Sé qué deseas

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Reposo distraída mi cabeza en tu regazo.
Cierro los ojos y me acaricias los párpados.
Dibujas despacio mis labios con los dedos.
Enredas tus manos en mis cabellos negros.
Mi mejilla inocente despierta tu sexo.
Jugueteo traviesa a ver si te muerdo.
Lamo tus dedos y te pido permiso.
Tu pantalón casi revienta sin previo aviso.
Te desabrocho; voy a ver qué encuentro.
Surge firme tu sexo: una furia sin freno.
Lo acaricio suave con las yemas.
Un deseo brutal se desencadena.
Todo tu cuerpo se azora.
‘Házmelo. Cómemela ahora.’
Sonrío melosa: ‘Te voy a hacer de rabiar.
Pídemelo de nuevo. Quiero oírte suplicar.’
Atrapo tu sexo entre mis manos.
Lo rozo apenas con mis labios.
Contengo el aliento. No lo muevo.
Dejo que crezca en ti el deseo.
Observo cómo tu cuerpo se estremece.
La tensión en tu miembro se enardece.
Agarras desesperado mi cabeza.
Yo retiro tus manos con delicadeza.
‘Te la voy a comer. Sé paciente. Espera.
Lo haré solo cuando yo quiera.’
Te tengo. Tu voluntad es mía ahora.
Tu deseo. Tus sueños. Tu razón. Tu polla.
La devoro entera hasta la garganta.
Un gemido mudo se ahoga en tus ganas.

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Era el mejor de los tiempos

«Era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría; y también de la locura. La época de las creencias y de la incredulidad. La era de la luz y de las tinieblas…»
Sentado en un banco frente a este laberinto de rosales con espinas, de caminos intrincados por los que me lleva la vida, redacto sobre el papel de la memoria futura mi elogio a la locura. Quizás, mi elogio a la necedad.

Nunca me atreví siquiera a preguntarte tu nombre. Jamás llegué siquiera a acercarme a ti. No necesitaba saber quién eras, pues te había convertido en un personaje de novela, con tu pasado y tu presente ya escrito en mi cabeza. Inventé tu vida, tu familia, tu trabajo, tus gustos, tus aversiones; toda tu historia. Imaginé hasta un futuro certero que diseñé solo para ti. Hice de ti un avatar casi perfecto, personificación de lo divino y de lo humano, de lo efímero y de lo eterno. Te regalé todos mis sueños. Solo para poder amarte así.

Te hacía el amor a solas cada noche. Tú leías el mapa de mi piel con mil caricias sin roce. Me perdía entre tus montes de la locura, al besar tus pezones excitados. Tus muslos abiertos aguardaban mi cuerpo pesado, para albergar en tu sexo mi tesoro más deseado. Entregado a mil besos no dados, me sentía dentro de ti. Acariciaba tus párpados, tus sienes, tus mejillas. Recorría en un suspiro cada palmo de tu espalda, cada línea de tu rostro, cada estrella de tu piel. Te conocía tan bien que ni el mismo dios que te había creado habría recordado tanto detalle fiel. Me creía dueño de ti, amo de todo tu ser.

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