Libros, libros, libros

Hace años decidí deshacerme de todos mis libros. Cuando pretendes iniciar una nueva vida, cualquier recuerdo que te ate al pasado termina resultando un pesado lastre anímico o material. Recuerdo con placer a mis amigos viniendo a mi casa con cajas y maletas para llevarse un pedazo de mí que, sin duda en la distancia, les ayudaría a recordarme y a sentirme más cerca. En esta nueva vida, ahora regalo o olvido en el metro, en un banco o en un café, todos los libros que llegan a mi poder para que sigan su sino de ser leídos una y otra vez. Intento no tener en casa más que libros sacados de las bibliotecas.

Bibliotecas…, lugares mágicos que me hipnotizan con sus cantos de sirena silenciosos; engatusándome con la promesa de que cualquier libro que escoja, o me escoja él a mí, solo me hablará de mí misma: de lo que he sido, de quien soy, de lo que deseo ser, o lo que es lo mismo, de todo lo contrario. Todos los libros que leo me hablan de mí.

Tengo tres bibliotecas favoritas: una donde el mero hecho de entrar y sentarme a leer ante sus estanterías de incunables que se pierden majestuosos hacia el espacio infinito ya me produce inmenso placer; otra que es mi puerta hacia la literatura universal en cualquier lengua; y la tercera, una biblioteca que me acerca a la literatura de habla hispana y me ha concedido ya el placer de conocer en persona a varios de mis contemporáneos españoles favoritos. He desarrollado un método de lectura en estos últimos tiempos que me resulta muy propicio. Escojo regularmente tres libros: uno de una escritora, porque no me canso de descubrir que las mujeres somos de otro planeta; otro de uno de mis mil escritores favoritos, porque es siempre garantía de placer; y finalmente, cualquier libro al azar que me haga sentir que estaba ahí esperándome para contarme algo que debo descubrir en ese preciso momento.

Así es como descubrí este libro diabólico que tengo ahora entre mis manos. Su título apenas llama la atención. Y su autor me es totalmente desconocido. Pero sentí su llamada intensa apenas mi ojos recorrieron su lomo desgastado. Su magia radica en que el libro está en blanco. Es decir, lo estaba al menos cuando lo abrí por primera vez. Pero al prestar atención al vacío de sus páginas, descubrí que las letras iban apareciendo bajo mis ojos a medida que me alejaba del mundo exterior y me ponía a leer.

Como cualquier otro libro, este libro también me habla de mí. Sin embargo, curiosamente, solo habla de mis más profundos deseos y temores y de adónde me llevarán si no logro dominarlos. Así es como te conocí, deseando conocerte. Apareciste de repente en la página 19 de mi libro en blanco. Y sin demora, al día siguiente, nos tropezamos en la calle del mismo modo inocente y casual que yo había leído la noche anterior. Una charla entretenida y un vino blanco caliente nos llevaron a tu habitación de hotel esa misma tarde. La habitación 2046.

Admito que sentí un poco de miedo cuando al volver a mi casa retomé el libro para descubrir atónita que cada línea describía con pelos y señales nuestro encuentro. Describía cómo el vino caliente había desatado el deseo al observar tus manos reforzando explícitas la profundidad de tu reflexión sobre el cambio climático y la necedad del hombre al reincidir en los errores del pasado. En el libro, de tus teorías filosóficas pasábamos directamente a desvestirnos despacio sobre la moqueta de tu habitación de hotel.

En un tiempo indefinible, tú perdías la paciencia ante el roce calmado de tus labios sobre mi piel y te abalanzabas sobre mi espalda, pentrándome bruscamente. Tu sexo erecto se mostraba tan seguro de mi deseo como tú de tus argumentos filosóficos y medioambientales. Sentí tus ojos recorriendo con fascinación la curvatura de mi espalda y tus manos aferrándose a mis nalgas como si eso fuera lo único que te permitiera mantener el equilibrio del universo. Al leer aquellas líneas, sentí levemente la onda expansiva del orgasmo colosal que me provocó tu cuerpo esa noche y que, al parecer, seguía retumbando en mi mente como sacudidas diferidas de un seísmo pasional.

Cerré bruscamente el libro y me arrojé presurosa en los brazos de Morfeo con el deseo, poco convincente, de que al despertar al día siguiente pudiera recordar toda esta historia como uno de mis sueños más memorables.

Al despertar descubrí, afortunada o desafortunadamente, que aquel no había sido uno de mis mejores sueños. Todo lo contrario: todo había sido real. Lo comprendí inmediatamente al ver el libro sonriéndome travieso desde mi mesita de noche. Así pues, cauta o incautamente, retomé su lectura.

Estabas de paso en mi ciudad con el objeto de mantener varias reuniones de trabajo, respecto a las cuales era preferible que yo no supiera nada por mi propia seguridad, según me explicaste brevemente mientras cenábamos en la terraza de mi restaurante favorito, cuyas vistas espectaculares te hacen sentir como un intruso en el Olimpo.

¿Qué puede resultar más atractivo en un hombre que una mente brillante, una expresión impecable y una actividad profesional aparentemente arriesgada sino misteriosa…? En ese momento sonreí, sintiéndome la protagonista de un libro de acción. Un libro cuyas páginas se escribían al unísono de las páginas de mi propia vida.

El acceso al restaurante para los clientes que no se alojan en el hotel está controlado por el personal del mismo, que con una llave del ascensor permite la subida a la azotea para acceder al restaurante o la bajada a la planta baja para salir a la calle. Tras la cena, me percaté por el rabillo del ojo de que el empleado que nos acompañó hasta el ascensor te dirigió una mirada que duraba unas décimas de segundo más de lo necesario. Al cerrarse la puerta del ascensor, me cogiste de la mano y me dijiste: ‘No tienes de qué preocuparte. Todo está bajo control’. El ascensor se paró unos instantes después de tu frase aterradoramente tranquilizadora. Y segundos después, oímos bajar el ascensor contiguo: inconscientemente, inmóviles, ambos contuvimos el aliento a la vez.

De repente, recordé que sufro una claustrofobia feroz a los sitios pequeños y cerrados, probablemente arquetipo y reflejo de mi ansia de sentirme anímicamente libre de los prejuicios y convencionalismos de nuestra sociedad. Así pues, el miedo a perder el control y caer presa de un pánico absurdo me llevó de repente a desabrochar tu camisa vorazmente, y besar tu pecho, y acariciar tu espalda, y recorrer con mi lengua tu cuello, y buscar con mis labios tu boca, y aprisionar tu sexo contra mi sexo, y lograr que en un instante tú mismo perdieras el control.

En el momento oportuno en que tu sexo se adentraba en las profundidades de mi boca, el ascensor retomó su marcha y mecánicamente nos apresuramos a recomponer nuestras ropas y retocar nuestro aspecto, antes de que se abriera la puerta del ascensor y regresáramos al mundo exterior, como una pareja normal que acaba de disfrutar de una deliciosa velada en un local de moda.

Y al abrirse finalmente la puerta del ascensor, me encontré de repente sola en el hall de entrada de mi lugar de trabajo. Al ver al guardia de seguridad apresurase hacia mí preguntándome si me encontraba bien, comprendí que, en realidad, debía de haber perdido momentáneamente el conocimiento al bloquearse el ascensor, a causa de mi patética claustrofobia.

Tranquilicé al guardia con una sonrisa quien, según me explicaba, empezó a preocuparse al dejar de responder yo a sus preguntas a través del intercomunicador. No logré averiguar cuánto tiempo permanecí encerrada en aquel ascensor para haber podido soñar ese sueño tan intenso, que en ese momento recordaba con todo detalle. En cualquier caso, salí del edificio con una placentera sensación de felicidad y tranquilidad.

Por suerte o por desgracia, la placidez apenas me duró unos instantes. Mi corazón dio un vuelco al ver que me esperabas en la calle y te aproximabas hacia mí con un gesto de culpa y preocupación en tus ojos. Después de robarme un beso de los labios, me cogiste de la mano y te disculpaste de lo ocurrido en el restaurante. Creo que te alegrabas sinceramente de verme otra vez. Ni tú te extendiste en dar mayores explicaciones ni yo sentí la necesidad de pedírtelas. Decidí dejarme llevar, como cuando no puedes dejar de leer un libro porque anhelas fervientemente saber qué les ocurrirá a sus protagonistas a continuación.

Decidimos entrar a tomar un chocolate caliente en otro de mis edificios favoritos. En un par de párrafos, el libro hacía un informe sicoanalítico sobre mi atracción por ese lugar: los protectores soportales tras una entrada discreta que dan paso a una plaza inmensa y majestuosa rodeada de tres alas neoclásicas de piedra blanca, cobijo de pausas laborales de media hora, que se extienden perezosas hasta los 60 minutos cuando el sol acompaña.

Ya no sé si leí el capítulo del sexo en el baño unisex del ala sur antes de vivirlo, o lo viví primero y lo leí después. El caso es que de nuevo el sexo en un espacio reducido, no mayor al del ascensor anteriormente, fue una experiencia vertiginosa. Me sentía atrapada entre tus brazos. Y al tiempo, sentía una sensación de dominación efímera fascinante, sabiendo que serías totalmente mío durante solo unos minutos. Tu boca entrabierta susurrándome al oído palabras incomprensibles de provocación sexual. Mi boca librando una batalla pérdida contra tus labios. Tus manos firmes en mi caderas. Tu sexo impaciente a la espera de lograr adentrarse en mis entrañas. Ambos anhelando el instante mágico en que las embestidas del hombre contra el sexo de la mujer desarman las defensas de ambos y los someten rendidos al imperio del placer. La rendición mutua a ese placer divino nos llevaría al éxtasis de los sentidos; a la eternidad momentánea del orgasmo perseguido con furia, con ansia; a la unión espiritual en un objetivo compartido.

Hace varios días que no he vuelto a saber de ti. Hace varios días que no he vuelto a abrir el libro. Creo que no he decidido aún si quiero saber si tus intrigas secretas te habrán apartado de mí para siempre. O si prefiero que la historia se termine con ese último momento de compenetración absoluta de nuestros cuerpos y nuestras almas. Creo que hay ocasiones en la vida en las que el mejor final es la ausencia de un final. Quizá sea ésta una de ellas…

Ludovico Einaudi – Choros

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