Rachmaninoff

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«Alien» rezaba mi pasaporte. «Stateless» era oficialmente mi condición. Caminaba sin rumbo mientras acariciaba mi último signo de identidad mundana. Las calles abarrotadas de gente me parecían vacías. Un tumulto de aire invisible, intocable, inalcanzable. Una alegoría de Chejov. Solo la búsqueda me daba fuerzas para no rendirme ante aquella nada apabullante y dejarme mimetizar por el mundo exterior.

Los edificios vanidosos se insinuaban ebrios de grandeza, arraigados en su historia, en su observar el pasar de los siglos desde la memoria, desde la prepotencia, inmunes a la soledad de mi Yo.

Caminaba arrastrado por una esperanza muda. No sabía muy bien qué esperaba encontrar a aquellas alturas. La búsqueda del hombre es instinto puro, ajeno a la lógica ilustrada de la razón. Instinto vivo.

Caminaba. Recordaba tu espalda. Tu nuca ensortijada. Tus hombros en resistencia a la gravedad. Los giré con mis manos para recordar tu cara. Pero su imagen me fue negada. Solo vi una sombra velada que de repente se abalanzó sobre mí sin compasión. En ese instante, todo mi cuerpo se estremeció. Perdí la calma al rozar de tus labios, tan dulces, tan mojados, reales como la luz del sol.

Cerré los ojos para retener el momento. En medio de aquel mundo de ensueño, la esperanza de haber vuelto a encontrarte me despertó. Me sentía desarmado, como si hubiera llegado a través de un agujero negro al vacío. Pero al abrir los ojos desnudos, una presencia inmensa me tranquilizó. Era un gigante barroco risueño. De nuevo, un edificio se dirigía mí con parcas palabras. Y al oído me susurró: “Yo también he sido abatido por el plomo de la necedad humana. Acepta mi abrigo. Entra en mí y descansa.”

Te agarré de la mano para que no tuvieras miedo. Y tú, mi recuerdo, y yo nos adentramos en sus entrañas en silencio. «Santuario», grité para mis adentros. St. John’s Smith Square. Así se llamaba aquel gigante acogedor. Invisible ante la arrogancia del mundo exterior.

Una portezuela lateral nos guió por intrincados pasadizos de piedra, miríadas de venas y arterias que nos empujaban hacia su corazón. De nuevo, las gentes abarrotaban la iglesia pero su presencia era tan nimia que apenas oponían resistencia. La fuerza por penentrar su calor reinaba en mis piernas. Una inercia brutal me atraía irrefrenable. En un mero instante, me di cuenta de que era una música arrebatadora y violenta lo que me hacía levitar hacia el interior.

Agarré mas fuerte tu mano y ambos surgimos de repente en un inmenso vacío placenteramente oscuro. Un piano rabioso emitía el más bello sonido del que mis oídos, aletargados y entumecidos de frío, hubieran jamás bebido. Un rumor profundo. El hermoso rugido del corazón. Rachmaninoff.

Del piano emanaba un embrujo de luz clara. Luz de alma. El alma de Rachmaninoff. Acompañado de una orquesta inexistente, sus teclas revoloteaban desaforadas, como si prisioneras quisieran escapar de una tela de araña.

Recordé de repente aquel último encuentro en aquella eterna habitación de hotel destartalada. Me cabalgabas furiosa a horcajadas. Mis manos aferradas al vaivén de tus olas, al desplegar de tus alas. Alzaste el vuelo demente y yo me deje desbocar por tu pasión desenfrenada. Reinabas sobre mi cuerpo y mi mente. Y yo me entregué dócilmente a aquella enajenación de cama.

«La ligera paloma que en vuelo libre hiende el aire, al percibir su resistencia, podría forjarse la idea de que volaría mucho mejor en el vacío». Mi inocente paloma kantiana soñaba que los sueños no son solo ensueño, sino que nada ocurre si antes no ha sido un sueño.

Rachmaninoff enfurecido rasgando el tiempo. El vacío. Tu mano en mi mano. La soledad. El orgasmo que me desgarra por dentro. La oscuridad iluminando un gemido. Mi mano aferrando un recuerdo. Te sueño. Despierto. Te sueño despierto, amor mío. Rachmaninoff, tú y yo. Concierto para piano No. III. Último movimiento.

Rachmaninoff – Concierto para piano No. III

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