Un denominador común

Imagina una sociedad justa, en la que la posición social no venga marcada por el poder económico ni el tráfico de influencias. En la que el acceso a la vivienda, al trabajo, al entorno social no esté condicionado por el dinero, la clase o el lugar de nacimiento. Una sociedad en la que la posición social no esté vinculada al intelecto o al aspecto físico sino, exclusivamente, al valor del esfuerzo individual, al comportamiento cívico e interpersonal, al espíritu, a cómo somos realmente. O más bien, a cómo nos valoren los demás…

La humanidad ha progresado significativamente en el plano tecnológico y social. Hoy en día, en el año 2046, cada individuo asciende o desciende en el escalafón social de acuerdo con un justo sistema de valoración en red que asciende a un máximo de 5* y que fluctúa continuamente según el número de estrellas que nos envíe electrónicamente cada uno de los individuos con los que interactuamos en cada momento a lo largo del día.

Cada persona dispone de un dispositivo electrónico móvil conectado a un red global y nos envía su valoración instantánea tras cada encuentro o cada vez que publicamos un estado, una foto o un comentario en nuestro perfil social público. Para una mejor percepción del entorno, cada individuo dispone de un lector implantado en su iris, que permite ver automáticamente la posición social de la persona con la que estamos interactuando y que vamos a valorar.

Mi aspiración personal es llegar a ser un 4.5*. Ello me permitiría relacionarme con la crème de nuestra sociedad, ascender en la pirámide profesional y acceder a una vivienda en un lugar de moda. Es decir, alcanzar la felicidad.

Con tal objetivo en mente, me pasaba después del trabajo por un local de moda en el que me deleitaba al verme rodeada de 4.5*s, 4.6*s, 4.7*s… Y donde incluso llegué a coincidir con un fascinante grupo de 4.9*s. Cuando te acercaste a mí, tuve una corazonada inquietante. Aunque en ese momento, fui incapaz de reaccionar.

Me cogiste de la mano firmemente. Y antes de que mi iris pudiera identificar tu posición social, te abalanzaste sobre mí y me besaste atrapando mi cuerpo ardientemente contra la pared. Una sacudida electrificante colapsó mi sistema linfático por un instante. Sentí como si un cortocircuito hubiera descargado de repente mis baterías. Perdí las riendas. Me dejé llevar. Sentía tus piernas aprisionando las mías; tu boca en mi cuello deletreando locuras; tus manos aferradas a mi cintura. Cerré los ojos para entregarme al placer. Y al cerrar los ojos, no te pude leer. Me enamoré ciégamente. No entendí entonces ni cómo ni por qué. Todo ocurrió tan deprisa… No quise comprender.

Me hablabas de una máquina del tiempo. Y aunque lo primero que se me vino a la cabeza fue una historia de H.G. Wells, pronto me di cuenta de que tus argumentos poco tenían que ver. Hablabas de universos paralelos, paradojas, la curvatura del espacio, agujeros de gusano… Me negaba a aceptar que en otra vida, en otra dimensión paralela, tú y yo hubiéramos estado juntos.

Decías… en mi actual universo, el hombre había desarrollado este sistema social estelar. Un sistema de manipulación de masas como otro cualquiera, condenado al fracaso desde el principio. Por ese motivo, para mantaner la estabilidad del sistema, funcionarios del estado viajaban regularmente al pasado para eliminar a los abuelos de los sublevados, evitando que éstos llegaran a ser concebidos y pudieran llegar a provocar la rebelión de las masas y atentar contra el sistema, una y otra vez.

Pero aún había esperanza. Las variaciones en la línea temporal creaban una miríada de universos paralelos en los que la humanidad había inventado mil formas distintas de corrupción. Sin embargo, en esos mundos paralelos, aún existían hombres libres que luchaban contra la perfidia y la avaricia del hombre, contra la oligarquía y el despotismo, contra los monopolios, contra la mentira, contra el lavado de cerebro y la maniplulación de las masas. Y nosotros éramos dos de ellos. Yo había fallecido en tu universo paralelo en el transcurso de una peligrosa misión contra el tráfico de personas en Mortland. Debía volver a tu lado para seguir viajando en el tiempo y seguir luchando en cada uno de esos universos por un denominador común: la libertad de pensamiento.

Me tomé unos segundos para aclarar mis pensamientos. Miré a mi alrededor. Instintivamente, deslicé la mano en mi bolsillo y acaricié la suave superficie de mi dispositivo móvil. Recordé que estaba a punto de convertirme en un 4.5*, de lograr mi ansiado objetivo, de alcanzar la felicidad. Una felicidad exclusiva, personal e intransferible, en mi propio universo.

Mi cuerpo se alejo lentamente del tuyo, como si me desvaneciera en el ambiente. Te miré por última vez, a los ojos. Al volverte la espalda, reconocí a un 4.9* que me observaba desde la barra. Con mi mejor sonrisa, me dispuse a conquistarle y conseguir una valoración de 5 estrellas. Te olvidé en un instante. Conscientemente. Te olvidé voluntariamente, porque las mentiras bellas son verdad y las verdades feas…, mentira.

Nina Simone – Sinnerman

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