Thérèse & Laurent

Kupka

Thérèse había desposado a Camille por abnegación. Más bien, lo había desposado por negación: la negación de sí misma. Camille era un hombre húmedo, oscuro, gélido. Un hombre pétreo, que se había adaptado admirable y camaleónicamente al pequeño hogar del inmundo Pont-Neuf, en las tripas regurgitantes de París. Un París naturalista y desnaturalizado, cuna de gente gris, de perturbados. Camille era un adoquín más en el suelo embarrado y resbaladizo que pisaba Thérèse.

Sin embargo, Thérèse aún estaba viva. Su cuerpo deseaba desesperadamente el calor y las caricias de un hombre vivo. Un hombre que la amara con rabia, que penetrara su sexo húmedo, que deseara su cuerpo frágil, ardiente de pasión y de sentidos.

Thérèse transcurría sus días fríos y largos al calor de su fantasía. Y un día en ella, conoció a Laurent. Laurent era un hombre fuerte, digno, un artista, lleno de ardor y deseo, lleno de vida. Thérèse se enamoró de él. Así lo imaginó Thérèse. Laurent y Thérèse se hicieron amantes en su cabeza, en sus sueños, en su fantasía. Y, poco a poco, Thérèse calmó así su febril deseo, apaciguó su matrimonio infructuoso, se llenó de ansias de fuego y de alegría.

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