La quimera

Mont Saint Michel

El camino hacia el infierno me resultaba interminable, cual cielo eterno. Me dolían las muñecas por la presión de las cuerdas. Me creían presa, entregada, sumisa a sus dictados, a punto de ser ajusticiada. Pero aunque mi alma acompañara a mi cuerpo en aquellos últimos momentos, ella aún era libre, salvaje, incorruptible. En cuanto mi cuerpo sucumbiera a la sin razón del hombre entre las llamas, mi alma viajaría por el espacio y el tiempo para vivir de nuevo y ser amada en cualquier otro cuerpo.

Mi nombre es Rosa. Ellos me llaman bruja, hereje, nigromante, idólatra de Lucifer, arpía. Mi alma había sido poseída, decían. Poseída por el peor de los demonios: el anhelo de los cuerpos, la lujuria, la lascivia, la voluptuosidad, la concupiscencia, el ansia de vida. Me decían hija del Ángel Caído. Jamás comprendí qué miedos despertaba en los hombres el humano deseo de mi alma: el deseo de amar y ser amada.

Continue reading

Advertisements