Océano mar

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Apostado en la arena, podría imaginar que el mar es infinito. Aunque es solo inmensidad. Ahí radica su futilidad.

Futilidad en su finitud invisible e inalcanzable. Tu mirada. Futilidad en el principio y el fin del movimiento perpetuo de sus olas. Tus caderas. Futilidad en el silencio inconstante de su profundidad letal. Tu voz. Océano mar. Eternidad mortal. Tu sexo. Tus manos. Tus piernas. Pequeña inmensidad.

Apostado en la arena, podría imaginar que soy océano mar. Y tú, pluma en la brisa e irrealidad real.

Acaricio la piel blanca de tus pechos de arena. Mientras la espuma de tus manos juguetea entre mis piernas. Mi sexo rígido te hace cabalgar sobre las olas embravecidas de tus caderas. Océano mar. Cierro los ojos y tu sabor a sal me embriaga las venas hasta llegarme a intoxicar. Mi cuerpo deja de respirar. Tu sexo a horcajadas me devora sobre la bajamar.

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El beso

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Cierro los ojos y te traigo hasta mí. Tu presencia me inunda las venas. Sé que no estás aquí. Sé que no te conozco, que no existes siquiera. Y aun así, te puedo sentir. Puedo sentir cómo tu olor me emborracha, me eriza, me quema. Absurdo, pero es así.

Son las 12:22. No sé muy bien si es el sol el que abrasa o la luz de la luna llena. El tiempo, gran redentor, no tiene cabida cuando los sentidos se afanan por diluir la soledad de la faz la Tierra. Solos, tú y yo, en presencia de una pasión que se enciende y se apaga, solo de sí misma dueña. La nada en derredor, como un círculo mágico protector de xanas y meigas.

Puedo sentir tu calor. Siento tu sexo enarbolando una tensión intensa. La tensión del deseo entre los dos. Todo mi cuerpo a punto de ebullición. Un estallido inminente de ira y de pasión contenida en una brizna de polvo de estrella. Solo diez centímetros de oxígeno entre tú y yo. Oxígeno suficiente para que una chispa se transforme en explosión candente de fuego y marea.

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Placebo

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Aléjate de mí. Llévate lejos los miedos. Aleja tus manos de mí. Aleja tu sexo, tu boca, tu cuerpo. Aléjate al fin, para que vuelvas a mí y te sueñe despierta en mis sueños. Aleja de mí tu presencia, para que la intensidad de la ausencia no me haga sufrir. Ven aquí. Te hipnotizaré con un beso y soñarás con volver a vivir la pasión junto a mí.

Shhh… Quítate la ropa. Deja que vea tu cuerpo desnudo. Deja que acaricie tu cuello con mi aliento húmedo, que mis labios apenas te rocen, que la inmensidad de tus manos me arrebate las ganas de sumergirme en ti. Shhh… Acércate a mí.

Estás aquí. Siento tu respiración acelerada. Siento mi boca entreabierta devorada en tu mirada. Siento tus manos ardiendo por escabullirse bajo mi falda. Siento tu sexo rígido anhelando un leve roce de mi piel. Siento que estás a punto de enloquecer. Pero no te puedes mover. Porque éste es mi sueño. Y voy a hacerte aullar de placer. Voy a hacer que el deseo te devore por dentro. Estás atrapado en mis juegos. Ríndete ahora, antes del amanecer.

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El diccionario de los dioses

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N. del A.: El presente diccionario se remite a hechos que ocurrieron en el futuro. Por lo tanto, puede leerse comenzando por el principio, o futuro, y acabando por el final, o presente. O viceversa. Incluso, como los hechos aún nunca ocurrieron, pueden leerse los términos aleatoriamente.

El reino de los dioses
Existió en un futuro muy lejano un reino gobernado por los dioses. Éstos sufrían recelosos la búsqueda insaciable del conocimiento, el placer de los sentidos, el amor, el deseo, y la feliz mortalidad, solo propios del hombre.

El engendro hombre-mujer
Una noche cualquiera, decidieron los dioses unánimes aniquilar a todos los mortales, dejando sobre la faz de la tierra a un único ser sobre el cual revivir eternamente sus necias envidias: un engendro medio hombre, medio mujer, que se amaba a sí mismo y buscaría insaciable su propia verdad hasta la hora de su muerte.

El hombre y la mujer
Sin embargo, la envidia de los dioses desgarró un día con ira el engendro, separando de cuajo al hombre de la mujer. A partir de su separación, el hombre y la mujer vivieron condenados a buscarse, mientras los dioses jugaban a evitar que se reencontraran y volvieran a poseer un único corazón.

Septrión
La mujer, Mariadna, ciega, fue enviada por los dioses a Septrión, la tierra donde el sol no calienta y la soledad quema.

Meridión
El hombre, Oblivio, sordo, fue arrojado por los dioses a Meridión, la tierra donde el sol abrasa y la soledad hiela.

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La vida es un milagro

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Habida cuenta de que pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo, no resultaría desdeñable prestarle profusa atención a lo que sucede en nuestros sueños. Un diario de sueños podría llegar a ser una novela inmensamente más intensa que la historia de nuestro día a día. El tiempo corre distinto en los sueños. Un tiempo nada despreciable para esta nuestra breve vida.

Mis sueños siguen un patrón recurrente particular: paisajes fascinantes vistos desde perspectivas impensables; nadar en mil formas de agua, brava o calma; la lucha eterna contra el hombre oscuro, que alerta pero no ataca; trenes que vienen y van; amantes apasionados, que me hacen sentir hasta en lugares jamás imaginados; amigos o conocidos, que cambian de rostro e identidad sin sentido; o poder hablar con fluidez mil idiomas inexistentes a la vez.

A veces soy consciente, mientras duermo inconsciente, de que estoy soñando y de que la vida es un sueño demente e insensato. Despierta o dormida, la vida suena a dulce melodía, a gran mentira: ¡que se abra el telón! La vida no es un milagro, sino dos.

Te llevo en mis sueños a lugares que jamás has soñado, volando sin prisa, acostados sobre mi cama, apretados. En tu rostro una sonrisa. Y el deseo de poseerte bajo las mantas, entre risas. El vuelo me incita a rebuscar en mi mente el recuerdo consciente de nuestros cuerpos fundiéndose. El ardor, la pasión, el deseo, las ganas. Sueño con sentirte entre mis piernas, dormida en mi cama.

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Dejar de desearme

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Cómo quieres dejar de desearme, cuando yo aún me muero por besarte. Dejar de soñar mis labios excitados, mis besos húmedos, mis ojos, mis manos.

Cómo pretendes dejar de amarme, cuando yo aún me muero por follarte. Dejar de desear mi sexo mojado, mi cuerpo tuyo, mis pechos, mis labios.

Cómo quieres olvidarme, cuando un día creíste amarme. Dejar de desearme, cuando aún me deseas tanto que ya no estás a salvo en este mundo imaginario. Dejar de desearme, cuando soy solo tu fantasía, un cuento, una canción. No permitas que me convierta en tiranía, en monstruo, en obsesión. Libera tu imaginación. Desea solo follarme, en tus sueños, de noche o de día, despacio o deprisa. Desea solo eso, mi amor.

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Ven, baila conmigo

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La música es una energía pura, limpia y renovable, de efecto terapéutico y regenerante. La música enardece el deseo y alimenta la piel; cambia el color de la vida con un simple chasquido; hace que los sueños cobren sentido y que, por arte de magia, cada día vuelva a amanecer.

Soy incapaz de comprender la luz y el color de este mundo de cuento. Invidente de nacimiento. Solo el color del viento puedo ver. Esta diferencia innata ha desarrollado extraordinariamente mi oído, hasta permitirme percibir una gama casi infinita de sonidos. Igualmente, cada poro de mi piel es capaz de distinguir el calor, la vibración y la proximidad de cualquier ser, con una sensibilidad casi mágica, que a menudo me hace enloquecer.

Solo cuando bailas conmigo puedo leer el deseo en tu mente; puedo sentir la pasión demente que tu cuerpo siente cuando mis labios susurran tu nombre; puedo notar entre tus piernas tu rigidez de hombre que se erige torpe para pentrar mis cielos de mujer. Ven, baila conmigo para que así te pueda ver.

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Acróstico

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Cuéntame una historia divertida
Un cuento de amor y sexo
Enciende el deseo sin prisas
No temas sucumbir a mis sueños
Teje tu red sobre mi piel encendida
Olvídalo todo un momento
Susúrrame todas tus fantasías

Deséame con los ojos abiertos
Embiste el deseo con ira

Aleja despacio mis miedos
Mézclate en el placer de mis risas
Ocupa con tu sexo este vacío que tengo
Ríndete a mis dulces mentiras

Yazcamos perdidos en nuestro universo

Siente el calor de mi boca tibia
Explora el ardor de mis besos
Xilofonías tarareando tu melodía
Oxigenando de vida los cuerpos

En Gallipoli nunca es invierno

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Este domingo me ocurrió un extraño suceso. Fui temprano de mañana a trabajar para finalizar un proyecto. Patéticamente pensé: finem qui quaeris amoris, res age, tutus eris, que me habría susurrado Ovidio. Soy historiadora en el Museo de los Caídos en la Bahía de Anzac en Gallipoli, en el mágico emplazamiento que da nombre a la localidad. El edificio es enorme: un bellísimo y verdadero mausoleo, por fuera y por dentro. Construido años después del desembarco, conserva restos personales de las tropas aliadas y la memoria histórica del acontecimiento. De noche, las almas de los soldados deambulan por los pasillos, con la mera intención de acurrucarse tranquilas en el recuerdo de quienes un día fueron.

Apenas empezaba a amanecer cuando llegué de madrugada. El guardia de seguridad me saludó indiferente al entrar, dormitando con un solo ojo abierto. Tuve una extraña sensación de calma y seguridad al llegar a mi mausoleo desierto aquella mañana.

Hacía frío y me preparé un café. Mientras releía mi borrador con la mente dispersa, mordisqueando una de mis galletas anzac, pensaba que por mucho que me esfuerce al hornearlas, siempre me quedan demasiado duras al enfriar. Pensaba a la vez, al sorber mi café, que lo único que reanima el alma es un ser humano a nuestro lado que irradie calor y nos despierte el deseo. Yo siempre tengo tanto frío al despertar… Y como a mis galletas, el alma se me endurece en soledad, cuando aún no ha salido el sol y el frío se me lleva los sueños: los sueños del calor del amor que irradia un cuerpo. El frío no es más que soledad.

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Boudica y el nudo gordiano

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El tiempo es una magnitud física de medición de acontecimientos en cuanto a su duración o separación, desde el punto de vista de un observador: yo. Yo establezco mi tiempo con los sentidos o con el corazón. El tiempo me permite establecer un orden de sucesos: un pasado y un futuro, porque para mí, observador, siempre es hoy. Según la mecánica relativista, el presente es siempre relativo al observador, con una única excepción…, el deseo entre tú y yo.

Mi nombre es Boudica. Soy reina guerrera de las tribus icenas, en lucha perpetua contra el invasor. Mi memoria es eterna, sin futuro ni pasado. Soy inmortal, pero solo existo a tu lado. Viva y muerta sobrevivo y sobremuero con un solo deseo: desatar el imposible nudo gordiano que se enreda entre tu sexo, tu razón, tu alma, tus dedos. Solo si lo desato te tendré, serás libre, te amaré. Si lo parto con mi espada en dos, te destruiré y el amor se me escapará como arena entre las manos. Tu amor es un nudo gordiano.

Hoy recuerdo tu cuerpo atrapado entre mis piernas. Aún siento dentro tu orgasmo. El pasado no regresa, es un tiempo interpretado. Hoy no existe el pasado. Siempre es hoy.

Te sueño dentro, muy cerca. Mis dedos invocan tu falo. Un grito futuro de éxtasis recreado. El mañana nunca llega, es un tiempo imaginario. Hoy mañana no ha llegado. Siempre es hoy.

Tus manos en mis caderas. Tu sexo atrapado en mis manos. Mis caderas desafiando tus fuerzas. El futuro y el pasado. Siempre hoy. Hoy tu amor es mi nudo gordiano.

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La Torre de Babel

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Todos podemos ser multilingües. El multilingüismo es una capacidad intrínseca al ser humano. No innata sino adquirida. El aprendizaje de los idiomas desarrolla el lóbulo frontal del cerebro, en el área de Broca, permitiendo la adquisición de habilidades que van más allá de la mera comunicación oral o escrita, como son el entendimiento del lenguaje corporal, del simbolismo o incluso del pensamiento. El multilingüismo en el hombre se convierte en un acto reflejo, casi inconsciente. Es decir, se deja de saber en qué idioma se está viviendo hasta que, en un determinado momento, un hecho externo nos saca de nosotros mismos para hacernos tomar conciencia de en qué idioma estábamos sintiendo. El multilingüismo está vinculado a cada una de las múltiples almas que, a lo largo de su vida, desarrolla el hombre en su interior.

Aquella noche, mi amante y yo hablábamos saxón. Con él todo sucedía a toda prisa, en un espacio reducido y a media luz. Las palabras escaseaban para dar paso a los jadeos del alma que el ardor de nuestros cuerpos provocaba. Los besos se entremezclaban con el penetrar brusco de su sexo, en una vorágine de deseo inasible y sentimientos: lenguas de fuego ardiente luchando por devorarnos mutuamente. Su cuerpo se fundía en mi cuerpo, volviéndolos indistinguibles a la escasa luz de aquella habitación. Me corría una y otra vez. Todo ocurría deprisa. Y tan rápido como empezó nuestra breve historia de amor, asi acabó.

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La vida es un palíndromo

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Creía Sandro Veronesi, inmerso en un estado de caos calmo, que la vida no es un palíndromo, porque nada en ella retorna. Pero el mito del eterno retorno alude al hecho de que una vida que no retorna, haya sido bella u horrorosa, carece de peso, es como una sombra. Quizás la vida sea un palíndromo. O quizás no. A fin de cuentas, en esta vida se es o no se es. Todo puede ser o no ser. O quizás, todo lo contrario.

No recuerdo cómo nos conocimos. Ni tampoco cómo nos separamos. Recuerdo la soledad. Entonces llegaste a mí, nos amamos, y desapareciste como habías llegado, dejando de nuevo sitio a mi soledad. Luego todo volvió a empezar. El amor ha de ser palíndromo para poder ser reconocido.

Quedamos para tomar un café. Te fui a buscar en mi coche y nos fuimos por ahí a darnos besos…

A solas en el coche, me besaste en la cara, en la nuca, en el cuello. Y me susurraste al oído que me deseabas, que cada día te masturbabas pensando en mí, aun desde antes de llegar a conocerme. Me susurraste que me lo ibas a hacer tan despacio que el placer me haría enloquecer.

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Merci, M. Tiersen !

It was a blind date. We met on the Internet. I used to blog short stories of love and sex. You used to read me in your room, quiet in the dark, late at night. Your desire was lit with every word you read in my mind: sultriness, tenderness, lust, passion and fire.

Although we never got to meet, we lived hundreds of love affairs, passionate sex and day dreams. Dreams of sultry tales, romance, tragedy and despair. Bitter and sweet. Love and pain. We travelled together through my fantasy. Dream lovers. Blind sex. Deep emotions. Unreal and intense. Is not this love as well?

One day, you booked me a ticket for a concert of Yann Tiersen and sent it to me by email. I named you then the hero of all of my tales. I printed out my ticket and got dressed. I knew I could recognised you anywhere. So I turned up that evening at the venue with my desire on fire and my fantasy as a dress.

Front stalls. Row J. Seat no. 9. You were not there. I waited and waited and almost despaired. But the show started on. Yann Tiersen turned up. The lights went off. His voice filled up the air and I let myself be seduced by his rebel look, young and aged, unaffected, magic genius, insane and sane, and his strong ‘accent français’. I gave in to him and let my soul be caressed.

Out of the blue, your presence made it through. You took you seat. Your body scented my space. My desire suddenly rised higher. I stroked your skin with my fingertips. No need to look you in the eye, since my mind figured you out clearly in the dark. I knew you so well. We had been together in thousands of dreams. I raised your chin and we kissed.

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Enlighten my soul

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Era mi última exposición. Había decidido retirarme y encamimar mi vida por otros derroteros, hacia el mecenazgo de jóvenes artistas. Escogí para la ocasión una coqueta galería londinense, recogida entre los recoletos muelles de Santa Caterina.

El proyecto consistía en una obra de ingeniería lumínica: ‘Enlighten my soul’. Un recorrido de apenas 60 pies simbolizaba el camino de la vida. Al inicio del mismo, el visitante se sometía a un complejo mecanismo de sensores eléctricos y cañones de luz que proyectaban sombras de colores sobre una pantalla gigante al fondo del recorrido. Los sensores detectaban las formas del cuerpo y el calor generado por el estado anímico del visitante. Pero también abundaban en sus pasiones, sus miedos, sus expectativas…, detectaban su alma. Leían secretamente, cual polígrafo agazapado, la mente y el corazón del visitante. Todo ello, tenía como objeto proyectar en la sábana blanca el color del alma de cada individuo, su película vital. Ésta, en continuo movimiento, cambiaba de forma, color e intensidad a medida que el visitante se desplazaba por los 60 pies que recreaban el transcurso de su vida.

Te vi llegar. Algo en tu aura me hizo detenerme a observar de qué color sería tu alma. Parecías divertido al leer las explicaciones al inicio del recorrido y no dudaste un instante en someterte a mi mágico experimento lumínico. Supe en ese momento que serías mío.

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El amor, la necedad, el deseo y la ironía

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6 de diciembre

Mi querida Carlota:

Siento tantas cosas… Y mi pasión por ti lo devora todo. Tantas cosas… Y sin ti, todo se reduce a nada. La nada, el todo. Muero por ti. Cuando leas estas líneas, ya habré dejado de huir al fin. Prefiero la muerte a soñar esos besos que jamás serán míos, pues pertenecen a otro. Prefiero la muerte a anhelar ese sexo que jamás albergará el mío, sino otro. Prefiero la muerte a recrear esos pechos que no saciarán sino las manos de otro, tu Alberto, tu esposo. Me despido, amor mío. Te beso antes de morir.

Por siempre tuyo, Werther.

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6 de diciembre

Mi estimado Werther:

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Lady Godiva

Lady Godiva - John Collier

Éramos la generación perdida. Presa del miedo y de la codicia. Esclavos de nuestro tiempo. Sometidos a un único pensamiento. Anhelantes de la materia, de lo efímero, de lo etéreo. Piezas inútiles de un juego perverso. Súbditos de la ambición. Carentes de mitos, más que los de la supremacía del poder y del terror. Ayer como hoy. Hoy como cualquier otro tiempo.

Reinaba en mis sueños Lady Godiva. Una mujer que se rebeló contra el ocaso del creer, contra la futilidad de nuestro día a día, contra la ausencia de risas, contra la injusticia de esta tiranía que adormece nuestros sueños hasta hacerlos desaparecer. Rebelde sin causa, luchaba contra la sumisión a una rutina insensata, a una vorágine de prisas falsas, a una vida fútil y anodina, carente de razón de ser, carente de esperanza, carente de un nuevo amanecer.

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País de piedra, frontera de cristal

Galatea de las esferas - Dalí

«País de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aquí, tú misma te convertirás en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacúdete la piedra.»

Nuestro mundo era una gran caverna. Un enorme espacio abierto lleno de piedra; con techos de cristal, suelos de cristal, fronteras de cristal. Cristal piedra. Era un país de sombras proyectadas por un sol luminoso que nos era ajeno: un mito, una leyenda. Pero yo sabía que la luz esperaba más allá. Y me sentía prisionera. Me asfixiaba. Deseaba escapar.

En nuestro mundo de piedra, la vida era solo una vida ilusoria. Una vida rodeada de piedra: ciudad de piedra, costumbres de piedra, gentes de piedra, sueños de piedra. Todo aquel que dejaba de ver la piedra se volvía él mismo de piedra. Necesitaba cruzar la frontera. Escapar de mi vida de piedra. Cruzar la frontera de cristal.

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La única certeza

Mar

El hombre ha tenido una única certeza absoluta a lo largo de la historia de la humanidad: «lo único que sabemos con certeza en esta vida es que moriremos algún día».

Esta certeza aún sigue vigente en nuestra sociedad. Sin embargo, el hecho de ser conscientes de cuándo se producirá la propia muerte hace que, hoy por hoy, enfoquemos la vida de otra manera. En nuestra época actual, 4 siglos después de que Charles Darwin diera nombre a nuestra ciudad, tanto vida como muerte están tecnológicamente programadas y controladas por los servicios públicos. Y estos datos son, además, de libre acceso a voluntad del interesado.

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La embriaguez de tu metamorfosis

Dicen que el tiempo es un gran escultor. Escultor que nada esculpe sino que entierra a dos metros bajo tierra el desamor. Desamor como muerte del alma, sepultado con honores en nuestro cementerio interior. Interior azotado por el tiempo. Tiempo como viento del desierto, que remueve las dunas para borrar las huellas. Huellas que no desaparecen sino que quedan ocultas cada día bajo otra capa muy fina de arena. Arena que esconde a los ojos del hombre las penas. Penas visibles por siempre a los ojos del corazón.

Christine atendía cortés y paciente a los clientes que se sucedían cada día en su pequeña estafeta de correos. Su voz y sus manos actuaban inconscientes; mecánicamente; independientes de su fantasía, que viajaba perdida hacia otros rostros y otros cuerpos. Yo la observaba detrás del cristal, con la invisibilidad fantasmal que se nos otorga a las ánimas perdidas que vagamos inmortales entre el mundo de los vivos y los muertos.

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Aritmética emocional

Del amor, el sexo y otros demonios
Según el Teorema de incompletitud de Gödel, un sistema completo, donde toda proposición puede ser demostrada o refutada dentro de él, es inconsistente. Y un sistema consistente, exento de paradojas y contradicciones, es incompleto. Todo sistema lógico de cualquier complejidad es, por definición, incompleto.

Es acaso el amor inconsistente, cuando me invaden furiosamente las ganas de tenerte, de atraparte entre mis piernas con una pasión ilógica, demente. Es acaso el amor consistente, cuando tu imagen me nubla la mente, cuando el deseo irresistible de poseerte absorbe como un agujero negro ardiente todo rayo de luz y razón inteligente.

Un axioma es una verdad que no necesita demostración. Y una paradoja es una proposición incoherente, porque se contradice a sí misma vehementemente. No es acaso el amor axioma incoherente, pues te deseo sensata y paradójicamente, luchando contra el anhelo de alejarte y de tenerte, incomprensiblemente, sin lugar a duda ni explicación. No es acaso el amor un sistema coherente, demostrable y refutable constantemente, con la implícita lógica laberíntica de su sinrazón.

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Pigmalión

Pymalion - Jean Baptiste Regnault

«Son los desesperados aquellos que han perdido la esperanza».

Tracé las suaves líneas de tu rostro en mi lienzo y tu sonrisa se hizo real. Dibujé la sinuosa curvatura de tus senos y tu cintura guió mi mano hasta la generosidad de tus caderas en un trazo magistral. Esbocé tu sexo entre la feminidad de tus muslos y tus piernas me abrieron un mundo; un mundo de sueños y de deseos que mi mano plasmó en la imagen de tu recuerdo futuro.

Cada mañana en mi estudio, observaba mi pintura incompleta. Y al ir repasando cada detalle, tu imagen soñada se volvía más neta, más certera, más bella. Te doté del don de la risa para que atisbara estruendosa tras tu sonrisa. Te regalé la fortaleza y la calma para proteger mi cuerpo de los asaltos violentos de mi propia alma. Te perfilé unas manos musicales de piel cálida para que acariciaran leves mi cuerpo, para que llevaran mi sexo al último cielo, para que enjugaran mis lágrimas cuando la soledad me abordara perversa por las mañanas. Te llamé ‘Esperanza’.

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