En busca del mago de Oz

A veces los sueños se hacen realidad, cuando regresamos a lugares que solo habíamos visitado en un sueño. Y al ver ese lugar por primera vez, todo nos resulta conocido y familiar. Y nos sentimos parte de un mundo desconocido, que siempre ha sido parte de nosotros mismos. Porque nada existe, si antes no ha sido un sueño.

Uno de mis viajes de trabajo me llevó esta vez al futuro. Exactamente, a 8:30 horas de mi futuro, de un otoño aún por llegar. 21 horas de vuelo hacia el este hicieron mágicamente de máquina del tiempo. Y una vez en el futuro, descubrí que ya había estado hace años en ese lugar, viajando hacia el norte en el tren The Ghan, en busca sin éxito de la estrella polar.

A pesar de las semanas de trabajo intenso que tenía por delante, estaba decidida a encontrar al mago de Oz. Le buscaría para impregnarme de su sabiduría inmensa, de su magia, de su fuerza sobrenatural. De ese poder aborigen extrasensorial, forjado tras siglos de supervivencia y de lucha brutal, en fase de perdón y reconciliación vital.

Y le busqué…

Le busqué a orillas del Torrens; y sentí que la vida no se para, que nada regresa; sentí que nunca las aguas son las mismas que un mismo río lleva. Le busqué a la sombra de los sangre de dragón; y sentí que la pasión de sus intrincadas ramas corría rauda por mis venas; sentí que siempre buscamos cobijo al amor de la leña. Le busqué entre las viñas del valle Barossa; y sentí que el aroma de sus vinos embriagaba de risas mis penas; sentí que la felicidad aparece en cualquier sitio donde menos te la esperas. Le busqué entre las negras algas de Glenelg, y sentí que la bravura calma del mar manejaba mis riendas; sentí que mi corazón aún late con el mismo brío con que latió en otra época.

Me adentré en las llanuras de Adelaide y le busqué entre los pobladores milenarios de esas tierras. Pero no supieron darme razón. Un anciano kaurna me dijo que buscara en mi interior, que el mago de Oz solo habita en las profundidades del corazón.

Así que viajé hacia mi sur más gélido, hacia el océano revuelto de mis recuerdos, hacia las profundidades de mi propio yo. Y en KI, solitaria y rodeada de salvaje naturaleza, encontré en su escondrijo a mi mago de Oz.

Sus ojos iluminaron la noche fría. Cada mirada, un descubrir en el firmamento una constelación desconocida.

Sus dedos despertaron mi piel dormida. Cada caricia, el dulce sanar de una olvidada herida.

Sus labios saciaron la sed de vagar por el desierto perdida. Cada beso, un sorbo de néctar de vida.

Su sexo entonaba una melodía. Cada embestida, un grito tribal por cada batalla vencida.

Nada se hace realidad, si antes no ha sido un sueño. Nada encuentra aquel que nada sueña. Jamás logrará que uno de sus sueños se haga realidad aquel que nunca cierra los ojos y pide un deseo a una estrella fugaz.

Xavier Rudd – Follow The Sun

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