Memoria del fuego

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Historia de un instante

El descubrimiento
Un día cualquiera, el deseo me invadió por dentro. Sin compasión, con saña, sin que la cordura de la moralidad ajena pudiera evitar que cayera en su deliciosa tela de araña.

El instinto
Una fuerza incontrolable procedente del milagro del universo despertó en mí el insisto de amar: el amar de los cuerpos. Un instinto ancestral que todos llevamos en nuestro interior, grabado a fuego.

El fuego
Ardieron en mí todos mis sistemas conscientes de control, en un desgarrador ardor de luz y pasión.

La luz
Desde la oscuridad protectora de mi caverna platónica de la razón, la luz cegadora del deseo encendió mis más terribles miedos.

El miedo
La luz del deseo me hizo temblar de incertidumbre y miedo. Porque nada tememos más que descubrir qué se esconde en el interior de nuestros avernos.

La pasión
Una lucha titánica me dio la razón pero la pasión me desarmó en un momento. El deseo tomó las riendas de mi cuerpo.

Las cuatro paredes
La fuerza sobrehumana del deseo nos atrapó a las dos en aquella habitación cerrada. Y rendidos en cuerpo y alma, nos entregamos a los embrujos del amor de los cuerpos y las ganas.

Los labios
Tus labios susurraron infinitamente mi nombre. Y su letanía despertó en mí una voracidad sexual desde hacía tiempo aletargada.

Los oídos
Las voces silenciosas del deseo ensordecían el clamor de aquella habitación vacía. Pero la dulce melodía que el deseo entretejía logró acallar el remordimiento de nuestras azarosas vidas.

La espalda
Al recorrer con tus dedos mi espalda, descubriste el mapa estelar desplegado entre mis hombros y el despertar de mis nalgas. Una carta esférica que nos llevaría en una bola de fuego, imparable a través de mares y cielos, hasta más allá de los confines del universo.

La cabellera
Mi melena negra enmarañada desplegó su espesor y formó un lecho de evasión y de fuego para que yaciéran a su abrigo nuestros cuerpos.

Los pechos
Mis pechos ardiendo se deshicieron en tus besos, como vulnerables dunas del desierto, como arena dorada barrida por el viento, como preámbulo del sueño de una caótica explosión.

Las manos
Mis manos sabias, ligeras, se enredaron entre tu cuerpo, desabrochando uno a uno cada botón de acero de tu ya desbocado deseo.

Las caderas
Tus manos pequeñas sucumbieron al embrujo de la marejada de mis caderas. Aferradas a mi cintura, me arrojaste enardecido sobre la calma endiablada de mi negra melena.

Los muslos
Mi canto de sirena te movía irremisiblemente a desvelar impaciente el secreto que alberga mi cuerpo entre las piernas.

Los sexos
Rendido al pie de mi montaña, tu mirada desataba en mi sexo un mar de ganas. Mis labios ardientes te llamaban. Tu boca se diluía en llamas y te entregabas al dulce vino de mi pasión enajenada.

Los gemidos
Ebrio de deseo, todo tu cuerpo se erigió ante mí como un gigante de fuego. Gemí de pánico y anhelo porque tu sexo erguido ardiera en mi sexo.

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País de piedra, frontera de cristal

Galatea de las esferas - Dalí

«País de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aquí, tú misma te convertirás en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacúdete la piedra.»

Nuestro mundo era una gran caverna. Un enorme espacio abierto lleno de piedra; con techos de cristal, suelos de cristal, fronteras de cristal. Cristal piedra. Era un país de sombras proyectadas por un sol luminoso que nos era ajeno: un mito, una leyenda. Pero yo sabía que la luz esperaba más allá. Y me sentía prisionera. Me asfixiaba. Deseaba escapar.

En nuestro mundo de piedra, la vida era solo una vida ilusoria. Una vida rodeada de piedra: ciudad de piedra, costumbres de piedra, gentes de piedra, sueños de piedra. Todo aquel que dejaba de ver la piedra se volvía él mismo de piedra. Necesitaba cruzar la frontera. Escapar de mi vida de piedra. Cruzar la frontera de cristal.

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La forma del agua

Jellyfish

¿Cuál es la forma del agua? Imagino que el agua no tiene forma, sino que adopta la forma de aquello que la contiene. O imagino, quizás, que el agua tiene todas las formas posibles; incluso aquellas que sea incapaz de imaginar.

La teoría filosófica de la sustancia aristotélica establece que todo cuerpo está constituido por dos principios esenciales: la materia y la forma. Si la forma representa la esencia de la sustancia, lo que existe en ella de universal, la materia representará lo que se halla en ella de distinto, de particular. No existe una sin la otra, en un mundo material. Pero en otros mundos, quizás exista cabida para algo más…

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La paloma kantiana

Onshore

Barruntaba Borges que «todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón».

Quizá la polémica esté obsoleta, o quizá no. Quizá no existan ya hombres platónicos o aristotélicos, sino todo lo contrario. Quizás podamos vivir en el mundo platónico de las ideas y los conceptos a través del mundo de los sueños; y al mismo tiempo, jugar con la plasmación de esas ideas materializándolas en el mundo real. Ambos mundos conviven en cada uno nosotros, por mucho que a muchos les cueste aceptarlo.

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