Un rey escucha

Castilla al amanecer

«Una voz significa que hay una persona viva: garganta, tórax, sentimientos, que empujan en el aire esa voz diferente de todas las otras voces. Lo que te atrae es el placer que esa voz pone en existir: en existir como voz; pero ese placer te lleva a imaginar de qué modo la persona podría ser tan diferente de cualquier otra cuanto es diferente su voz…»

Sentado en mi trono regio, domino mi reino desde esta estancia majestuosa, con mi corona y con mi cetro. Veo la llanura yerma de esta mi tierra seca que dormita bajo un sol jaguar. Escucho los campos vacíos, ardiendo en el tórrido estío o crujiendo ateridos de frío bajo el gélido dominio invernal. Mi reino desaparecido descansa tranquilo a las afueras de mi castillo. No me muevo. No hago ruido. No salgo de mi jaula dorada por miedo a abandonar mi trono un instante; por miedo a que mis adversarios, mis enemigos, traidores mal nacidos, usurpen el poder de su majestad real.

Me entrego cada mañana a los sonidos del mundo que entran por mi pequeña ventana. Afuera ya no queda nada. No obstante, ella viene cada día de madrugada a por agua de mi fontana, canturreando canciones del mar. Si me atreviera a salir de mi jaula dorada, se lo prohibiría, se lo impediría. ¡Ladrona, maldita! O quizás yo mismo le regalaría mil tinajas de agua bendita a cambio de su voz angelical.

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Si una noche de invierno un amor…

Train in the snow-Monet

Abro los ojos y me encuentro de repente en la misma estación. Como un sueño reincidente. Mi viaje comienza, vacila, continúa, se adentra y termina siempre en esta misma estación. Veo los trenes que parten y llegan, que pasan sin pausa a toda prisa. Cojo uno tras otro para regresar siempre a esta misma estación. Ésta es mi vida.

La niebla me ciega y apenas percibo a nadie a mi alrededor. En el andén 19, espero el tren de las 7:21 que me lleva a directo a Liuvalov. Tengo instrucciones de encontrarme con un enlace, aunque no sé con certeza cuál es esta vez mi misión. Me instalo en el compartimento 17, sin deshacer mi pequeña maleta. Apenas el tren parte, invades mi espacio, cierras la puerta tras de ti, y la estancia se impregna de tu olor, de la eterna esencia a ti. Antes de que me dé cuenta, siento tu cuerpo sobre mí haciéndome el amor. Veo las estaciones pasar a toda prisa, sin que el tren se detenga. Las veo una tras otra en mi imaginación. Solo siento tu cuerpo pesado sobre mi cuerpo; tu sexo penetrándome con rabia, con una furia insensata, como si supiéramos los dos que el tren está a punto de descarrilar y nuestras vidas a punto de terminar en un adiós.

Abro los ojos despacio y reconozco mi eterna estación en la ventana. Me arreglo. Me bajo con cuidado, llevando debajo del brazo un sobre con instrucciones para continuar mi misión.

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