María, la Comunera

Toledo

Hija de grandes de Castilla, dama culta y educada, mimada en mi Albaicín, en contra de mi voluntad y en rebeldía, vine a desposarte a ti, Juan de Padilla. La vida nos unió caprichosa, como a un cardo y a una rosa, tú hidalgo y yo del reino onerosa. Y aun de tierras yermas e infructuosas, nació mi amor por ti.

En Toledo fui feliz, con tu cuerpo entre mis brazos, en nuestro lecho ardiente de abrazos, cuando la sangre aún recorría tus venas desde tu corazón viril. Te recuerdo cada noche, al candor de las estrellas, cuando me entregaba sin reproche a la fruición de tus caderas y a tu sexo sediento de mí. Me observabas ebrio de lascivia, desde mis senos hasta las rodillas, mientras tus manos calmaban la sed tibia, una sed de amor por los tuyos y por mí.

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