Geométrica de los sentidos

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En geometría euclidiana, la distancia espacial más corta entre dos puntos es la línea recta. En la geometría de los sentidos, la distancia sexual más corta entre dos cuerpos es un recorrido laberíntico a lo largo de la intersección de dos instintos.

Al igual que la línea recta, la atracción sexual de dos cuerpos es un concepto apriorístico, ya que su definición parte de la descripción de las características de otros elementos símiles y extrínsecos. El roce de unos labios en la memoria. Una mirada intensa surgida de la nada. El movimiento instintivo de una mano indecisa atraída por el otro sexo, el mío.

Tal y como la paradoja de la dicotomía de Zenón constata la desaparición de la recta al dividirla en puntos, la atracción sexual se desbarata al intentar describir cada uno de esos procesos mentales que llevarán a la irremediable pérdida de control, sin aparente explicación ni sentido. El número de puntos recorridos y de tiempo invertido es infinito; pero su suma es finita. No cabe contradicción. Por tanto, así como la piedra llegará al árbol desde la mano de Zenón, dos cuerpos que se atraen sexualmente llegarán al vórtice del fuego de los sentidos y al orgasmo fatal que hará que tras la explosión final vuelvan a perderse en sus intrincados caminos, para volver a buscarse de nuevo eterna e irremediablemente, víctimas de su sino de continua atracción.

En la teoría de la línea de los sentidos, un punto aislado es un gemido. Un susurrar mi nombre al oído. Un respirar entrecortado mientras tus manos desabrochan mi vestido. Una erección de mis pezones mientras tu sexo roza apenas el mío. Una pérdida de control mientras me aprisionas sobre la cama y siento tu sexo penetrarme desbocado hasta el infinito.

En la geometría euclidiana, la línea recta se extiende en una misma dirección, no posee principio ni fin en su determinación. Así ocurre cuando mi cuerpo atrae irresistible el tuyo. Cuando mis labios susurran lo que te voy a hacer. Cuando aprisiono tu cuerpo contra la pared y mis pechos desnudos te hacen enloquecer. Cuando mis manos dan cuenta de tu sexo enardecido. Cuando tus labios están a punto de perder el sentido, ahogándose en un suspiro. Cuando la proximidad de mi boca acecha tus últimas fuerzas y entonces la pasión se desboca. Nuestros cuerpos colisionan, reaccionan enajenados con vida propia. Los sentidos resurgen invencibles y el tiempo se para, irremisible, hasta hacerlos desaparecer en el olvido.

En la aporía de esta inefable atracción, no tiene sentido la determinación. Y los sentidos se abren camino, ajenos a cualquier lógica geométrica de la razón, ajenos a todo sofisma sin sentido.

The Grand Budapest Hotel – Alexandre Desplat

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