Albertine

Albertine

Albertine despareció de mi vida una tarde de verano. Su ausencia impregnó mi cuerpo y mi cama de la humedad y el frío de un invierno huraño. Albertine abandonó mis ganas, mi vida, y partió en busca del tiempo perdido con mi corazón en su mano y sin una despedida.

El sufrimiento es un golpe emocional impuesto que, como la energía, jamás desaparece sino que se transforma. El sufrimiento tiende a cambiar de forma, pero ya jamás perece y por siempre nos ahoga. Nos sumergimos en otros proyectos, otros cuerpos, otras manos, esperando que ese sufrimiento se volatice y nos abandone presto tal y como nos sorprendió de repente, sin ser llamado. Pero la cobardía que nos lleva a rehuir ese dolor no es suficiente para abatir la ausencia de ese amor perdido, pasado.

Albertine llenaba mis días de caricias de alegría. Me acostumbré a que fuera siempre mía. Su sexo siempre estaba dispuesto a saciar mis ansias, mi deseo; como una rima en verso que te traen los rayos del sol que despunta inevitablemente cada día. Su existencia me pertenecía, su cuerpo existía para saciar el mío. Solo el verme gozar la complacía. Albertine era solo mía. Su marcha es un ultraje a mi razón de ser, una violación a mi derecho al placer, un atentado contra mi felicidad, contra todo mi ser. Albertine no tenía derecho a abandonarme y dejar a cambio de su presencia el sufrimiento de su ausencia. Es un ser odioso e inhumano, Albertine. Su traición le costará la vida.

Buscará en otros cuerpos las caricias de mis manos. Imaginará que otros labios son los míos, devorando sus pechos, su vientre, su sexo mojado. Cerrará los ojos para ver mi rostro, cuando otro sexo penetre sus deseos más velados. Se correrá de placer, gritando mi nombre en silencio, arrebatada de éxtasis, engañada en otros brazos. Albertine solo podrá amarme a mí, aun cuando su búsqueda la lleve por senderos desconocidos y lejanos.

Sé que Albertine volverá a mí. No tengo prisa, la esperaré aquí. El tiempo jamás es perdido; todo ocurre siempre por algún motivo. Sé que mi fortuna y mi posición acomodada saciaban todos sus deseos y caprichos. Es un ser vacío, Albertine. La comodidad y el lujo han sido siempre para ella bienes demasiado preciados. Cuando se canse de fornicar sobre otros cuerpos menos refinados, volverá a mí. Sé que mi prestancia, mi atractivo y mi capacidad intelectual me la devolverán al fin. No podrá vivir mucho tiempo lejos de mí. Soy absolutamente imprescindible en la vida de Albertine.

No permitiré que transcurra vacío el tiempo, que me ahogue el sufrimiento, que su ausencia condicione mis ganas de vivir. Albertine ha sido y será siempre mía. Solo puede volver a mí. Y así será, al fin. No me dejaré morir por ti, Albertine.

Mendelssohn – Romanza sin palabras, Op. 30, Nº 6

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