En las antípodas de las antípodas

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El 13 de febrero de 2008, más de 300.000 australianos de todo origen y procedencia salimos a las calles para refrendar a nuestro gobierno en la petición pública de perdón a los pueblos aborígenes y a los isleños del Estrecho de Torres por la barbarie infligida a la ‘generación perdida’ entre 1869 y 1976.

Más de 7 años después, en las antípodas de mi tierra, volvimos a encontrarnos en una exposición de arte indígena. Como entonces, no necesitamos la lengua para hacernos entender. La música embriagaba el ambiente. Nuestros cuerpos calientes se atrayeron desde ambos extremos de la sala estrecha, como humo sin alas que se expande en el aire y se mezcla a cuerpo traviesa.

De mis ojos rodaban las lágrimas, generadas por los recuerdos de aquella lucha lejana. Tus besos enjugaron la rabia. Y un deseo de amarte surgió furioso de mis entrañas. Sentí tu cuerpo envolverme al resplandor de la luz apagada. Tu pecho en mi espalda. Tu mano en mi sexo por debajo de mi falda. Al cerrar los ojos, me cegó una claridad olvidada. Regresamos por un instante al desierto, como en un sueño, como el ‘dreamtime’ que vivíamos cuando éramos pequeños.

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En Gallipoli nunca es invierno

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Este domingo me ocurrió un extraño suceso. Fui temprano de mañana a trabajar para finalizar un proyecto. Patéticamente pensé: finem qui quaeris amoris, res age, tutus eris, que me habría susurrado Ovidio. Soy historiadora en el Museo de los Caídos en la Bahía de Anzac en Gallipoli, en el mágico emplazamiento que da nombre a la localidad. El edificio es enorme: un bellísimo y verdadero mausoleo, por fuera y por dentro. Construido años después del desembarco, conserva restos personales de las tropas aliadas y la memoria histórica del acontecimiento. De noche, las almas de los soldados deambulan por los pasillos, con la mera intención de acurrucarse tranquilas en el recuerdo de quienes un día fueron.

Apenas empezaba a amanecer cuando llegué de madrugada. El guardia de seguridad me saludó indiferente al entrar, dormitando con un solo ojo abierto. Tuve una extraña sensación de calma y seguridad al llegar a mi mausoleo desierto aquella mañana.

Hacía frío y me preparé un café. Mientras releía mi borrador con la mente dispersa, mordisqueando una de mis galletas anzac, pensaba que por mucho que me esfuerce al hornearlas, siempre me quedan demasiado duras al enfriar. Pensaba a la vez, al sorber mi café, que lo único que reanima el alma es un ser humano a nuestro lado que irradie calor y nos despierte el deseo. Yo siempre tengo tanto frío al despertar… Y como a mis galletas, el alma se me endurece en soledad, cuando aún no ha salido el sol y el frío se me lleva los sueños: los sueños del calor del amor que irradia un cuerpo. El frío no es más que soledad.

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Walkabout

Namatjira - Ghost gums

Me desperté sobre un lecho caliente de arena. El vacío sobre la tierra, plagado de brillos de seda. O quizás el vacío estaba dentro de mi mente revuelta. Cerré los ojos para escuchar el silencio y entonces me di cuenta: oía sus voces inquietas, su preocupación, su sorpresa; oía sus voces dentro de mi cabeza. Al abrir los ojos, observé sus labios inmóviles, sus pinturas de guerra, sus cuerpos inermes y sus caras en calma perpetua.

Una mujer se acercó a mi lado despacio y me acarició la nariz, los párpados, la melena. Supe que estaba en un sueño: “Dreamtime”, dijo ella. Solo al cerrar los ojos tranquila, oía sus voces dentro de mi mente serena.

Para situarme, busqué en el cielo la Estrella Polar; pero no pude verla. Para sentirme protegida, busqué el mar; pero no hallé nada que se le pareciera. Ni una casa, ni un solo poste de electricidad, ni siquiera una carretera por la que caminar. Me levanté del suelo para dejarme cegar por una luz multicolor de discoteca: los primeros rayos de sol, que se reían de mi inocencia y mi ignorancia occidental de niña pequeña.

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Hacia el norte sin la Estrella Polar

Uluru-Ayers Rock

Tras el impresionante concierto de Warren Ellis en el WOMADelaide, paseaba distante con el alma ensimismada por el Botanic Park. Fue en el otoño pasado, una noche cálida de marzo. Jugaba a recorrer la multitud con la vista escurridiza, cuando colisioné con tu mirada. Observé que me observabas. De repente, un relámpago iluminó el cielo de la noche entrada. El rayó acertó de lleno en mi estómago y sentí que me explotaba. Y el trueno, que apenas se hizo esperar, ensordeció de pronto la tierra bajo nuestras pisadas.

En un instante, mil escenas entremezcladas embotaron mi mente ya desconcertada. Tu mirada insistente me transportó de repente a aquella breve historia de amor pasada.

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