Las horas

El cerebro… Curioso invento de los dioses para jugar con nuestro pensamiento. El cerebro humano es como un iceberg. Bajo el agua, se halla un inmenso trozo de roca gélida que es nuestro inconsciente. Él recoge cada imagen recibida en nuestra retina, cada emoción sentida, cada experiencia vivida. Flotando en el mar, se encuentra nuestro subconsciente, plagado de filtros adquiridos: prejuicios, miedos, enseñanzas, el inconsciente colectivo y todo tipo de venganzas del alma que no nos permiten comprender quiénes somos. Sobre la línea de flotación, aparece una nimia parte de hielo que es nuestra parte consciente, donde llega solo aquello que filtra nuestro subconsciente desde nuestro potente inconsciente. Es decir, nos perdemos casi toda nuestra vida, dejamos de vivir y sentir la inmensa parte de cada día.
Durante el sueño, en la vigilia, aflora la voz de nuestro inconsciente que nos cuenta todo aquello que es importante y que no hemos podido comprender conscientemente. El tiempo tiene un transcurrir diverso en el sueño.

Un día soñé que se me acababa el tiempo. Corría hacia ti desesperada. Los Hombres Grises me buscaban para fumarse mi tiempo. El tiempo se me acababa y solo deseaba verte por última vez.

Tú estabas quieto en el andén. Me esperabas antes de coger tu tren que te llevaba a una nueva vida lejos de mí, como reportero gráfico en el Magreb. Al llegar a tu lado te besé. Tus labios recorrieron mi cara. Sentí tus manos apretar fuerte mi espalda. Aprisionabas mi cuerpo contra la pared. Estaba excitada, mi respiración entrecortada, mi sexo a punto de enloquecer. Me volviste de espaldas y entre mis faldas penetraste mi sexo una y otra vez. Cerré los ojos y al abrirlos, me desperté de repente tumbada boca abajo en mi cama.

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Mujeres que corren con lobos

Madre-Tierra

Mi nombre es Mari, la herbolera. Me llaman Mari como la diosa Madre Tierra, quien mora aquí en el Anboto, donde se encuentra mi aldea. Cada mañana, al salir el sol, subo al monte a llenarme de cielo, respirar los rayos de luz e impregnarme de tierra y de suelo. Y recoger también mis hierbas, con las que ayudo así a las gentes del pueblo que se encuentran enfermas. La Dama del Anboto soy, cuando confundo mi ser con la tierra.

A veces me adentro a descansar en mi cueva, la Cueva de Mari. La entrada tiene forma de labios de mujer, con sus piernas abiertas. Me adentro despacio para dejarme embriagar por el sueño que me invade en cuanto su oscuridad me ciega. Cierro los ojos y escucho: la mujer salvaje me mece en sus brazos y me cuenta…

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