Albertine

Albertine

Albertine despareció de mi vida una tarde de verano. Su ausencia impregnó mi cuerpo y mi cama de la humedad y el frío de un invierno huraño. Albertine abandonó mis ganas, mi vida, y partió en busca del tiempo perdido con mi corazón en su mano y sin una despedida.

El sufrimiento es un golpe emocional impuesto que, como la energía, jamás desaparece sino que se transforma. El sufrimiento tiende a cambiar de forma, pero ya jamás perece y por siempre nos ahoga. Nos sumergimos en otros proyectos, otros cuerpos, otras manos, esperando que ese sufrimiento se volatice y nos abandone presto tal y como nos sorprendió de repente, sin ser llamado. Pero la cobardía que nos lleva a rehuir ese dolor no es suficiente para abatir la ausencia de ese amor perdido, pasado.

Albertine llenaba mis días de caricias de alegría. Me acostumbré a que fuera siempre mía. Su sexo siempre estaba dispuesto a saciar mis ansias, mi deseo; como una rima en verso que te traen los rayos del sol que despunta inevitablemente cada día. Su existencia me pertenecía, su cuerpo existía para saciar el mío. Solo el verme gozar la complacía. Albertine era solo mía. Su marcha es un ultraje a mi razón de ser, una violación a mi derecho al placer, un atentado contra mi felicidad, contra todo mi ser. Albertine no tenía derecho a abandonarme y dejar a cambio de su presencia el sufrimiento de su ausencia. Es un ser odioso e inhumano, Albertine. Su traición le costará la vida.

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