La amante multilingüe

Lluvias torrenciales de letras caían incesantes cada noche en mi cabeza. Embotaban mis sueños con mil símbolos siniestros; cada noche, hasta el amanecer, sin tregua. Esas gotas de simbología extraña formaban mil charcos de palabras, que a su vez componían lenguas intrincadas en mi mente febril y azorada. Palabras que me incitaban a pensar en miles de idiomas inventados y a expresar mis deseos con palabras que ni yo misma llegaba a entender. Cada lengua pertenecía a una de mis mil almas, que a su gusto afloraba a través de mis palabras y se plasmaba misteriosa ante mi propio asombro al despertar cada mañana; dejándome muda, sin habla.
Siempre han creído que soy muda de nacimiento. De cría, mis padres jamás lograron sacarme una sola palabra. Era una niña tímida y reservada, que observaba el mundo sin ser observada. Una niña soñadora, solitaria, que respiraba la luz con ansia, que palpaba cada sonido con la piel, que se nutría de cada rugido que surgía de dentro del alma, en lo más profundo del ser. Pero era incapaz de articular una sola palabra, incapaz de expresar qué emociones me palpitaban o qué deseos urgían mi mente o mis entrañas.

Una noche en un sueño, un desconocido me ofrecía un trocito de cielo en forma de caramelo; dos, para mayor exactitud: uno rojo y otro azul. Yo soñaba ser Alicia en el país de las maravillas y deseaba escoger el azul para verme crecer. Pero al acercar mi mano de niña, la pastilla se tornaba rojiza y aun deseando elegir por mí misma, no me quedaba más remedio que escoger el caramelo rojo y –creía yo– condenarme a encoger.

Esa noche me hice mujer. Desperté con tu cuerpo caliente en mi cama. Tu olor impregnaba mis sábanas y al observar tu sexo dormido, tu rostro distendido y tus manos dispuestas a erizar mis sentidos, me abrasó un deseo que me absorbió como un tifón devora a un pez. Te susurré al oído palabras que formaban un idioma desconocido; un idioma que tu sonrisa pareció comprender. Tu cuerpo me dominó sobre la cama. Sentí un vahído de caos y calma. Cerré los ojos y me sentí embriagada por unos besos melosos que recorrieron mi boca callada. Me dejé hacer: entregué a tu deseo mis pechos, mi vientre, mi monte de Venus, mis ganas, todo mi ser. Tu sexo se irguió al rozar de mis muslos tensos. Y con un diestro movimiento, penetraste mi cuerpo que ardía ya en deseo solo al contacto de tu piel.

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