Rachmaninoff

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«Alien» rezaba mi pasaporte. «Stateless» era oficialmente mi condición. Caminaba sin rumbo mientras acariciaba mi último signo de identidad mundana. Las calles abarrotadas de gente me parecían vacías. Un tumulto de aire invisible, intocable, inalcanzable. Una alegoría de Chejov. Solo la búsqueda me daba fuerzas para no rendirme ante aquella nada apabullante y dejarme mimetizar por el mundo exterior.

Los edificios vanidosos se insinuaban ebrios de grandeza, arraigados en su historia, en su observar el pasar de los siglos desde la memoria, desde la prepotencia, inmunes a la soledad de mi Yo.

Caminaba arrastrado por una esperanza muda. No sabía muy bien qué esperaba encontrar a aquellas alturas. La búsqueda del hombre es instinto puro, ajeno a la lógica ilustrada de la razón. Instinto vivo.

Caminaba. Recordaba tu espalda. Tu nuca ensortijada. Tus hombros en resistencia a la gravedad. Los giré con mis manos para recordar tu cara. Pero su imagen me fue negada. Solo vi una sombra velada que de repente se abalanzó sobre mí sin compasión. En ese instante, todo mi cuerpo se estremeció. Perdí la calma al rozar de tus labios, tan dulces, tan mojados, reales como la luz del sol.

Cerré los ojos para retener el momento. En medio de aquel mundo de ensueño, la esperanza de haber vuelto a encontrarte me despertó. Me sentía desarmado, como si hubiera llegado a través de un agujero negro al vacío. Pero al abrir los ojos desnudos, una presencia inmensa me tranquilizó. Era un gigante barroco risueño. De nuevo, un edificio se dirigía mí con parcas palabras. Y al oído me susurró: “Yo también he sido abatido por el plomo de la necedad humana. Acepta mi abrigo. Entra en mí y descansa.”

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La paloma kantiana

Onshore

Barruntaba Borges que «todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón».

Quizá la polémica esté obsoleta, o quizá no. Quizá no existan ya hombres platónicos o aristotélicos, sino todo lo contrario. Quizás podamos vivir en el mundo platónico de las ideas y los conceptos a través del mundo de los sueños; y al mismo tiempo, jugar con la plasmación de esas ideas materializándolas en el mundo real. Ambos mundos conviven en cada uno nosotros, por mucho que a muchos les cueste aceptarlo.

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