Salambó o la cinta de Moebius

Salambó se preguntaba cuántas formas distintas podría adquirir el alma humana. Se preguntaba si el alma sería como una cinta de Moebius, infinita en su recorrido pero con una sola cara.

Salambó buscaba su alma en el velo sagrado de Cartago, el Zaïmph. Su velo mágico había acariciado una vez sus hombros desnudos, deslizándose inocentemente por la voluptuosidad de sus senos, enroscándose travieso en su cintura, besando levemente la generosidad de sus caderas, atraído irresistiblemente por la humedad de su sexo, oculto apenas en el ardor de sus muslos.

Si la gravedad origina los movimientos a gran escala en la naturaleza, mientras que las otras tres interacciones fundamentales son predominantes a escalas subatómicas, ¿representará acaso la gravedad la importancia de las grandes cosas? ¿Serán acaso el electro-magnetismo, la interacción fuerte y la interacción débil el arquetipo de ‘las pequeñas alegrías’ a las que se refería Hesse? ¿Es acaso ‘gravedad’ sinónimo de ‘importancia’?

Matho había robado el Zaïmph de Salambó. Y con él, se había llevado su alma. La llevaba atada a su cintura para atraer a su amada hacia él, para enamorarla, para atraparla contra su pecho, para penetrar sus entrañas. Y una vez la hubiera poseído entre sus brazos, arrebatarle el corazón también. Matho anhelaba besar a su Salambó soñada, devorar una a una sus ganas, ahogarse en el mar de su sexo, saciar cada capricho de su piel… Y despertar con ella cada amanecer.

La ley de la gravitación universal newtoniana mantiene que la gravedad es la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas; que la fuerza que ejerce una partícula puntual con masa x sobre otra con masa y es directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. Salambó se preguntaba si sería la gravitación universal aplicable al alma. A mayor distancia, menor fuerza de atracción; y a menor distancia, mayor es la llamada. El Zaïmph debía de estar cerca. Toda su piel sentía su atracción endemoniada.

Sin embargo, ¿y si Einstein tenía razón y la gravedad es el efecto geométrico de la materia sobre el espacio-tiempo? ¿Será entonces el alma únicamente interpretable en una dimensión espacio-temporal? ¿Será entonces el alma mortal y al mismo tiempo inmortal? ¿Por qué tendría el alma la geometría de una cinta de Moebius?

Salambó llevaba sangre de héroe en sus venas. No temía enfrentarse a la vida que el destino le había asignado. El deseo brotaba descarnado por cada poro de su clara piel. Su sexo ansiaba ser penetrado, saciado, hasta lo más profundo de su ser. Y en ese deseo desaforado, retó a Matho a entregarle su velo robado, infiltrándose en el campamento mercenario furtivamente al atardecer.

Einstein describió la interacción gravitatoria como una deformación de la geometría del espacio-tiempo por efecto de la masa de los cuerpos. Salambó y Matho adquirirían entonces un papel dinámico al fundir sus cuerpos en un espacio y un tiempo imaginados. La fuerza del deseo les atraía irresistiblemente. Pero el poder del velo mágico evitaba en sus mentes devenir un solo ser. Ansiaban fundir sus bocas deseosas, sus manos entrelazándose rabiosas, sus pechos ardiendo entre llamas, sus sexos machihembrándose en la batalla, como la luz del amor que de repente brota furiosa en la oscuridad de un corazón a punto de enloquecer.

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Love inception

An ‘idea’ was believed to be the most powerful weapon in the universe. The human race had always believed that the man who managed to plant an idea deep inside another man’s mind would conquer the world. That was the answer to the ultimate question about life, the universe and everything. That was 42.

Love inception is a valuable and standard practice nowadays in this technologically advanced society of ours, in which we are not any more mere bodies led by post-human idle minds playing Gods.

Our society evolved from the conventional family model from the 2nd millenium of our era to the self-sufficient thinking individual role in the 3rd millenium. Once the family unit was not considered any longer appropriate for the reproduction, education and evolution of the species, our ancient human trends moved into further types of social and sexual relationships. Sensorial computer-aided sex with IVF and other ARTs was discarded centuries later, when the man freed himself from the simulated reality, foreseen by Bostrom in the 21st century and which lasted one thousand years.

Sick and tired of predictability, the human being resumed the random joy and miseries of love, which ruled the world once upon a time ages ago. Nowadays, there is no sex without love. This issue raises and demands the evolution of philosophical diatribes and encourages technological developments in inception.

Nowadays, we believe that only when we make love to someone who loves, we get to feel the passion of their thoughts, their skins burning when touching ours, their eyes browsing deep inside our dreams, our sexes arousing every inch of our deepest needs. Only love sets our bodies on fire and drives sex to ecstasy. That is what we believe.

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​Il trilemma di Bostrom

«1. Nessuna civiltà raggiungerà mai un livello di maturità tecnologica in grado di creare realtà simulate.

2. Nessuna civiltà che abbia raggiunto uno status tecnologico sufficientemente avanzato produrrà una realtà simulata pur potendolo fare, per una qualsiasi ragione, come l’uso della potenza di calcolo per compiti diversi dalla simulazione virtuale, oppure per considerazioni di ordine etico, ritenendo ad esempio immorale l’utilizzo di soggetti tenuti “prigionieri” all’interno di realtà simulate ecc.

3. Tutti i soggetti con il nostro genere di esperienze stanno vivendo all’interno di una simulazione in atto.»

Ho fatto scelta. Ho deciso che uno di questi argomenti di Bostrom sia la mia realtà. Alla ricerca del tempo perduto e della grande bellezza, ho capito che «lo sguardo trova sempre quello che cerca il cuore», come diceva Venditti.

É da tempo che ci conosciamo. Ogni giorno al mattino, mentre facevo la solita passeggiata al lavoro, ci incontravamo sulla strada vicino a Trinity Square. Io poi, trascinavo i piedi piacevole attraverso la City, St. Paul, Fleet St., lo Strand… Tu mi guardavi un attimo intenso ogni volta. Io sostenevo il tuo sguardo, sfidandoti a fermarmi.

Esistiamo tu ed io? Credo di no.

Sapevo da sempre che eri italiano. Dal Sud. In questa immensa città, anonima e sovrappopolata, soltanto un uomo italiano mi avrebbe guardata come mi guardavi tu, come guardano gli italiani le femmine. Spogliandomi con gli occhi. Accarezzandomi l’anima con le labbra mute. Con la passione contenuta in mente e il desiderio in cuore. Fra questa folla ingente, senza rumore.

«Se si pensa che gli argomenti n.1 e n.2 siano entrambi probabilisticamente falsi, si dovrebbe allora accettare come altamente probabile l’argomento n.3.»

La prima volta, abbiamo fatto appuntamento il mercoledì, a St. Paul, alle cinque e mezza. Da allora sempre, lo stesso giorno, nello stesso posto, alla stessa ora. In questa realtà virtuale, ho cercato di trovare un glitch sul sistema per capire che è tutto un sogno, che siamo delle intelligenze artificiali in questo mondo simulato da noi stessi.

Quando chiudevi la porta, avvolta nelle tue braccia, mi lasciava trasportare dal desiderio, stordita dalla tua passione, dalla tua forza. Mi baciavi il collo. Mi leccavi la schiena. Le tue mani stringevano la mia vita, afferravano i miei fianchi. “Dai. Fottimi. Sbattimi forte adesso”. Tu venivi presto.

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Rachmaninoff

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«Alien» rezaba mi pasaporte. «Stateless» era oficialmente mi condición. Caminaba sin rumbo mientras acariciaba mi último signo de identidad mundana. Las calles abarrotadas de gente me parecían vacías. Un tumulto de aire invisible, intocable, inalcanzable. Una alegoría de Chejov. Solo la búsqueda me daba fuerzas para no rendirme ante aquella nada apabullante y dejarme mimetizar por el mundo exterior.

Los edificios vanidosos se insinuaban ebrios de grandeza, arraigados en su historia, en su observar el pasar de los siglos desde la memoria, desde la prepotencia, inmunes a la soledad de mi Yo.

Caminaba arrastrado por una esperanza muda. No sabía muy bien qué esperaba encontrar a aquellas alturas. La búsqueda del hombre es instinto puro, ajeno a la lógica ilustrada de la razón. Instinto vivo.

Caminaba. Recordaba tu espalda. Tu nuca ensortijada. Tus hombros en resistencia a la gravedad. Los giré con mis manos para recordar tu cara. Pero su imagen me fue negada. Solo vi una sombra velada que de repente se abalanzó sobre mí sin compasión. En ese instante, todo mi cuerpo se estremeció. Perdí la calma al rozar de tus labios, tan dulces, tan mojados, reales como la luz del sol.

Cerré los ojos para retener el momento. En medio de aquel mundo de ensueño, la esperanza de haber vuelto a encontrarte me despertó. Me sentía desarmado, como si hubiera llegado a través de un agujero negro al vacío. Pero al abrir los ojos desnudos, una presencia inmensa me tranquilizó. Era un gigante barroco risueño. De nuevo, un edificio se dirigía mí con parcas palabras. Y al oído me susurró: “Yo también he sido abatido por el plomo de la necedad humana. Acepta mi abrigo. Entra en mí y descansa.”

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Nocturno de los números primos

Llevaba años soñando la vida desde mi pequeño estudio del número 6, en St. Clement Danes Square. Trabajaba desde hace años en un algoritmo probabilístico que me permitiera descubrir un número primo no conocido. Los números primos son el arquetipo de la belleza de la soledad. El deseo vs. la racionalidad. Aún hoy a veces, me entretengo en la división por tentativa de las cosas, de los símbolos, de las personas, para aferrarme a la vida real cuando el deseo me desborda y me impide razonar.

Cada noche, escuchaba tu voz en la radio en busca de inspiración erótica en mi aritmética modular. Te imaginaba desnudando mis pechos; tus manos erizando el deseo; tu boca susurrándome al oído; y tu voz excitando en un gemido el epicentro de mi volcán racional. Tu voz y yo. Solos los dos. Irónicamente, el 2 es el único número primo par, enemigo acérrimo de la soledad.

Tu voz, rescatador de historias, se entremezclaba entre los números Carmichael de mi lista numérica mental. Tu voz, como una música de fondo, daba forma a mi propio teorema de Fermat: mi cuerpo en llamas contra tu cuerpo ardiendo; mis besos húmedos devorando tu cuello, tu estómago, tu sexo; tu voz en mis sueños a punto de determinar la primalidad de un número de tendencia sensual. Tu voz arraigaba en mí el deseo desaforado de una pasión aritmético-carnal.

Notación exponencial. Aquella noche, mientras me acariciaba escuchando tus historias en la radio, imaginé como mis dedos desabrochaban tu camisa, rozando apenas tu pecho. Sentí el deseo multiplicarse por cien en mi sexo. Tus palabras, como lenguas de fuego, arreciaban en mí una pasión irreal de carne y hueso, reivindicando in crescendo unos besos que mi imaginación convertía en realidad. Tu boca descarnada en mi sexo arrebataba en silencio una melodía orgásmica descomunal. ‘No te pares. Sigue bebiendo. Arráncame el secreto escondido en mis adentros’, susurré desesperada como en un sueño. Y el orgasmo me invadió voraz, como rama de nogal que furioso arranca el viento. Vencida por tu voz de cuento, cometí un error de cálculo y me dejé enamorar.

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Binnein Mòr

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300 años en una vida eterna apenas suponen un parpadeo, un acto reflejo, pura futilidad. El tiempo transcurre irredento cuando el alma nace inmortal. La condena de la eternidad. Como dice el lobo poeta, ‘a veces cuando me aburro, pienso en maneras de morirme’, morirme para volver a amar. Privilegio absurdo de mi deidad. El tiempo nada cura cuando la vida no tiene ni principio ni final. Habito las Tierras Altas de este mundo de ensueño: soy Binnein Mòr, un Alma Inmortal.

Los recuerdos albergan mi mente como gotas de lluvia que se diluyen en el mar. Cada uno de ellos es único, distinto, imborrable, irrecuperable en el abismo de la inmensidad. Tu sexo dentro del mío, nuestros cuerpos fundidos, aquel beso en mi pezón frío, como una gota de lluvia sobre el mar.

La memoria abarca solo aquello que deseamos recordar. Tus palabras desenfrenadas, tu mano bajo mi falda, tu pecho aprisionando mi espalda, mi sexo ardiendo en llamas, y un gemido al oído al borde de la fatalidad: ‘házmelo ahora, fóllame ya’.

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Los amantes de la isla de Krk

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Llegué a la isla de madrugada, navegando a la deriva por la escarpada costa este de la isla de Krk, cortando la risa del mar a 45 grados. Soñando al timón, huía de una orden de busca y captura emitida por el sacrosanto gobierno de la República de Venecia. En estos días, una mujer en búsqueda de la verdad no está demasiado bien vista.

El viento arreciaba. Mecida por el sueño y la falta de agua, naufragué acariciada por el sol y las olas en la bahía de Baška. Soñé que eran tus besos en mi espalda los que me despertaban. Sentí tu sexo sobre mis nalgas, atrapada sobre la arena bajo tu piel empapada. Deseé que me amaras en aquel preciso momento. Pero como una fata morgana, tu cuerpo se desvaneció como un susurro de viento.

Tras recobrar el valor para seguir viva, me dejé guiar por el alma hasta una ermita vacía, en la montaña de Jurandvor. Una vez al abrigo del sol, casi desmayada sobre la piedra fría, en un estado hipnótico-onírico, el rumor de unos pasos desconocidos devolvieron mi pulso a la vida.

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En las antípodas de las antípodas

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El 13 de febrero de 2008, más de 300.000 australianos de todo origen y procedencia salimos a las calles para refrendar a nuestro gobierno en la petición pública de perdón a los pueblos aborígenes y a los isleños del Estrecho de Torres por la barbarie infligida a la ‘generación perdida’ entre 1869 y 1976.

Más de 7 años después, en las antípodas de mi tierra, volvimos a encontrarnos en una exposición de arte indígena. Como entonces, no necesitamos la lengua para hacernos entender. La música embriagaba el ambiente. Nuestros cuerpos calientes se atrayeron desde ambos extremos de la sala estrecha, como humo sin alas que se expande en el aire y se mezcla a cuerpo traviesa.

De mis ojos rodaban las lágrimas, generadas por los recuerdos de aquella lucha lejana. Tus besos enjugaron la rabia. Y un deseo de amarte surgió furioso de mis entrañas. Sentí tu cuerpo envolverme al resplandor de la luz apagada. Tu pecho en mi espalda. Tu mano en mi sexo por debajo de mi falda. Al cerrar los ojos, me cegó una claridad olvidada. Regresamos por un instante al desierto, como en un sueño, como el ‘dreamtime’ que vivíamos cuando éramos pequeños.

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Mientras te amé

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“Ahora soy más feliz. ¿Importa eso? Sé que mientras te amé estuve vivo.”
José Luis García Martín

Nuestra misión en la tierra había concluido y mi tripulación estaba lista para regresar.

Sentí el final de la misión como un tren desbocado, a mil por hora, a punto de descarrilar. Lo vi llegar implacable y sentí cómo me arrollaba sin piedad. Todo ocurrió tan deprisa que apenas hubo tiempo para recordar. En un instante, la explosión destruyó los recuerdos, los besos, las caricias, las risas, tu cuerpo contra mi cuerpo, mis manos en tu sexo, la pasión a toda prisa. Todo el amor se desmaterializó en un momento para dejar paso a un vacío descomunal. Un vacío que devoró el dolor, las lágrimas, la frustración, la impotencia. Un vacío calmo y acogedor que abrió camino a la alegría de sentirme viva una vez más.

Mi planeta está habitado por una civilización de sofisticada inteligencia. Los increíbles avances neurológicos alcanzados han degenerado en una conciencia pública de la incapacidad amatoria de mis congéneres. Nos convertimos en una sociedad ataráxica de seres incapaces de sentir, subyugados a la desidia de ser amados, egoístas y mimados, totalmente inaptos para el placer sublime de amar.

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El diccionario de los dioses

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N. del A.: El presente diccionario se remite a hechos que ocurrieron en el futuro. Por lo tanto, puede leerse comenzando por el principio, o futuro, y acabando por el final, o presente. O viceversa. Incluso, como los hechos aún nunca ocurrieron, pueden leerse los términos aleatoriamente.

El reino de los dioses
Existió en un futuro muy lejano un reino gobernado por los dioses. Éstos sufrían recelosos la búsqueda insaciable del conocimiento, el placer de los sentidos, el amor, el deseo, y la feliz mortalidad, solo propios del hombre.

El engendro hombre-mujer
Una noche cualquiera, decidieron los dioses unánimes aniquilar a todos los mortales, dejando sobre la faz de la tierra a un único ser sobre el cual revivir eternamente sus necias envidias: un engendro medio hombre, medio mujer, que se amaba a sí mismo y buscaría insaciable su propia verdad hasta la hora de su muerte.

El hombre y la mujer
Sin embargo, la envidia de los dioses desgarró un día con ira el engendro, separando de cuajo al hombre de la mujer. A partir de su separación, el hombre y la mujer vivieron condenados a buscarse, mientras los dioses jugaban a evitar que se reencontraran y volvieran a poseer un único corazón.

Septrión
La mujer, Mariadna, ciega, fue enviada por los dioses a Septrión, la tierra donde el sol no calienta y la soledad quema.

Meridión
El hombre, Oblivio, sordo, fue arrojado por los dioses a Meridión, la tierra donde el sol abrasa y la soledad hiela.

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En Gallipoli nunca es invierno

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Este domingo me ocurrió un extraño suceso. Fui temprano de mañana a trabajar para finalizar un proyecto. Patéticamente pensé: finem qui quaeris amoris, res age, tutus eris, que me habría susurrado Ovidio. Soy historiadora en el Museo de los Caídos en la Bahía de Anzac en Gallipoli, en el mágico emplazamiento que da nombre a la localidad. El edificio es enorme: un bellísimo y verdadero mausoleo, por fuera y por dentro. Construido años después del desembarco, conserva restos personales de las tropas aliadas y la memoria histórica del acontecimiento. De noche, las almas de los soldados deambulan por los pasillos, con la mera intención de acurrucarse tranquilas en el recuerdo de quienes un día fueron.

Apenas empezaba a amanecer cuando llegué de madrugada. El guardia de seguridad me saludó indiferente al entrar, dormitando con un solo ojo abierto. Tuve una extraña sensación de calma y seguridad al llegar a mi mausoleo desierto aquella mañana.

Hacía frío y me preparé un café. Mientras releía mi borrador con la mente dispersa, mordisqueando una de mis galletas anzac, pensaba que por mucho que me esfuerce al hornearlas, siempre me quedan demasiado duras al enfriar. Pensaba a la vez, al sorber mi café, que lo único que reanima el alma es un ser humano a nuestro lado que irradie calor y nos despierte el deseo. Yo siempre tengo tanto frío al despertar… Y como a mis galletas, el alma se me endurece en soledad, cuando aún no ha salido el sol y el frío se me lleva los sueños: los sueños del calor del amor que irradia un cuerpo. El frío no es más que soledad.

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La Torre de Babel

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Todos podemos ser multilingües. El multilingüismo es una capacidad intrínseca al ser humano. No innata sino adquirida. El aprendizaje de los idiomas desarrolla el lóbulo frontal del cerebro, en el área de Broca, permitiendo la adquisición de habilidades que van más allá de la mera comunicación oral o escrita, como son el entendimiento del lenguaje corporal, del simbolismo o incluso del pensamiento. El multilingüismo en el hombre se convierte en un acto reflejo, casi inconsciente. Es decir, se deja de saber en qué idioma se está viviendo hasta que, en un determinado momento, un hecho externo nos saca de nosotros mismos para hacernos tomar conciencia de en qué idioma estábamos sintiendo. El multilingüismo está vinculado a cada una de las múltiples almas que, a lo largo de su vida, desarrolla el hombre en su interior.

Aquella noche, mi amante y yo hablábamos saxón. Con él todo sucedía a toda prisa, en un espacio reducido y a media luz. Las palabras escaseaban para dar paso a los jadeos del alma que el ardor de nuestros cuerpos provocaba. Los besos se entremezclaban con el penetrar brusco de su sexo, en una vorágine de deseo inasible y sentimientos: lenguas de fuego ardiente luchando por devorarnos mutuamente. Su cuerpo se fundía en mi cuerpo, volviéndolos indistinguibles a la escasa luz de aquella habitación. Me corría una y otra vez. Todo ocurría deprisa. Y tan rápido como empezó nuestra breve historia de amor, asi acabó.

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La vida es un palíndromo

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Creía Sandro Veronesi, inmerso en un estado de caos calmo, que la vida no es un palíndromo, porque nada en ella retorna. Pero el mito del eterno retorno alude al hecho de que una vida que no retorna, haya sido bella u horrorosa, carece de peso, es como una sombra. Quizás la vida sea un palíndromo. O quizás no. A fin de cuentas, en esta vida se es o no se es. Todo puede ser o no ser. O quizás, todo lo contrario.

No recuerdo cómo nos conocimos. Ni tampoco cómo nos separamos. Recuerdo la soledad. Entonces llegaste a mí, nos amamos, y desapareciste como habías llegado, dejando de nuevo sitio a mi soledad. Luego todo volvió a empezar. El amor ha de ser palíndromo para poder ser reconocido.

Quedamos para tomar un café. Te fui a buscar en mi coche y nos fuimos por ahí a darnos besos…

A solas en el coche, me besaste en la cara, en la nuca, en el cuello. Y me susurraste al oído que me deseabas, que cada día te masturbabas pensando en mí, aun desde antes de llegar a conocerme. Me susurraste que me lo ibas a hacer tan despacio que el placer me haría enloquecer.

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Merci, M. Tiersen !

It was a blind date. We met on the Internet. I used to blog short stories of love and sex. You used to read me in your room, quiet in the dark, late at night. Your desire was lit with every word you read in my mind: sultriness, tenderness, lust, passion and fire.

Although we never got to meet, we lived hundreds of love affairs, passionate sex and day dreams. Dreams of sultry tales, romance, tragedy and despair. Bitter and sweet. Love and pain. We travelled together through my fantasy. Dream lovers. Blind sex. Deep emotions. Unreal and intense. Is not this love as well?

One day, you booked me a ticket for a concert of Yann Tiersen and sent it to me by email. I named you then the hero of all of my tales. I printed out my ticket and got dressed. I knew I could recognised you anywhere. So I turned up that evening at the venue with my desire on fire and my fantasy as a dress.

Front stalls. Row J. Seat no. 9. You were not there. I waited and waited and almost despaired. But the show started on. Yann Tiersen turned up. The lights went off. His voice filled up the air and I let myself be seduced by his rebel look, young and aged, unaffected, magic genius, insane and sane, and his strong ‘accent français’. I gave in to him and let my soul be caressed.

Out of the blue, your presence made it through. You took you seat. Your body scented my space. My desire suddenly rised higher. I stroked your skin with my fingertips. No need to look you in the eye, since my mind figured you out clearly in the dark. I knew you so well. We had been together in thousands of dreams. I raised your chin and we kissed.

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Enlighten my soul

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Era mi última exposición. Había decidido retirarme y encamimar mi vida por otros derroteros, hacia el mecenazgo de jóvenes artistas. Escogí para la ocasión una coqueta galería londinense, recogida entre los recoletos muelles de Santa Caterina.

El proyecto consistía en una obra de ingeniería lumínica: ‘Enlighten my soul’. Un recorrido de apenas 60 pies simbolizaba el camino de la vida. Al inicio del mismo, el visitante se sometía a un complejo mecanismo de sensores eléctricos y cañones de luz que proyectaban sombras de colores sobre una pantalla gigante al fondo del recorrido. Los sensores detectaban las formas del cuerpo y el calor generado por el estado anímico del visitante. Pero también abundaban en sus pasiones, sus miedos, sus expectativas…, detectaban su alma. Leían secretamente, cual polígrafo agazapado, la mente y el corazón del visitante. Todo ello, tenía como objeto proyectar en la sábana blanca el color del alma de cada individuo, su película vital. Ésta, en continuo movimiento, cambiaba de forma, color e intensidad a medida que el visitante se desplazaba por los 60 pies que recreaban el transcurso de su vida.

Te vi llegar. Algo en tu aura me hizo detenerme a observar de qué color sería tu alma. Parecías divertido al leer las explicaciones al inicio del recorrido y no dudaste un instante en someterte a mi mágico experimento lumínico. Supe en ese momento que serías mío.

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El amor, la necedad, el deseo y la ironía

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6 de diciembre

Mi querida Carlota:

Siento tantas cosas… Y mi pasión por ti lo devora todo. Tantas cosas… Y sin ti, todo se reduce a nada. La nada, el todo. Muero por ti. Cuando leas estas líneas, ya habré dejado de huir al fin. Prefiero la muerte a soñar esos besos que jamás serán míos, pues pertenecen a otro. Prefiero la muerte a anhelar ese sexo que jamás albergará el mío, sino otro. Prefiero la muerte a recrear esos pechos que no saciarán sino las manos de otro, tu Alberto, tu esposo. Me despido, amor mío. Te beso antes de morir.

Por siempre tuyo, Werther.

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6 de diciembre

Mi estimado Werther:

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País de piedra, frontera de cristal

Galatea de las esferas - Dalí

«País de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aquí, tú misma te convertirás en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacúdete la piedra.»

Nuestro mundo era una gran caverna. Un enorme espacio abierto lleno de piedra; con techos de cristal, suelos de cristal, fronteras de cristal. Cristal piedra. Era un país de sombras proyectadas por un sol luminoso que nos era ajeno: un mito, una leyenda. Pero yo sabía que la luz esperaba más allá. Y me sentía prisionera. Me asfixiaba. Deseaba escapar.

En nuestro mundo de piedra, la vida era solo una vida ilusoria. Una vida rodeada de piedra: ciudad de piedra, costumbres de piedra, gentes de piedra, sueños de piedra. Todo aquel que dejaba de ver la piedra se volvía él mismo de piedra. Necesitaba cruzar la frontera. Escapar de mi vida de piedra. Cruzar la frontera de cristal.

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La única certeza

Mar

El hombre ha tenido una única certeza absoluta a lo largo de la historia de la humanidad: «lo único que sabemos con certeza en esta vida es que moriremos algún día».

Esta certeza aún sigue vigente en nuestra sociedad. Sin embargo, el hecho de ser conscientes de cuándo se producirá la propia muerte hace que, hoy por hoy, enfoquemos la vida de otra manera. En nuestra época actual, 4 siglos después de que Charles Darwin diera nombre a nuestra ciudad, tanto vida como muerte están tecnológicamente programadas y controladas por los servicios públicos. Y estos datos son, además, de libre acceso a voluntad del interesado.

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La embriaguez de tu metamorfosis

Dicen que el tiempo es un gran escultor. Escultor que nada esculpe sino que entierra a dos metros bajo tierra el desamor. Desamor como muerte del alma, sepultado con honores en nuestro cementerio interior. Interior azotado por el tiempo. Tiempo como viento del desierto, que remueve las dunas para borrar las huellas. Huellas que no desaparecen sino que quedan ocultas cada día bajo otra capa muy fina de arena. Arena que esconde a los ojos del hombre las penas. Penas visibles por siempre a los ojos del corazón.

Christine atendía cortés y paciente a los clientes que se sucedían cada día en su pequeña estafeta de correos. Su voz y sus manos actuaban inconscientes; mecánicamente; independientes de su fantasía, que viajaba perdida hacia otros rostros y otros cuerpos. Yo la observaba detrás del cristal, con la invisibilidad fantasmal que se nos otorga a las ánimas perdidas que vagamos inmortales entre el mundo de los vivos y los muertos.

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Pigmalión

Pymalion - Jean Baptiste Regnault

«Son los desesperados aquellos que han perdido la esperanza».

Tracé las suaves líneas de tu rostro en mi lienzo y tu sonrisa se hizo real. Dibujé la sinuosa curvatura de tus senos y tu cintura guió mi mano hasta la generosidad de tus caderas en un trazo magistral. Esbocé tu sexo entre la feminidad de tus muslos y tus piernas me abrieron un mundo; un mundo de sueños y de deseos que mi mano plasmó en la imagen de tu recuerdo futuro.

Cada mañana en mi estudio, observaba mi pintura incompleta. Y al ir repasando cada detalle, tu imagen soñada se volvía más neta, más certera, más bella. Te doté del don de la risa para que atisbara estruendosa tras tu sonrisa. Te regalé la fortaleza y la calma para proteger mi cuerpo de los asaltos violentos de mi propia alma. Te perfilé unas manos musicales de piel cálida para que acariciaran leves mi cuerpo, para que llevaran mi sexo al último cielo, para que enjugaran mis lágrimas cuando la soledad me abordara perversa por las mañanas. Te llamé ‘Esperanza’.

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Un rey escucha

Castilla al amanecer

«Una voz significa que hay una persona viva: garganta, tórax, sentimientos, que empujan en el aire esa voz diferente de todas las otras voces. Lo que te atrae es el placer que esa voz pone en existir: en existir como voz; pero ese placer te lleva a imaginar de qué modo la persona podría ser tan diferente de cualquier otra cuanto es diferente su voz…»

Sentado en mi trono regio, domino mi reino desde esta estancia majestuosa, con mi corona y con mi cetro. Veo la llanura yerma de esta mi tierra seca que dormita bajo un sol jaguar. Escucho los campos vacíos, ardiendo en el tórrido estío o crujiendo ateridos de frío bajo el gélido dominio invernal. Mi reino desaparecido descansa tranquilo a las afueras de mi castillo. No me muevo. No hago ruido. No salgo de mi jaula dorada por miedo a abandonar mi trono un instante; por miedo a que mis adversarios, mis enemigos, traidores mal nacidos, usurpen el poder de su majestad real.

Me entrego cada mañana a los sonidos del mundo que entran por mi pequeña ventana. Afuera ya no queda nada. No obstante, ella viene cada día de madrugada a por agua de mi fontana, canturreando canciones del mar. Si me atreviera a salir de mi jaula dorada, se lo prohibiría, se lo impediría. ¡Ladrona, maldita! O quizás yo mismo le regalaría mil tinajas de agua bendita a cambio de su voz angelical.

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En las profundidades de mi propio yo

Jason Shawn Alexander

Me dejo flotar, sumergida en la oscuridad densa de mi propio yo. No necesito luz para ver lo que ocurre en mi interior. Solo veo agua clara, un mar en llamas. Nado sin buscar la orilla. Mi propio líquido amniótico me acaricia, me da calor.

Cierro los ojos para ver mejor. Observo mis brazos tararear una danza sencilla, creando formas tenues de luz amarilla. Me inunda la calma. No tengo prisa. Suena en el agua una canción.

Mis muslos se abren al ritmo leve del latido de mi corazón. Me lleno de agua, de esperanza, de vida. Pierdo la respiración. Mi cuerpo ya no la necesita. Nado entre risas. Todo sucede despacio en los mares profundos de mi propio yo.

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