Los amantes de la isla de Krk

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Llegué a la isla de madrugada, navegando a la deriva por la escarpada costa este de la isla de Krk, cortando la risa del mar a 45 grados. Soñando al timón, huía de una orden de busca y captura emitida por el sacrosanto gobierno de la República de Venecia. En estos días, una mujer en búsqueda de la verdad no está demasiado bien vista.

El viento arreciaba. Mecida por el sueño y la falta de agua, naufragué acariciada por el sol y las olas en la bahía de Baška. Soñé que eran tus besos en mi espalda los que me despertaban. Sentí tu sexo sobre mis nalgas, atrapada sobre la arena bajo tu piel empapada. Deseé que me amaras en aquel preciso momento. Pero como una fata morgana, tu cuerpo se desvaneció como un susurro de viento.

Tras recobrar el valor para seguir viva, me dejé guiar por el alma hasta una ermita vacía, en la montaña de Jurandvor. Una vez al abrigo del sol, casi desmayada sobre la piedra fría, en un estado hipnótico-onírico, el rumor de unos pasos desconocidos devolvieron mi pulso a la vida.

Oí unas voces extrañas susurrando a la entrada, cuando de repente un gozne gimió de pasión. Dos sombras vencieron al sol. Y dos cuerpos ansiosos comenzaron a amarse en la ermita, rendidos al capricho del amor. Se amaban con ira, con rabia, como si, acechados por una autoridad tirana, solo pudieran amarse al cobijo de dios.

Sus cuerpos desnudos se fundían enroscados en un dulce nudo. Un amor prohibido, escondido del mundo, ante mis ojos mudos.

Sus piernas abiertas deslizábanse tensas alrededor de sus caderas. Él lamía sus muñecas y acariciaba dulcemente su larga cabellera. Susurraba él. Gemía ella.

Al reconocer a los amantes fugitivos, no supe qué hacer. Deseaba verles yacer ardiendo sobre la piedra. Observaba sus cuerpos e imaginaba que era tu sexo el que estallaba de deseo al fuego de mis besos. Cuerpo contra cuerpo, librando batalla al silencio.

Pero el amante, mi amor, no eras tú; era el rey. Y si el rey se escondía para amar a una mujer como aquella, descubrir su secreto no haría más que poner nuevo precio a mi cabeza.

Decidí huir de la isla de Krk. De nuevo, correr. Pero dejaría testimonio de aquel amor que presencié: un escrito glagolítico, que labré sobre el frío marmol de Baška, protegido del sol y de belicosas miradas. Esculpí sobre la piedra con “los signos que hablan” las dulces palabras de aquel rey:

“Abre tus muslos al ardor de mis besos. Deja que mis dedos acaricien tu monte de Venus. Entrega tus labios a mi lengua traviesa. Haz que mis ganas enloquezcan entre tus piernas. Solo deseo penetrar con mi boca tu sexo. Solo eso. Amor mío, de nuevo mañana, cuando el sol más abrasa, espérame aquí. Que nadie te vea venir. Tu amante, el rey Zvonimir.”

Días después, encontraron mi cuerpo frío flotando en el agua. Solo al morir comprendí que era yo la mujer que amaba el rey Zvonimir. Yo, fugitiva veneciana acusada de hechicera y de bruja macabra. Vencida. Derrotada. Yo, que solo deseaba vivir.

Y deseando vivir, así morí: amando hasta las entrañas, como una araña de agua que al sol bajo el mar teje su tela de ariadna. Una tela mágica para atrapar un amor que desée vivir dentro de mí. Para amarte solo a ti, mi rey Zvonimir.

TBF – Ništa mi neće ovi dan pokvarit

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