La embriaguez de tu metamorfosis

Dicen que el tiempo es un gran escultor. Escultor que nada esculpe sino que entierra a dos metros bajo tierra el desamor. Desamor como muerte del alma, sepultado con honores en nuestro cementerio interior. Interior azotado por el tiempo. Tiempo como viento del desierto, que remueve las dunas para borrar las huellas. Huellas que no desaparecen sino que quedan ocultas cada día bajo otra capa muy fina de arena. Arena que esconde a los ojos del hombre las penas. Penas visibles por siempre a los ojos del corazón.

Christine atendía cortés y paciente a los clientes que se sucedían cada día en su pequeña estafeta de correos. Su voz y sus manos actuaban inconscientes; mecánicamente; independientes de su fantasía, que viajaba perdida hacia otros rostros y otros cuerpos. Yo la observaba detrás del cristal, con la invisibilidad fantasmal que se nos otorga a las ánimas perdidas que vagamos inmortales entre el mundo de los vivos y los muertos.

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