Ven, baila conmigo

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La música es una energía pura, limpia y renovable, de efecto terapéutico y regenerante. La música enardece el deseo y alimenta la piel; cambia el color de la vida con un simple chasquido; hace que los sueños cobren sentido y que, por arte de magia, cada día vuelva a amanecer.

Soy incapaz de comprender la luz y el color de este mundo de cuento. Invidente de nacimiento. Solo el color del viento puedo ver. Esta diferencia innata ha desarrollado extraordinariamente mi oído, hasta permitirme percibir una gama casi infinita de sonidos. Igualmente, cada poro de mi piel es capaz de distinguir el calor, la vibración y la proximidad de cualquier ser, con una sensibilidad casi mágica, que a menudo me hace enloquecer.

Solo cuando bailas conmigo puedo leer el deseo en tu mente; puedo sentir la pasión demente que tu cuerpo siente cuando mis labios susurran tu nombre; puedo notar entre tus piernas tu rigidez de hombre que se erige torpe para pentrar mis cielos de mujer. Ven, baila conmigo para que así te pueda ver.

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En la ardiente oscuridad

Rayo verde

Éramos peces libres, en nuestras aguas calmas.

El mundo de los sentidos se nos ofrecía infinito, optimista, con mil caprichos a nuestra disposición. La mañana amanecía fresca, como una caricia de brisa que se colaba intrépida por las ventanas; arrullada por el trisar de las golondrinas y el zurear de las palomas. El primer rayo cálido de sol calentaba nuestras almas.

El café humeante del desayuno en el comedor común despertaba el hambre y los instintos. Los olores de los cuerpos indefectiblemente nos identificaban. Te sabía cerca de mí, cuando una esencia inconfundible me embriagaba. Te imaginaba a mi lado, observando mi pelo, mis pechos, mis caderas, mis pies desnudos. Imaginaba tus ojos ciegos en mi cara. Saberte a mi lado me daba calma.

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