Rachmaninoff

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«Alien» rezaba mi pasaporte. «Stateless» era oficialmente mi condición. Caminaba sin rumbo mientras acariciaba mi último signo de identidad mundana. Las calles abarrotadas de gente me parecían vacías. Un tumulto de aire invisible, intocable, inalcanzable. Una alegoría de Chejov. Solo la búsqueda me daba fuerzas para no rendirme ante aquella nada apabullante y dejarme mimetizar por el mundo exterior.

Los edificios vanidosos se insinuaban ebrios de grandeza, arraigados en su historia, en su observar el pasar de los siglos desde la memoria, desde la prepotencia, inmunes a la soledad de mi Yo.

Caminaba arrastrado por una esperanza muda. No sabía muy bien qué esperaba encontrar a aquellas alturas. La búsqueda del hombre es instinto puro, ajeno a la lógica ilustrada de la razón. Instinto vivo.

Caminaba. Recordaba tu espalda. Tu nuca ensortijada. Tus hombros en resistencia a la gravedad. Los giré con mis manos para recordar tu cara. Pero su imagen me fue negada. Solo vi una sombra velada que de repente se abalanzó sobre mí sin compasión. En ese instante, todo mi cuerpo se estremeció. Perdí la calma al rozar de tus labios, tan dulces, tan mojados, reales como la luz del sol.

Cerré los ojos para retener el momento. En medio de aquel mundo de ensueño, la esperanza de haber vuelto a encontrarte me despertó. Me sentía desarmado, como si hubiera llegado a través de un agujero negro al vacío. Pero al abrir los ojos desnudos, una presencia inmensa me tranquilizó. Era un gigante barroco risueño. De nuevo, un edificio se dirigía mí con parcas palabras. Y al oído me susurró: “Yo también he sido abatido por el plomo de la necedad humana. Acepta mi abrigo. Entra en mí y descansa.”

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Los amantes de la isla de Krk

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Llegué a la isla de madrugada, navegando a la deriva por la escarpada costa este de la isla de Krk, cortando la risa del mar a 45 grados. Soñando al timón, huía de una orden de busca y captura emitida por el sacrosanto gobierno de la República de Venecia. En estos días, una mujer en búsqueda de la verdad no está demasiado bien vista.

El viento arreciaba. Mecida por el sueño y la falta de agua, naufragué acariciada por el sol y las olas en la bahía de Baška. Soñé que eran tus besos en mi espalda los que me despertaban. Sentí tu sexo sobre mis nalgas, atrapada sobre la arena bajo tu piel empapada. Deseé que me amaras en aquel preciso momento. Pero como una fata morgana, tu cuerpo se desvaneció como un susurro de viento.

Tras recobrar el valor para seguir viva, me dejé guiar por el alma hasta una ermita vacía, en la montaña de Jurandvor. Una vez al abrigo del sol, casi desmayada sobre la piedra fría, en un estado hipnótico-onírico, el rumor de unos pasos desconocidos devolvieron mi pulso a la vida.

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En las antípodas de las antípodas

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El 13 de febrero de 2008, más de 300.000 australianos de todo origen y procedencia salimos a las calles para refrendar a nuestro gobierno en la petición pública de perdón a los pueblos aborígenes y a los isleños del Estrecho de Torres por la barbarie infligida a la ‘generación perdida’ entre 1869 y 1976.

Más de 7 años después, en las antípodas de mi tierra, volvimos a encontrarnos en una exposición de arte indígena. Como entonces, no necesitamos la lengua para hacernos entender. La música embriagaba el ambiente. Nuestros cuerpos calientes se atrayeron desde ambos extremos de la sala estrecha, como humo sin alas que se expande en el aire y se mezcla a cuerpo traviesa.

De mis ojos rodaban las lágrimas, generadas por los recuerdos de aquella lucha lejana. Tus besos enjugaron la rabia. Y un deseo de amarte surgió furioso de mis entrañas. Sentí tu cuerpo envolverme al resplandor de la luz apagada. Tu pecho en mi espalda. Tu mano en mi sexo por debajo de mi falda. Al cerrar los ojos, me cegó una claridad olvidada. Regresamos por un instante al desierto, como en un sueño, como el ‘dreamtime’ que vivíamos cuando éramos pequeños.

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Placebo

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Aléjate de mí. Llévate lejos los miedos. Aleja tus manos de mí. Aleja tu sexo, tu boca, tu cuerpo. Aléjate al fin, para que vuelvas a mí y te sueñe despierta en mis sueños. Aleja de mí tu presencia, para que la intensidad de la ausencia no me haga sufrir. Ven aquí. Te hipnotizaré con un beso y soñarás con volver a vivir la pasión junto a mí.

Shhh… Quítate la ropa. Deja que vea tu cuerpo desnudo. Deja que acaricie tu cuello con mi aliento húmedo, que mis labios apenas te rocen, que la inmensidad de tus manos me arrebate las ganas de sumergirme en ti. Shhh… Acércate a mí.

Estás aquí. Siento tu respiración acelerada. Siento mi boca entreabierta devorada en tu mirada. Siento tus manos ardiendo por escabullirse bajo mi falda. Siento tu sexo rígido anhelando un leve roce de mi piel. Siento que estás a punto de enloquecer. Pero no te puedes mover. Porque éste es mi sueño. Y voy a hacerte aullar de placer. Voy a hacer que el deseo te devore por dentro. Estás atrapado en mis juegos. Ríndete ahora, antes del amanecer.

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La vida es un milagro

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Habida cuenta de que pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo, no resultaría desdeñable prestarle profusa atención a lo que sucede en nuestros sueños. Un diario de sueños podría llegar a ser una novela inmensamente más intensa que la historia de nuestro día a día. El tiempo corre distinto en los sueños. Un tiempo nada despreciable para esta nuestra breve vida.

Mis sueños siguen un patrón recurrente particular: paisajes fascinantes vistos desde perspectivas impensables; nadar en mil formas de agua, brava o calma; la lucha eterna contra el hombre oscuro, que alerta pero no ataca; trenes que vienen y van; amantes apasionados, que me hacen sentir hasta en lugares jamás imaginados; amigos o conocidos, que cambian de rostro e identidad sin sentido; o poder hablar con fluidez mil idiomas inexistentes a la vez.

A veces soy consciente, mientras duermo inconsciente, de que estoy soñando y de que la vida es un sueño demente e insensato. Despierta o dormida, la vida suena a dulce melodía, a gran mentira: ¡que se abra el telón! La vida no es un milagro, sino dos.

Te llevo en mis sueños a lugares que jamás has soñado, volando sin prisa, acostados sobre mi cama, apretados. En tu rostro una sonrisa. Y el deseo de poseerte bajo las mantas, entre risas. El vuelo me incita a rebuscar en mi mente el recuerdo consciente de nuestros cuerpos fundiéndose. El ardor, la pasión, el deseo, las ganas. Sueño con sentirte entre mis piernas, dormida en mi cama.

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Dejar de desearme

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Cómo quieres dejar de desearme, cuando yo aún me muero por besarte. Dejar de soñar mis labios excitados, mis besos húmedos, mis ojos, mis manos.

Cómo pretendes dejar de amarme, cuando yo aún me muero por follarte. Dejar de desear mi sexo mojado, mi cuerpo tuyo, mis pechos, mis labios.

Cómo quieres olvidarme, cuando un día creíste amarme. Dejar de desearme, cuando aún me deseas tanto que ya no estás a salvo en este mundo imaginario. Dejar de desearme, cuando soy solo tu fantasía, un cuento, una canción. No permitas que me convierta en tiranía, en monstruo, en obsesión. Libera tu imaginación. Desea solo follarme, en tus sueños, de noche o de día, despacio o deprisa. Desea solo eso, mi amor.

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Acróstico

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Cuéntame una historia divertida
Un cuento de amor y sexo
Enciende el deseo sin prisas
No temas sucumbir a mis sueños
Teje tu red sobre mi piel encendida
Olvídalo todo un momento
Susúrrame todas tus fantasías

Deséame con los ojos abiertos
Embiste el deseo con ira

Aleja despacio mis miedos
Mézclate en el placer de mis risas
Ocupa con tu sexo este vacío que tengo
Ríndete a mis dulces mentiras

Yazcamos perdidos en nuestro universo

Siente el calor de mi boca tibia
Explora el ardor de mis besos
Xilofonías tarareando tu melodía
Oxigenando de vida los cuerpos

Merci, M. Tiersen !

It was a blind date. We met on the Internet. I used to blog short stories of love and sex. You used to read me in your room, quiet in the dark, late at night. Your desire was lit with every word you read in my mind: sultriness, tenderness, lust, passion and fire.

Although we never got to meet, we lived hundreds of love affairs, passionate sex and day dreams. Dreams of sultry tales, romance, tragedy and despair. Bitter and sweet. Love and pain. We travelled together through my fantasy. Dream lovers. Blind sex. Deep emotions. Unreal and intense. Is not this love as well?

One day, you booked me a ticket for a concert of Yann Tiersen and sent it to me by email. I named you then the hero of all of my tales. I printed out my ticket and got dressed. I knew I could recognised you anywhere. So I turned up that evening at the venue with my desire on fire and my fantasy as a dress.

Front stalls. Row J. Seat no. 9. You were not there. I waited and waited and almost despaired. But the show started on. Yann Tiersen turned up. The lights went off. His voice filled up the air and I let myself be seduced by his rebel look, young and aged, unaffected, magic genius, insane and sane, and his strong ‘accent français’. I gave in to him and let my soul be caressed.

Out of the blue, your presence made it through. You took you seat. Your body scented my space. My desire suddenly rised higher. I stroked your skin with my fingertips. No need to look you in the eye, since my mind figured you out clearly in the dark. I knew you so well. We had been together in thousands of dreams. I raised your chin and we kissed.

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La única certeza

Mar

El hombre ha tenido una única certeza absoluta a lo largo de la historia de la humanidad: «lo único que sabemos con certeza en esta vida es que moriremos algún día».

Esta certeza aún sigue vigente en nuestra sociedad. Sin embargo, el hecho de ser conscientes de cuándo se producirá la propia muerte hace que, hoy por hoy, enfoquemos la vida de otra manera. En nuestra época actual, 4 siglos después de que Charles Darwin diera nombre a nuestra ciudad, tanto vida como muerte están tecnológicamente programadas y controladas por los servicios públicos. Y estos datos son, además, de libre acceso a voluntad del interesado.

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En las profundidades de mi propio yo

Jason Shawn Alexander

Me dejo flotar, sumergida en la oscuridad densa de mi propio yo. No necesito luz para ver lo que ocurre en mi interior. Solo veo agua clara, un mar en llamas. Nado sin buscar la orilla. Mi propio líquido amniótico me acaricia, me da calor.

Cierro los ojos para ver mejor. Observo mis brazos tararear una danza sencilla, creando formas tenues de luz amarilla. Me inunda la calma. No tengo prisa. Suena en el agua una canción.

Mis muslos se abren al ritmo leve del latido de mi corazón. Me lleno de agua, de esperanza, de vida. Pierdo la respiración. Mi cuerpo ya no la necesita. Nado entre risas. Todo sucede despacio en los mares profundos de mi propio yo.

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Walkabout

Namatjira - Ghost gums

Me desperté sobre un lecho caliente de arena. El vacío sobre la tierra, plagado de brillos de seda. O quizás el vacío estaba dentro de mi mente revuelta. Cerré los ojos para escuchar el silencio y entonces me di cuenta: oía sus voces inquietas, su preocupación, su sorpresa; oía sus voces dentro de mi cabeza. Al abrir los ojos, observé sus labios inmóviles, sus pinturas de guerra, sus cuerpos inermes y sus caras en calma perpetua.

Una mujer se acercó a mi lado despacio y me acarició la nariz, los párpados, la melena. Supe que estaba en un sueño: “Dreamtime”, dijo ella. Solo al cerrar los ojos tranquila, oía sus voces dentro de mi mente serena.

Para situarme, busqué en el cielo la Estrella Polar; pero no pude verla. Para sentirme protegida, busqué el mar; pero no hallé nada que se le pareciera. Ni una casa, ni un solo poste de electricidad, ni siquiera una carretera por la que caminar. Me levanté del suelo para dejarme cegar por una luz multicolor de discoteca: los primeros rayos de sol, que se reían de mi inocencia y mi ignorancia occidental de niña pequeña.

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Thérèse & Laurent

Kupka

Thérèse había desposado a Camille por abnegación. Más bien, lo había desposado por negación: la negación de sí misma. Camille era un hombre húmedo, oscuro, gélido. Un hombre pétreo, que se había adaptado admirable y camaleónicamente al pequeño hogar del inmundo Pont-Neuf, en las tripas regurgitantes de París. Un París naturalista y desnaturalizado, cuna de gente gris, de perturbados. Camille era un adoquín más en el suelo embarrado y resbaladizo que pisaba Thérèse.

Sin embargo, Thérèse aún estaba viva. Su cuerpo deseaba desesperadamente el calor y las caricias de un hombre vivo. Un hombre que la amara con rabia, que penetrara su sexo húmedo, que deseara su cuerpo frágil, ardiente de pasión y de sentidos.

Thérèse transcurría sus días fríos y largos al calor de su fantasía. Y un día en ella, conoció a Laurent. Laurent era un hombre fuerte, digno, un artista, lleno de ardor y deseo, lleno de vida. Thérèse se enamoró de él. Así lo imaginó Thérèse. Laurent y Thérèse se hicieron amantes en su cabeza, en sus sueños, en su fantasía. Y, poco a poco, Thérèse calmó así su febril deseo, apaciguó su matrimonio infructuoso, se llenó de ansias de fuego y de alegría.

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Una habitación de hotel

Hotel room - Hopper

Tras mis sesiones de logopedia en la calle Zorrilla, por las tardes, me gusta acercarme de vez en cuando hasta el Thyssen. Me dirijo a un objetivo concreto: me siento directamente ante la mujer sentada sobre la cama de su habitación de hotel. Esa pintura siempre me ha hipnotizado. No sé muy bien por qué. Al mirar a la mujer semidesnuda, con su libro abierto sobre las rodillas, toda la soledad de su anónima estancia de paso me invade con una fuerza devastadora, casi hasta hacerme enloquecer.

Este martes, mientras la observaba embelesada, perdí la consciencia del tiempo y del espacio, por un microsegundo tal vez. Parpadeé. Y al abrir los ojos, de repente era yo la que se encontraba sentada en esa cama. Miré a mi alrededor; reconocí cada objeto que me rodeaba; rocé las sábanas de la cama; acaricié mis muslos desnudos, mi rostro, mi piel. Sí. Era yo la que estaba sentada en aquella habitación de hotel. Acerqué mi libro con curiosidad malsana: siempre deseé saber qué leía esa mujer. Era una edición antigua de “Jane Eyre”. Sonreí para mis adentros y me reconocí en la soledad de la mujer de la “Habitación de hotel”.

Apenas me acostumbré a mi nueva dimensión plana, observé a mi derecha una gran ventana, colocada en plano oblicuo frente a mi cama, en la pared. Parecía un enorme espejo; pero no lo era, ya que yo podía ver a través de él.

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Las horas

El cerebro… Curioso invento de los dioses para jugar con nuestro pensamiento. El cerebro humano es como un iceberg. Bajo el agua, se halla un inmenso trozo de roca gélida que es nuestro inconsciente. Él recoge cada imagen recibida en nuestra retina, cada emoción sentida, cada experiencia vivida. Flotando en el mar, se encuentra nuestro subconsciente, plagado de filtros adquiridos: prejuicios, miedos, enseñanzas, el inconsciente colectivo y todo tipo de venganzas del alma que no nos permiten comprender quiénes somos. Sobre la línea de flotación, aparece una nimia parte de hielo que es nuestra parte consciente, donde llega solo aquello que filtra nuestro subconsciente desde nuestro potente inconsciente. Es decir, nos perdemos casi toda nuestra vida, dejamos de vivir y sentir la inmensa parte de cada día.
Durante el sueño, en la vigilia, aflora la voz de nuestro inconsciente que nos cuenta todo aquello que es importante y que no hemos podido comprender conscientemente. El tiempo tiene un transcurrir diverso en el sueño.

Un día soñé que se me acababa el tiempo. Corría hacia ti desesperada. Los Hombres Grises me buscaban para fumarse mi tiempo. El tiempo se me acababa y solo deseaba verte por última vez.

Tú estabas quieto en el andén. Me esperabas antes de coger tu tren que te llevaba a una nueva vida lejos de mí, como reportero gráfico en el Magreb. Al llegar a tu lado te besé. Tus labios recorrieron mi cara. Sentí tus manos apretar fuerte mi espalda. Aprisionabas mi cuerpo contra la pared. Estaba excitada, mi respiración entrecortada, mi sexo a punto de enloquecer. Me volviste de espaldas y entre mis faldas penetraste mi sexo una y otra vez. Cerré los ojos y al abrirlos, me desperté de repente tumbada boca abajo en mi cama.

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Crónica de una muerte soñada

Termino mi cigarrillo, sin prisas, desde la terraza de nuestra casita frente al mar. Fumo despacio, en silencio, imaginando que cada inhalación marca un principio; cada exhalación marca un final. Inspiro. Espiro. Todo empieza y todo acaba en un espacio-tiempo continuo, sin solución de continuidad.
Cierro los ojos y te veo ascender desde la playa. Vienes corriendo de nadar en el mar. Como cada mañana. Siento un ‘déjà-vu’. He vivido mil veces este mismo momento. Como todas las mañanas, sé que éste será nuestro último encuentro. Sé que hoy está escrito el final.

Te espero medio desnuda, tumbada en mi hamaca. Te espero excitada. Te deseo. Ya llegas. Tu cuerpo mojado. Tu corazón alterado tras la última carrera. Separas mis muslos y me besas entre las piernas. Mi espalda se abre con éxtasis, como una flor en primavera. Devoras mi sexo. Recorres mi cuerpo arrastrándote hasta mi boca. Siento tu falo muy dentro. La pasión nos devora. Me golpea tu sexo. Extraigo el deseo de tus adentros. Hasta la última gota. Te vacío muy dentro, entre espasmos de fuego.

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Regreso a Badalpur

Badalpur

Mi nombre es Mandeep, luz de la mente. Procedo de una familia punjabí, originaria del distrito de Jaunpur; descendientes del rey Sahastrarjuna, Rey de Punjab, la tierra de los siete ríos. Bella retahíla de nobles títulos y obligaciones que, tras varios años de sueños románticos y perecederos, me devuelve a mi mundo real.

Llegué a Londres hace cuatro años con un visado de estudiante para completar mis estudios artísticos en la prestigiosa UAL, la University of the Arts of London.

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El palacio de los sueños

Tirana 1900

El proceso había comenzado hacía ya varias semanas. Aún no tenía notificación oficial de los cargos que se me imputaban, pero la Administración me había citado ante un funcionario del Tabir Saray para comparecer y presentar mis alegaciones, antes de la audiencia pública que determinaría mi sentencia.

Mi nombre es Josef K. Soy un hombre sencillo y honrado, que siempre ha cumplido con las rígidas leyes civiles y administrativas del Estado.

El Tabir Saray es un regio edificio administrativo de estilo otomano, sede de la sección central gubernamental del Ministerio de Control del Inconsciente Colectivo. Procesa y tramita el estudio de los sueños que cada ciudadano entrega diligentemente cada mañana, cumplimentando el formulario correspondiente, en su oficina local de recogida de sueños.

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El vuelo de la sirena

Siempre me resulta incómodo entablar conversación con el pasajero de al lado en los vuelos internacionales. Nunca sé si debería hacerlo en la lengua de despegue o en la de aterrizaje. Así que cuando el avión dejó atrás el Charles de Gaulle rumbo al aeropuerto de Loiu, decidí hacerme la parisina poco sociable y concentrarme en mi presentación.
Soy bioquímica de profesión. Y mi laboratorio microbiológico en París me enviaba de viaje de negocios para discutir la optimización del proceso productivo del agar en placa con varias empresas suministradoras del País Vasco. Si mi condición de mujer ya suponía una inercia errada en la igualdad de condiciones para el éxito de las negociaciones, mi juventud aventuraba aun más una batalla descarnada. Quería estar preparada.

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En otra dimensión

Galaxy art

Aún no ha ocurrido. Aunque ya lo hemos vivido.

Me encanta quedarme de noche en el jardín hasta las tantas, con un té con leche y un cigarrito, charlando con las estrellas. Por tercera vez estos últimos días, vi cruzar hacia el norte al PanSTARRS. Unos segundos, lento, sigiloso, agonizando su belleza efímera una vez más… Sin embargo esta vez, antes de desaparecer por completo, estalló en un resplandor colosal; un destello insonoro, cuya onda expansiva emocional me arrojó a un placentero estado de shock. O eso creo.

De repente, me sentí transportada a un vacío incierto; un vacío tremendamente acogedor. Al abrir los ojos, no podía ver nada. Solo una luz cálida. Miré mis manos extendidas y de ellas surgieron las tuyas. Luego tus brazos, tu pecho desnudo, tu cuerpo protector… Oí tu voz.

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Dormido, en mi cama

Chocolate

¿Sabes lo que te he hecho esta noche…?

Esta noche he sido mala. He abusado de ti. Contra tu voluntad. Esta noche. Mientras dormías, tranquilo, en mi cama.

Observé tu cuerpo dormido. Desnudo. Plácido. Indefenso ante mí. Tu cuerpo me parecía más bello que nunca. Entregado a mí inconsciente. Ofreciéndoseme en sueños. Tus ojos cerrados. Tu rostro recostado en la almohada. Tu respiración serena. Tus brazos extendidos. Tu pecho abierto. Te deseé más que nunca. Todo tu cuerpo me excitaba.

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Sueño en Sicilia I (Termini)

Mosaico

Capítulo I
Termini

Red sea light

Nos encontramos esta vez en la estación de Termini, en Roma. Como cada año, en el mismo día y a la misma hora. Apenas empieza a anochecer. Sonríes al verme desde la distancia.

He reservado un coche-cama. El viaje es largo. Ya en el vagón, me preguntas distraído adónde vamos. Te beso y sonrío cogiéndote de la mano.

Al cerrar la puerta de nuestro compartimento 2046, se desvanece la algarabía y el ajetreo de la estación. Suena el Stabat Mater de Pergolesi. El viaje comienza intenso. El mundo se desmaterializa a nuestro alrededor. Ahora, solo existimos tú y yo.

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