La vida es un palíndromo

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Creía Sandro Veronesi, inmerso en un estado de caos calmo, que la vida no es un palíndromo, porque nada en ella retorna. Pero el mito del eterno retorn\no alude al hecho de que una vida que no retorna, haya sido bella u horrorosa, carece de peso, es como una sombra. Quizás la vida sea un palíndromo. O quizás no. A fin de cuentas, en esta vida se es o no se es. Todo puede ser o no ser. O quizás, todo lo contrario.

No recuerdo cómo nos conocimos. Ni tampoco cómo nos separamos. Recuerdo la soledad. Entonces llegaste a mí, nos amamos, y desapareciste como habías llegado, dejando de nuevo sitio a mi soledad. Luego todo volvió a empezar. El amor ha de ser palíndromo para poder ser reconocido.

Quedamos para tomar un café. Te fui a buscar en mi coche y nos fuimos por ahí a darnos besos…

A solas en el coche, me besaste en la cara, en la nuca, en el cuello. Y me susurraste al oído que me deseabas, que cada día te masturbabas pensando en mí, aun desde antes de llegar a conocerme. Me susurraste que me lo ibas a hacer tan despacio que el placer me haría enloquecer.

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Crónica de una muerte soñada

Termino mi cigarrillo, sin prisas, desde la terraza de nuestra casita frente al mar. Fumo despacio, en silencio, imaginando que cada inhalación marca un principio; cada exhalación marca un final. Inspiro. Espiro. Todo empieza y todo acaba en un espacio-tiempo continuo, sin solución de continuidad.
Cierro los ojos y te veo ascender desde la playa. Vienes corriendo de nadar en el mar. Como cada mañana. Siento un ‘déjà-vu’. He vivido mil veces este mismo momento. Como todas las mañanas, sé que éste será nuestro último encuentro. Sé que hoy está escrito el final.

Te espero medio desnuda, tumbada en mi hamaca. Te espero excitada. Te deseo. Ya llegas. Tu cuerpo mojado. Tu corazón alterado tras la última carrera. Separas mis muslos y me besas entre las piernas. Mi espalda se abre con éxtasis, como una flor en primavera. Devoras mi sexo. Recorres mi cuerpo arrastrándote hasta mi boca. Siento tu falo muy dentro. La pasión nos devora. Me golpea tu sexo. Extraigo el deseo de tus adentros. Hasta la última gota. Te vacío muy dentro, entre espasmos de fuego.

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–¿Qué diantre tendría Zaratustra en la cabeza? Fue lo único que se me vino a la mente mientras veía alejarse la tierra, atrapada en esta esperpéntica nave espacial vogona. Strauss aullaba absurdo en el magnetofón. Te acercaste a mí con tu patético albornoz blanco y tu insufrible toalla: –La Guía del autoestopista galáctico tiene varias cosas que decir respecto a las toallas. Dice que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista galáctico… ¿Te habré dicho ya que no te soporto? Creo que sí.

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