Nocturno de los números primos

Llevaba años soñando la vida desde mi pequeño estudio del número 6, en St. Clement Danes Square. Trabajaba desde hace años en un algoritmo probabilístico que me permitiera descubrir un número primo no conocido. Los números primos son el arquetipo de la belleza de la soledad. El deseo vs. la racionalidad. Aún hoy a veces, me entretengo en la división por tentativa de las cosas, de los símbolos, de las personas, para aferrarme a la vida real cuando el deseo me desborda y me impide razonar.

Cada noche, escuchaba tu voz en la radio en busca de inspiración erótica en mi aritmética modular. Te imaginaba desnudando mis pechos; tus manos erizando el deseo; tu boca susurrándome al oído; y tu voz excitando en un gemido el epicentro de mi volcán racional. Tu voz y yo. Solos los dos. Irónicamente, el 2 es el único número primo par, enemigo acérrimo de la soledad.

Tu voz, rescatador de historias, se entremezclaba entre los números Carmichael de mi lista numérica mental. Tu voz, como una música de fondo, daba forma a mi propio teorema de Fermat: mi cuerpo en llamas contra tu cuerpo ardiendo; mis besos húmedos devorando tu cuello, tu estómago, tu sexo; tu voz en mis sueños a punto de determinar la primalidad de un número de tendencia sensual. Tu voz arraigaba en mí el deseo desaforado de una pasión aritmético-carnal.

Notación exponencial. Aquella noche, mientras me acariciaba escuchando tus historias en la radio, imaginé como mis dedos desabrochaban tu camisa, rozando apenas tu pecho. Sentí el deseo multiplicarse por cien en mi sexo. Tus palabras, como lenguas de fuego, arreciaban en mí una pasión irreal de carne y hueso, reivindicando in crescendo unos besos que mi imaginación convertía en realidad. Tu boca descarnada en mi sexo arrebataba en silencio una melodía orgásmica descomunal. ‘No te pares. Sigue bebiendo. Arráncame el secreto escondido en mis adentros’, susurré desesperada como en un sueño. Y el orgasmo me invadió voraz, como rama de nogal que furioso arranca el viento. Vencida por tu voz de cuento, cometí un error de cálculo y me dejé enamorar.

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