En la ardiente oscuridad

Rayo verde

Éramos peces libres, en nuestras aguas calmas.

El mundo de los sentidos se nos ofrecía infinito, optimista, con mil caprichos a nuestra disposición. La mañana amanecía fresca, como una caricia de brisa que se colaba intrépida por las ventanas; arrullada por el trisar de las golondrinas y el zurear de las palomas. El primer rayo cálido de sol calentaba nuestras almas.

El café humeante del desayuno en el comedor común despertaba el hambre y los instintos. Los olores de los cuerpos indefectiblemente nos identificaban. Te sabía cerca de mí, cuando una esencia inconfundible me embriagaba. Te imaginaba a mi lado, observando mi pelo, mis pechos, mis caderas, mis pies desnudos. Imaginaba tus ojos ciegos en mi cara. Saberte a mi lado me daba calma.

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