabinieri abandonaron la consulta del Dr. Svevo, éste acarició en su bolsillo un objeto secreto; un objeto cuyo tintineo metálico provocó un estremecimiento en su cuerpo, su sexo aún erecto; al tiempo que una lágrima única rodó por su rostro serio al contemplar de nuevo la fotografía robada de su paciente amada. «Zena…», susurró en un lamento.

Bregović – This Is A Film

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