Un rey escucha

Castilla al amanecer

«Una voz significa que hay una persona viva: garganta, tórax, sentimientos, que empujan en el aire esa voz diferente de todas las otras voces. Lo que te atrae es el placer que esa voz pone en existir: en existir como voz; pero ese placer te lleva a imaginar de qué modo la persona podría ser tan diferente de cualquier otra cuanto es diferente su voz…»

Sentado en mi trono regio, domino mi reino desde esta estancia majestuosa, con mi corona y con mi cetro. Veo la llanura yerma de esta mi tierra seca que dormita bajo un sol jaguar. Escucho los campos vacíos, ardiendo en el tórrido estío o crujiendo ateridos de frío bajo el gélido dominio invernal. Mi reino desaparecido descansa tranquilo a las afueras de mi castillo. No me muevo. No hago ruido. No salgo de mi jaula dorada por miedo a abandonar mi trono un instante; por miedo a que mis adversarios, mis enemigos, traidores mal nacidos, usurpen el poder de su majestad real.

Me entrego cada mañana a los sonidos del mundo que entran por mi pequeña ventana. Afuera ya no queda nada. No obstante, ella viene cada día de madrugada a por agua de mi fontana, canturreando canciones del mar. Si me atreviera a salir de mi jaula dorada, se lo prohibiría, se lo impediría. ¡Ladrona, maldita! O quizás yo mismo le regalaría mil tinajas de agua bendita a cambio de su voz angelical.

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