Valse à mille temps

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Dicen que cuando nacemos, venimos al mundo con una cucharita de plata en la boca, en alusión al bienestar previsible de los hijos deseados. O quizás, como arquetipo de protección, al ser la plata un metal reactivo a ciertos venenos, como el arsénico, símbolo de las dificultades que depara la vida.

Yo, en cambio, lo que traje en realidad al llegar a este mundo fue un libro en blanco. Un libro cuyas páginas he ido escribiendo con mayor o menor consciencia, por voluntad propia o por imposición ajena. Páginas tupidas o casi vacías. Páginas de verdades. Páginas de mentiras. Páginas solo mías.

Desde hace algún tiempo, mi libro parece haber adquirido vida propia. Sigo escribiendo irremisiblemente en él cada día. Sin embargo, mi libro ya no me permite releer las páginas antiguas como antes a menudo hacía. A veces siquiera apenas logro recordar. Tampoco me permite escribir en él hasta no haber pasado página y tomar consciencia de que ya no volveré a releer esa página jamás. No me permite recordar de dónde vengo ni imaginar adónde voy. Me tiene atrapada en el hoy. Hoy es todo lo que soy.

Cada noche escribo al final del día. A veces la página no parece llenarse nunca y cada día es una misma línea. A veces las páginas corren a un ritmo vertiginoso, sucediéndose en un suspiro peligroso, como si mi libro se acercara a su fin. Mi libro solo habla de mí.

Aparece sin embargo en mi libro, de manera recurrente, un personaje insurgente, como un reflejo de mi propia mente. Un personaje que se parece a ti. No recuerdo haberle encontrado en las páginas de mi pasado, porque hace tiempo que no regreso allí. Pero al surgir junto a mí en estas líneas presentes, me resulta familiar: una presencia insistente, una explosión inminente, una tentación incoherente a la que estoy a punto de sucumbir. Mi libro también habla de ti.

Hoy mi página se escribe con un beso que no logro recordar. Tus labios entreabiertos me llaman en silencio. Me acerco, atraída por el poder de tu calma, por el sabor a ti. Mi corazón se desata y no logro resistirme a esta atracción febril.

Observo tu sexo erguido ante mi mirada. Tu sexo me llama. Reclama mis manos, mis dedos, mis besos. Tus labios esperan que mi cuerpo cabalgue sobre ti. Una danza descabellada que nos lleve a volar en el vacío, sin recuerdos ni esperanzas, en un ensueño del alma sin principio ni fin.

‘Despliega tus alas. No te pares. Cabalga sobre mí’, me susurra tu boca sin palabras. Mis caderas ya no escuchan tu letanía lejana. Solo mi sexo las manda. El deseo reina arreciando en marejada sobre esta pérdida de control brutal que solo anhela sentir.

Tu sexo aúlla desesperado, prisionero en mi interior. Hasta que una tormenta de espasmos, latidos, gemidos enardecidos, estalla entre los dos.

Esta página se hace escribir. Nada puede ya saciarla. Palabra tras palabra va llenando cada renglón. Imborrable, cada letra graba a fuego cada segundo de pasión. Implacable, cada trazo recrea cada segundo de este deseo turbador.

Sin embargo, cuándo concluir este poema y pasar página, solo lo decido yo. Quizá vuelvas a mí en mi próxima página. O quizá no. Quizá no te recordaré entonces. Aunque reconoceré tu besos, tu sexo y tu mirada. Sin duda sabré que eres tú ese personaje recurrente en mí, página tras página, ayer y hoy. Porque tú siempre serás el reflejo de lo que en realidad yo soy.

La valse à mille temps – Jacques Brel

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