Sentir

Viajar siempre me engrandece el alma, como dice el proverbio anglosajón. En especial, cuando viajo más allá de las fronteras de mis tres patrias. Me encanta viajar a lugares que he visitado en un pasado cercano o remoto, lugares a los que jamás me habría siquiera planteado viajar, o lugares a los que he viajado con frecuencia en mis sueños.

No me gusta recordar las ciudades por sus monumentos o sus calles o sus museos, sino por las cosas sobre mí misma que he descubierto en ellas. Y por la parte de mí que permanecerá en el recuerdo cuando me haya marchado de allí. Me gusta recordar las sensaciones que cada lugar deja en mí, como un huella minúscula en mi cerebro: las caras y cuerpos de la gente que se mueve a mi alrededor; los olores que impregnan cada rincón; las luces y sombras en cada lugar y cada momento; los sabores de la comida local…

Viajar para sentir y ampliar el diccionario propio de sensaciones y sentimientos.

Viajar para descubrir la curvatura sinuosa de Den lille Havfrue en el perfil de mi cadera deslizándose voluptuoso bajo tu manos repletas de anhelo. Viajar para traducir los bosques frondosos de Farum en el vello oscuro rizándose caprichoso alrededor de tu sexo. Viajar para intuir la longitud infinita del Øresundsbroen en la extensión de mi espalda en tus ojos, cuando me penetras muy dentro. Viajar para concluir la unión perfecta del Sava y el Danubio en Kalemegdan como la bifurcación de tus piernas a mi espalda al cabalgarte en silencio. Viajar para deducir la fortaleza arrogante de Petrovaradin del ardor de tus brazos aprisionándome contra tu cuerpo. Viajar para discernir el simbolismo de Termini en el principio y el fin de un mismo encuentro. Viajar para encubrir en los rincones del Trastevere el laberinto de perversión que mi sexo engendra en tu mente. Viajar para reproducir la voluptuosidad del Guggenheim reflejándose sobre las aguas en el deseo que irradian tus ojos cuando te miro y te leo como un libro abierto.

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