Salambó o la cinta de Moebius

Salambó se preguntaba cuántas formas distintas podría adquirir el alma humana. Se preguntaba si el alma sería como una cinta de Moebius, infinita en su recorrido pero con una sola cara.

Salambó buscaba su alma en el velo sagrado de Cartago, el Zaïmph. Su velo mágico había acariciado una vez sus hombros desnudos, deslizándose inocentemente por la voluptuosidad de sus senos, enroscándose travieso en su cintura, besando levemente la generosidad de sus caderas, atraído irresistiblemente por la humedad de su sexo, oculto apenas en el ardor de sus muslos.

Si la gravedad origina los movimientos a gran escala en la naturaleza, mientras que las otras tres interacciones fundamentales son predominantes a escalas subatómicas, ¿representará acaso la gravedad la importancia de las grandes cosas? ¿Serán acaso el electro-magnetismo, la interacción fuerte y la interacción débil el arquetipo de ‘las pequeñas alegrías’ a las que se refería Hesse? ¿Es acaso ‘gravedad’ sinónimo de ‘importancia’?

Matho había robado el Zaïmph de Salambó. Y con él, se había llevado su alma. La llevaba atada a su cintura para atraer a su amada hacia él, para enamorarla, para atraparla contra su pecho, para penetrar sus entrañas. Y una vez la hubiera poseído entre sus brazos, arrebatarle el corazón también. Matho anhelaba besar a su Salambó soñada, devorar una a una sus ganas, ahogarse en el mar de su sexo, saciar cada capricho de su piel… Y despertar con ella cada amanecer.

La ley de la gravitación universal newtoniana mantiene que la gravedad es la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas; que la fuerza que ejerce una partícula puntual con masa x sobre otra con masa y es directamente proporcional al producto de sus masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. Salambó se preguntaba si sería la gravitación universal aplicable al alma. A mayor distancia, menor fuerza de atracción; y a menor distancia, mayor es la llamada. El Zaïmph debía de estar cerca. Toda su piel sentía su atracción endemoniada.

Sin embargo, ¿y si Einstein tenía razón y la gravedad es el efecto geométrico de la materia sobre el espacio-tiempo? ¿Será entonces el alma únicamente interpretable en una dimensión espacio-temporal? ¿Será entonces el alma mortal y al mismo tiempo inmortal? ¿Por qué tendría el alma la geometría de una cinta de Moebius?

Salambó llevaba sangre de héroe en sus venas. No temía enfrentarse a la vida que el destino le había asignado. El deseo brotaba descarnado por cada poro de su clara piel. Su sexo ansiaba ser penetrado, saciado, hasta lo más profundo de su ser. Y en ese deseo desaforado, retó a Matho a entregarle su velo robado, infiltrándose en el campamento mercenario furtivamente al atardecer.

Einstein describió la interacción gravitatoria como una deformación de la geometría del espacio-tiempo por efecto de la masa de los cuerpos. Salambó y Matho adquirirían entonces un papel dinámico al fundir sus cuerpos en un espacio y un tiempo imaginados. La fuerza del deseo les atraía irresistiblemente. Pero el poder del velo mágico evitaba en sus mentes devenir un solo ser. Ansiaban fundir sus bocas deseosas, sus manos entrelazándose rabiosas, sus pechos ardiendo entre llamas, sus sexos machihembrándose en la batalla, como la luz del amor que de repente brota furiosa en la oscuridad de un corazón a punto de enloquecer.

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Messier 45

Somos polvo de estrellas, cree el hombre. Yo también quisiera serlo, pero no lo soy. Alcíone es uno de mis nombres. Soy una estrella azul múltiple, de considerables encantos. Dicen que el sol gira a mi alrededor. Aunque Newton discrepaba. Soy una y varias. Desde 1771 de la era del hombre, a toda mí Messier 45 llaman. A mí y a mis almas hermanas. Aún nos quedan 250 millones de años para convertirnos en nada. Yo hoy soy la más brillante de mi cúmulo de entre mis otras ocho almas: Atlas, Electra, Maya, Mérope, Taígeta, Pléyone, Celaeno y Tauri. Perseguidas por Orión, Zeus terminó por transformarnos primero en palomas y luego en estrellas. Aún tengo la vida por delante para seguir brillando en la noche del hombre. Para ser deseada y soñada como una divinidad de luz.

Paso mi tiempo desentrincando la calibración de las distancias en el universo. Ese deseo de conocimiento por construir una escala cósmica de distancias que me aleje de esta inmensa ausencia de alma y me acerque a la nada que te rodea a ti. Según mis mediciones, apenas 136,131 pársec nos separan. Distancia vana: apenas 444 años luz. En un abrir y cerrar de ojos, estoy a tu lado. Soy medidora del tiempo, del tiempo distante hasta ti.

Entre las leyendas que de mí cuentan, soy ninfa en el cortejo de Artemisa. O Krittika, que crió al dios Kartikeia. O ninfa del Jardín de las Hespérides. O Motz, 400 almas tomadas por Gucumatz el Gran Corazón del Cielo. O Kima. O la cola de serpiente de cascabel maya. O la Tianquiztli, danza del fuego nuevo azteca. O la Collca quechua. O la Matariki maorí, símbolo de inicio del año nuevo y origen de la humanidad. O diosa venerada por los egipcios como divinidad estelar superior. O las siete cabritillas según Cervantes. Hasta en mi nombre, se defendió la dignidad de la lengua francesa como lengua culta y bella.

Me ausento de tu cielo nocturno entre el 3 de mayo y el 9 de junio. Me ausento con puntualidad británica para recordarte que tus ganas ya no pueden resistir. Tus ganas de estar dentro de mí.

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Memoria del fuego

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Historia de un instante

El descubrimiento
Un día cualquiera, el deseo me invadió por dentro. Sin compasión, con saña, sin que la cordura de la moralidad ajena pudiera evitar que cayera en su deliciosa tela de araña.

El instinto
Una fuerza incontrolable procedente del milagro del universo despertó en mí el insisto de amar: el amar de los cuerpos. Un instinto ancestral que todos llevamos en nuestro interior, grabado a fuego.

El fuego
Ardieron en mí todos mis sistemas conscientes de control, en un desgarrador ardor de luz y pasión.

La luz
Desde la oscuridad protectora de mi caverna platónica de la razón, la luz cegadora del deseo encendió mis más terribles miedos.

El miedo
La luz del deseo me hizo temblar de incertidumbre y miedo. Porque nada tememos más que descubrir qué se esconde en el interior de nuestros avernos.

La pasión
Una lucha titánica me dio la razón pero la pasión me desarmó en un momento. El deseo tomó las riendas de mi cuerpo.

Las cuatro paredes
La fuerza sobrehumana del deseo nos atrapó a las dos en aquella habitación cerrada. Y rendidos en cuerpo y alma, nos entregamos a los embrujos del amor de los cuerpos y las ganas.

Los labios
Tus labios susurraron infinitamente mi nombre. Y su letanía despertó en mí una voracidad sexual desde hacía tiempo aletargada.

Los oídos
Las voces silenciosas del deseo ensordecían el clamor de aquella habitación vacía. Pero la dulce melodía que el deseo entretejía logró acallar el remordimiento de nuestras azarosas vidas.

La espalda
Al recorrer con tus dedos mi espalda, descubriste el mapa estelar desplegado entre mis hombros y el despertar de mis nalgas. Una carta esférica que nos llevaría en una bola de fuego, imparable a través de mares y cielos, hasta más allá de los confines del universo.

La cabellera
Mi melena negra enmarañada desplegó su espesor y formó un lecho de evasión y de fuego para que yaciéran a su abrigo nuestros cuerpos.

Los pechos
Mis pechos ardiendo se deshicieron en tus besos, como vulnerables dunas del desierto, como arena dorada barrida por el viento, como preámbulo del sueño de una caótica explosión.

Las manos
Mis manos sabias, ligeras, se enredaron entre tu cuerpo, desabrochando uno a uno cada botón de acero de tu ya desbocado deseo.

Las caderas
Tus manos pequeñas sucumbieron al embrujo de la marejada de mis caderas. Aferradas a mi cintura, me arrojaste enardecido sobre la calma endiablada de mi negra melena.

Los muslos
Mi canto de sirena te movía irremisiblemente a desvelar impaciente el secreto que alberga mi cuerpo entre las piernas.

Los sexos
Rendido al pie de mi montaña, tu mirada desataba en mi sexo un mar de ganas. Mis labios ardientes te llamaban. Tu boca se diluía en llamas y te entregabas al dulce vino de mi pasión enajenada.

Los gemidos
Ebrio de deseo, todo tu cuerpo se erigió ante mí como un gigante de fuego. Gemí de pánico y anhelo porque tu sexo erguido ardiera en mi sexo.

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Valse à mille temps

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Dicen que cuando nacemos, venimos al mundo con una cucharita de plata en la boca, en alusión al bienestar previsible de los hijos deseados. O quizás, como arquetipo de protección, al ser la plata un metal reactivo a ciertos venenos, como el arsénico, símbolo de las dificultades que depara la vida.

Yo, en cambio, lo que traje en realidad al llegar a este mundo fue un libro en blanco. Un libro cuyas páginas he ido escribiendo con mayor o menor consciencia, por voluntad propia o por imposición ajena. Páginas tupidas o casi vacías. Páginas de verdades. Páginas de mentiras. Páginas solo mías.

Desde hace algún tiempo, mi libro parece haber adquirido vida propia. Sigo escribiendo irremisiblemente en él cada día. Sin embargo, mi libro ya no me permite releer las páginas antiguas como antes a menudo hacía. A veces siquiera apenas logro recordar. Tampoco me permite escribir en él hasta no haber pasado página y tomar consciencia de que ya no volveré a releer esa página jamás. No me permite recordar de dónde vengo ni imaginar adónde voy. Me tiene atrapada en el hoy. Hoy es todo lo que soy.

Cada noche escribo al final del día. A veces la página no parece llenarse nunca y cada día es una misma línea. A veces las páginas corren a un ritmo vertiginoso, sucediéndose en un suspiro peligroso, como si mi libro se acercara a su fin. Mi libro solo habla de mí.

Aparece sin embargo en mi libro, de manera recurrente, un personaje insurgente, como un reflejo de mi propia mente. Un personaje que se parece a ti. No recuerdo haberle encontrado en las páginas de mi pasado, porque hace tiempo que no regreso allí. Pero al surgir junto a mí en estas líneas presentes, me resulta familiar: una presencia insistente, una explosión inminente, una tentación incoherente a la que estoy a punto de sucumbir. Mi libro también habla de ti.

Hoy mi página se escribe con un beso que no logro recordar. Tus labios entreabiertos me llaman en silencio. Me acerco, atraída por el poder de tu calma, por el sabor a ti. Mi corazón se desata y no logro resistirme a esta atracción febril.

Observo tu sexo erguido ante mi mirada. Tu sexo me llama. Reclama mis manos, mis dedos, mis besos. Tus labios esperan que mi cuerpo cabalgue sobre ti. Una danza descabellada que nos lleve a volar en el vacío, sin recuerdos ni esperanzas, en un ensueño del alma sin principio ni fin.

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Geométrica de los sentidos

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En geometría euclidiana, la distancia espacial más corta entre dos puntos es la línea recta. En la geometría de los sentidos, la distancia sexual más corta entre dos cuerpos es un recorrido laberíntico a lo largo de la intersección de dos instintos.

Al igual que la línea recta, la atracción sexual de dos cuerpos es un concepto apriorístico, ya que su definición parte de la descripción de las características de otros elementos símiles y extrínsecos. El roce de unos labios en la memoria. Una mirada intensa surgida de la nada. El movimiento instintivo de una mano indecisa atraída por el otro sexo, el mío.

Tal y como la paradoja de la dicotomía de Zenón constata la desaparición de la recta al dividirla en puntos, la atracción sexual se desbarata al intentar describir cada uno de esos procesos mentales que llevarán a la irremediable pérdida de control, sin aparente explicación ni sentido. El número de puntos recorridos y de tiempo invertido es infinito; pero su suma es finita. No cabe contradicción. Por tanto, así como la piedra llegará al árbol desde la mano de Zenón, dos cuerpos que se atraen sexualmente llegarán al vórtice del fuego de los sentidos y al orgasmo fatal que hará que tras la explosión final vuelvan a perderse en sus intrincados caminos, para volver a buscarse de nuevo eterna e irremediablemente, víctimas de su sino de continua atracción.

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El monte de Venus

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Soy Venus, mujer caprichosa. La Venus de Erice, diosa del deseo y la pasión voluptuosa. La Venus de Milo, objeto inocente de la discordia. La Venus Victrix, justa y victoriosa. La Venus Verticordia. La Venus Obsequens. La Venus del Espejo, en la que reflejas tu alma, tu gloria y tus miedos. La Venus Anadiómena, surgida del mar. La Venus Urania, diosa guerrera del Universo celestial. La Venus de Médici, guardiana del conocimiento y la verdad. La Venus Calipigia, la Lubentina, la Genetrix, la Félix, la Murcia… Todas ellas o ninguna en mí encontrarás.

Recuéstate a mi lado. Ven aquí. Quiero sentirte más cerca. Si me besas los labios, te enseño el secreto que guardo entre mis piernas. Dame tu mano. No dudes. Es demasiado tarde para echarse atrás. Ríndete en mis brazos. Es lo único que deseas ya. Sabes que me adueño de tu mente. Pues resulta demente luchar contracorriente. Soy ese mar insurgente que te arrastra a mi lado una y mil veces, irremediablemente, en una eterna vorágine de deseo sexual.

Abre despacio mis muslos. Conten el aliento un segundo. Deja que mi sexo y su canto de sirena te hagan volar a mi mundo. Permite a tu dedos curiosear en los valles de mi monte. Imagina lo que, al otro lado, mi mar esconde. Acaricia mis suaves laderas. Adentra tu imaginación en todas mis cuevas. Deja que los ojos te arrebaten las fuerzas y al deseo sucumban tus ya mediadas resistencias.

Besa en silencio mis labios. Uno a uno. Bésame despacio. No tengas prisa. Hazme sentir el fragor de tu brisa contenido en tu aliento entrecortado. Hazme vivir ese momento entre la pérdida de control y la risa. Bésame con tus labios para que tu barbita de tres días no me haga cosquillas.

Bebe del arroyo de mi pasión. Sumérgete en mi húmedo universo. Acaricia mis muslos, mis caderas, mis pechos. Mantén firmes tus besos para que todo mi cuerpo arda entre llamas de fuego a la espera de su explosión. Jueguetea con tu mano en mi sexo. Adentra tus dedos en mi interior. No dejes de besar los misterios de mi monte de Venus. No dejes de avivar el volcán del deseo que hierve de ardor al amor de tu lengua y tus besos. Lame mi lava ardiente. Saborea el néctar de la huida consciente.

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La novena inteligencia

El Diccionario de la Real Academia Española define la inteligencia como la «capacidad para entender o comprender» y la «capacidad para resolver problemas». La inteligencia también está ligada a otras funciones mentales, como son la percepción y la memoria.

Howard Gardner, neuro-psicólogo, pedagogo e investigador en la universidad de Harvard, propone en 1983 la teoría de las inteligencias múltiples. Esta teoría establece que la inteligencia no es algo unitario, sino un conjunto de inteligencias múltiples, distintas y semi-independientes.

Según esta teoría, existirían 8 tipos distintos de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal-cinestésica, naturalista, intrapersonal e interpersonal.

Sin embargo, yo inventaría una novena inteligencia que sirviera de vínculo para todas ellas y recogiera el carácter más humano de una sociedad universal: la capacidad de amar.

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Placebo

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Aléjate de mí. Llévate lejos los miedos. Aleja tus manos de mí. Aleja tu sexo, tu boca, tu cuerpo. Aléjate al fin, para que vuelvas a mí y te sueñe despierta en mis sueños. Aleja de mí tu presencia, para que la intensidad de la ausencia no me haga sufrir. Ven aquí. Te hipnotizaré con un beso y soñarás con volver a vivir la pasión junto a mí.

Shhh… Quítate la ropa. Deja que vea tu cuerpo desnudo. Deja que acaricie tu cuello con mi aliento húmedo, que mis labios apenas te rocen, que la inmensidad de tus manos me arrebate las ganas de sumergirme en ti. Shhh… Acércate a mí.

Estás aquí. Siento tu respiración acelerada. Siento mi boca entreabierta devorada en tu mirada. Siento tus manos ardiendo por escabullirse bajo mi falda. Siento tu sexo rígido anhelando un leve roce de mi piel. Siento que estás a punto de enloquecer. Pero no te puedes mover. Porque éste es mi sueño. Y voy a hacerte aullar de placer. Voy a hacer que el deseo te devore por dentro. Estás atrapado en mis juegos. Ríndete ahora, antes del amanecer.

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La vida es un milagro

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Habida cuenta de que pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo, no resultaría desdeñable prestarle profusa atención a lo que sucede en nuestros sueños. Un diario de sueños podría llegar a ser una novela inmensamente más intensa que la historia de nuestro día a día. El tiempo corre distinto en los sueños. Un tiempo nada despreciable para esta nuestra breve vida.

Mis sueños siguen un patrón recurrente particular: paisajes fascinantes vistos desde perspectivas impensables; nadar en mil formas de agua, brava o calma; la lucha eterna contra el hombre oscuro, que alerta pero no ataca; trenes que vienen y van; amantes apasionados, que me hacen sentir hasta en lugares jamás imaginados; amigos o conocidos, que cambian de rostro e identidad sin sentido; o poder hablar con fluidez mil idiomas inexistentes a la vez.

A veces soy consciente, mientras duermo inconsciente, de que estoy soñando y de que la vida es un sueño demente e insensato. Despierta o dormida, la vida suena a dulce melodía, a gran mentira: ¡que se abra el telón! La vida no es un milagro, sino dos.

Te llevo en mis sueños a lugares que jamás has soñado, volando sin prisa, acostados sobre mi cama, apretados. En tu rostro una sonrisa. Y el deseo de poseerte bajo las mantas, entre risas. El vuelo me incita a rebuscar en mi mente el recuerdo consciente de nuestros cuerpos fundiéndose. El ardor, la pasión, el deseo, las ganas. Sueño con sentirte entre mis piernas, dormida en mi cama.

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Boudica y el nudo gordiano

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El tiempo es una magnitud física de medición de acontecimientos en cuanto a su duración o separación, desde el punto de vista de un observador: yo. Yo establezco mi tiempo con los sentidos o con el corazón. El tiempo me permite establecer un orden de sucesos: un pasado y un futuro, porque para mí, observador, siempre es hoy. Según la mecánica relativista, el presente es siempre relativo al observador, con una única excepción…, el deseo entre tú y yo.

Mi nombre es Boudica. Soy reina guerrera de las tribus icenas, en lucha perpetua contra el invasor. Mi memoria es eterna, sin futuro ni pasado. Soy inmortal, pero solo existo a tu lado. Viva y muerta sobrevivo y sobremuero con un solo deseo: desatar el imposible nudo gordiano que se enreda entre tu sexo, tu razón, tu alma, tus dedos. Solo si lo desato te tendré, serás libre, te amaré. Si lo parto con mi espada en dos, te destruiré y el amor se me escapará como arena entre las manos. Tu amor es un nudo gordiano.

Hoy recuerdo tu cuerpo atrapado entre mis piernas. Aún siento dentro tu orgasmo. El pasado no regresa, es un tiempo interpretado. Hoy no existe el pasado. Siempre es hoy.

Te sueño dentro, muy cerca. Mis dedos invocan tu falo. Un grito futuro de éxtasis recreado. El mañana nunca llega, es un tiempo imaginario. Hoy mañana no ha llegado. Siempre es hoy.

Tus manos en mis caderas. Tu sexo atrapado en mis manos. Mis caderas desafiando tus fuerzas. El futuro y el pasado. Siempre hoy. Hoy tu amor es mi nudo gordiano.

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País de piedra, frontera de cristal

Galatea de las esferas - Dalí

«País de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aquí, tú misma te convertirás en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacúdete la piedra.»

Nuestro mundo era una gran caverna. Un enorme espacio abierto lleno de piedra; con techos de cristal, suelos de cristal, fronteras de cristal. Cristal piedra. Era un país de sombras proyectadas por un sol luminoso que nos era ajeno: un mito, una leyenda. Pero yo sabía que la luz esperaba más allá. Y me sentía prisionera. Me asfixiaba. Deseaba escapar.

En nuestro mundo de piedra, la vida era solo una vida ilusoria. Una vida rodeada de piedra: ciudad de piedra, costumbres de piedra, gentes de piedra, sueños de piedra. Todo aquel que dejaba de ver la piedra se volvía él mismo de piedra. Necesitaba cruzar la frontera. Escapar de mi vida de piedra. Cruzar la frontera de cristal.

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La única certeza

Mar

El hombre ha tenido una única certeza absoluta a lo largo de la historia de la humanidad: «lo único que sabemos con certeza en esta vida es que moriremos algún día».

Esta certeza aún sigue vigente en nuestra sociedad. Sin embargo, el hecho de ser conscientes de cuándo se producirá la propia muerte hace que, hoy por hoy, enfoquemos la vida de otra manera. En nuestra época actual, 4 siglos después de que Charles Darwin diera nombre a nuestra ciudad, tanto vida como muerte están tecnológicamente programadas y controladas por los servicios públicos. Y estos datos son, además, de libre acceso a voluntad del interesado.

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Aritmética emocional

Del amor, el sexo y otros demonios
Según el Teorema de incompletitud de Gödel, un sistema completo, donde toda proposición puede ser demostrada o refutada dentro de él, es inconsistente. Y un sistema consistente, exento de paradojas y contradicciones, es incompleto. Todo sistema lógico de cualquier complejidad es, por definición, incompleto.

Es acaso el amor inconsistente, cuando me invaden furiosamente las ganas de tenerte, de atraparte entre mis piernas con una pasión ilógica, demente. Es acaso el amor consistente, cuando tu imagen me nubla la mente, cuando el deseo irresistible de poseerte absorbe como un agujero negro ardiente todo rayo de luz y razón inteligente.

Un axioma es una verdad que no necesita demostración. Y una paradoja es una proposición incoherente, porque se contradice a sí misma vehementemente. No es acaso el amor axioma incoherente, pues te deseo sensata y paradójicamente, luchando contra el anhelo de alejarte y de tenerte, incomprensiblemente, sin lugar a duda ni explicación. No es acaso el amor un sistema coherente, demostrable y refutable constantemente, con la implícita lógica laberíntica de su sinrazón.

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En las profundidades de mi propio yo

Jason Shawn Alexander

Me dejo flotar, sumergida en la oscuridad densa de mi propio yo. No necesito luz para ver lo que ocurre en mi interior. Solo veo agua clara, un mar en llamas. Nado sin buscar la orilla. Mi propio líquido amniótico me acaricia, me da calor.

Cierro los ojos para ver mejor. Observo mis brazos tararear una danza sencilla, creando formas tenues de luz amarilla. Me inunda la calma. No tengo prisa. Suena en el agua una canción.

Mis muslos se abren al ritmo leve del latido de mi corazón. Me lleno de agua, de esperanza, de vida. Pierdo la respiración. Mi cuerpo ya no la necesita. Nado entre risas. Todo sucede despacio en los mares profundos de mi propio yo.

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La relativa teoría de la relatividad

En pareja - Liliana Lucki

Todo es relativo. El espacio y el tiempo se manifiestan de forma diversa entre nosotros, observadores distantes, que se mueven a velocidades relativas constantes. Todo es relativo. La causa de la fuerza de gravedad es la atracción existente entre dos cuerpos latentes, el tuyo y el mío. Todo es relativo. Solo existe el movimiento relativo entre dos cuerpos definidos: el reposo de tu cuerpo es relativo al movimiento del mío. Todo es relativo. El movimiento está íntimamente relacionado con el tiempo: tu tiempo no es el mío.

Entre la multitud de gente que se mueve sigilosa y frenéticamente, el tiempo corre distinto. El desplazamiento es el mismo, pero cada individuo percibe su recorrido como un eterno destino, como un parpadeo efímero, o como el transcurrir de la vida que pasa tranquila para no regresar al principio. Mi tiempo es mío. Recorro tu cuello con mis labios, imaginando despacio el transcurrir de un remoto pasado. Camino de mi destino, camino sin sentir los minutos que van pasando. Siento tu presencia a mi lado. Domino mi tiempo en un sueño despierto. Me adueño del tiempo en mi sueño: tu tiempo es el mío.

La atracción existente entre mi cuerpo y el tuyo es patente, en mi universo o en el tuyo. Resulta demente imaginar ligeramente que dejes de desearme un instante, un momento, un segundo. Que mi aliento en tus labios no te provoque el impulso de perderte en mis caderas, mi cintura, mis muslos. Que rendirte entre mis piernas no suponga la más dulce derrota, una quimera, un triunfo. Resulta evidente que la distancia exaspera, porque es ir contracorriente, porque la atracción que nos acerca da paso a una explosión, a una fuga, a un tumulto. Un estallido que nos aleja hasta perdernos en un infinito distante; a pesar mío, a pesar tuyo.

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Esta noche te rindes a mí

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Esta noche te rindes a mí. Eres mío. Finalmente te tengo. Esta noche eres solo para mí. Eres presa de mis juegos. Siento tu cuerpo excitado, dispuesto, rendido, entregado; atrapado en mis ojos, tan cerca de mí. Esta noche eres mío, amor mío. Te haré el amor hasta hacerte perder el sentido, hasta hacerte estremecer. Ven…

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La teoría del caos

Butterfly constellation

A partir de unas condiciones iniciales específicas en un determinado sistema caótico, la mínima variación de las mismas puede provocar la evolución del sistema en formas diametralmente opuestas o distintas, implicando grandes diferencias en el comportamiento futuro e imposibilitando la predicción a largo plazo. Una leve perturbación puede generar un efecto mayor o menor, mediante un proceso de amplificación. El efecto mariposa y la teoría del caos.

En el año 2013, Bella Abyss, joven científica activista, recibía el Premio Nobel de las Ciencias por el descubrimiento del acceso humano a dimensiones paralelas. La fantasía del viaje interdimensional se había hecho realidad. Su nombre hacía honor a su inteligencia. La comunidad científica provocó un giro de 180º en la concepción del mundo tal y como existía en aquella época. Las dotes de negociación de Bella y su capacidad de organización, gracias sin duda al as en la manga que suponía su descubrimiento, encaminaron el mundo hacia la soñada utopía de un mundo mejor, gobernado por mujeres.

El acceso a universos paralelos posibilitó la creación de otro mundo en el que, con un margen de una década, se enmendaban los errores cometidos por el hombre y se reproducían sistemáticamente todos sus avances y mejoras. En contra de la teoría del caos, los gobiernos del mundo, representados todos ellos por mujeres con una fuerte formación científica, recrearon y controlaron en un mundo paralelo todas las pequeñas variaciones en dichas condiciones iniciales que podían implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, posibilitando así la predicción a largo plazo.

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Los renglones retorcidos de Dios

17 de febrero de 1999
Mi médico, el Dr. Luca de Mena, me ha aconsejado que escriba un diario. Dice que será conveniente para mi recuperación. En realidad, aprovecharé esta bitácora para recabar datos detallados de mi investigación. Trabajo para el Ministerio de Inmigración y he sido ingresada, siguiendo todos los protocolos burocráticos y en misión de incógnito, en el Sanatorio de Enfermos Mentales Luces del Alba, para resolver una trama de trata de inmigrantes ilegales. Tanto el director del centro como varios auxiliares me servirán de enlace para la transmisión de informaciones clave a mis superiores. Dejo constancia de estos datos en este diario para el informe oficial.

19 de febrero de 1999
Hoy he sufrido un percance con otro enfermo en el corredor principal. Se abalanzó sobre mí de improviso gritándome que escapara, que aquí éramos todos carne de cañón. Instintivamente, asustada, le golpeé en defensa propia y varios enfermeros me redujeron y me abatieron sobre el suelo. Ya no recuerdo nada más. Ahora estoy encerrada entre cuatro paredes blancas y siento que el cerebro me estalla.

23 de febrero de 1979
He decidido participar yo también en este proyecto de diario de campaña con el resto de mis compañeros de curso.

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La metamorfosis

Llevo una vida rutinaria. Mi trabajo de 9 a 5 cubre prácticamente mi jornada diaria y constituye básicamente mi principal relación con el mundo exterior. Soy entomóloga forense. Adoro mi profesión. Trato con bichos y con muertos. No sé cual de las dos especies me gusta más. Nunca se me ha dado bien tratar con la gente. Con la viva, quiero decir. Tengo la sensación de que, hoy por hoy en esta sociedad, el que no es deficiente mental resulta tan prepotente como para creer estar por encima del bien y el mal. No, no me gusta la gente. No la comprendo. No la puedo soportar.
Tengo, sin embargo, una debilidad social: el sexo. El sexo con gente. Ojalá encontrara placer haciéndomelo con bichos o con muertos, que son más fáciles de tratar. O siquiera, ojalá me gustaran las mujeres, que son infinitamente más interesantes e inteligentes. Pero, no. Es una condena y soy consciente: solo deseo al sexo opuesto. Y además el caso es que me muero por follar. Necesito sentir muy dentro, el calor de una piel sobre mi cuerpo, un peso, un aliento. Unas manos que hurguen mi boca, mis labios, el interior de mi sexo.

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Memento

Tengo un único objetivo en la vida: encontrar a mi amor. Y un único obstáculo para la consecución de mi objetivo: sufro el síndrome de Korsakoff, una pérdida de la memoria episódica de las experiencias vividas, un síndrome de amnesia confabulatoria.
A mi favor, cuento con una inteligencia superdotada que me permite maquinar, organizar y estructurar mi búsqueda con mil ingeniosas estratagemas, sistemas de archivo y planificación, técnicas estratégicas, y deducciones lógicas y psicológicas. Yo solo deseo encontrar a mi amor.

Mi memoria tiene una capacidad funcional límite de 24 horas y mi «objetivo» es el único recuerdo que conserva mi memoria a largo plazo. Mi vida tiene la duración de un día. Cada paso es mi destino. Cada batalla es la victoria o la derrota. Mi vida dura solo 24 horas.

Buscaba a mi amor en cada cama. Sabía que solo al hacer el amor descubriría si mi búsqueda había concluido o no. No podía recordar el rostro de mi amado, solo la sensación de tenerlo bajo mi cuerpo entre mis brazos, de devorar su boca hasta la garganta, de sentir su sexo penetrarme con rabia, de que me follara hasta la extenuación.

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La forma del agua

Jellyfish

¿Cuál es la forma del agua? Imagino que el agua no tiene forma, sino que adopta la forma de aquello que la contiene. O imagino, quizás, que el agua tiene todas las formas posibles; incluso aquellas que sea incapaz de imaginar.

La teoría filosófica de la sustancia aristotélica establece que todo cuerpo está constituido por dos principios esenciales: la materia y la forma. Si la forma representa la esencia de la sustancia, lo que existe en ella de universal, la materia representará lo que se halla en ella de distinto, de particular. No existe una sin la otra, en un mundo material. Pero en otros mundos, quizás exista cabida para algo más…

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Un personaje en busca de autor

Harmony

Soy un personaje en busca de autor. Aún no existo, porque nadie me ha imaginado todavía. No tengo nombre, ni rasgos, ni personalidad, ni contexto, ni tampoco tengo vida. Deseo existir, pero solo no puedo. Deseo nacer en la fantasía prolífica de un autor de cuentos, de cuentos de amor y sexo desearía. Deseo llenar páginas de historias fantásticas y surrealistas; o protagonizar encuentros de ensueño en lugares ficticios, fruto de alguna bella paranoia o letanía.

Puesto que no tengo autor, aún no sé cómo será mi vida. Y puesto que no existo, no puedo imaginar, no disfruto del don de la fantasía. No sé si seré hombre o mujer; o ser inanimado; tiempo o espacio; calma o tempestad; personaje ficticio o real; cuerdo o loco; traidor o leal. Como no existo, solo puedo observar en mi inexistencia qué es lo que ocurre en la cotidianidad de cualquier otro ser real.

Seré quizás el fogoso amante, embelesado por la isla, que se dejaba hipnotizar por la mujer ardiente en sus juegos eróticos en Sicilia. Aquel que se sentía poseer, su cuerpo prisionero bajo la feminidad a horcajadas; sumiso al placer del vaivén de las caderas tempestuosas de su cicerone amada.

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